Capítulo 15 Naomi #2
—No te estoy pidiendo una promesa sobre el futuro.
—Todavía no.
La frase podría levantar de nuevo todas sus defensas. En cambio, Alistair se limita a observarme.
—¿Qué puedes ofrecer ahora? —pregunta.
—Podemos continuar viéndonos —digo—. Sin fingir que esto es únicamente sexo y sin prometer que dentro de seis meses querremos las mismas cosas. Algo real, aunque todavía no sepamos cuánto durará.
—Temporal —repite, aunque no hay reproche en su voz, pero comprende la salida de emergencia escondida dentro de esa palabra.
—Por ahora, sí.
—¿Necesitas saber que puedes marcharte?
—Necesito saber que quedarme no significa haber renunciado a hacerlo.
Alistair se acerca lo suficiente para apoyar una mano sobre mi vientre.
—No voy a cerrar una puerta que todavía necesitas abierta.
—Tampoco quiero que redactemos un acuerdo con cuarenta cláusulas —añado—. Pero necesitamos algunas reglas.
—Compromisos —corrige—. Las reglas suelen establecer quién puede imponer una consecuencia.
—Bien, entonces tres compromisos. No más, o pediré que intervenga el departamento legal.
—Ya no tengo acceso a él —dice y se encoge de hombros.
—Por fin una ventaja práctica —suelto sonriente.
Alistair inclina la cabeza, dispuesto a escuchar lo que empiezo a decir.
—Primero: si quieres resolver un problema que me afecte, me preguntas antes de actuar —empiezo mientras levanto un dedo entre los dos—. No cancelas mis reuniones, no hablas con mi editora ni reorganizas mi vida porque hayas decidido que sabes qué me conviene.
Alistair desliza la mano que mantiene sobre mi vientre hasta mi cintura, pero su expresión no pierde seriedad.
—De acuerdo. Preguntaré antes de intervenir —acepta mientras su pulgar recorre distraídamente mi costado—, salvo que exista un riesgo inmediato para tu seguridad.
Dejo caer el dedo y lo miro con desconfianza.
—Eso ya parece una subcláusula.
—No. Solo es una precisión necesaria —replica sin el menor asomo de culpa.
—La permitiré porque probablemente llevas un equipo de evacuación en el maletero.
—Solo material de emergencia —corrige Alistair mientras arquea una ceja.
—No quiero saberlo. —Apoyo una mano sobre su pecho y levanto un segundo dedo—. Siguiente compromiso: si discutimos y necesito espacio, no desapareceré. Te diré que necesito tiempo y cuándo puedes esperar que vuelva a hablar contigo.
La broma abandona su expresión. Alistair cubre mi mano con la suya, pero no me interrumpe. Pronunciarlo me obliga a reconocer que marcharme sin dar explicaciones no siempre ha sido una defensa de mi independencia. A veces solo ha sido la forma más rápida de evitar que otra persona pudiera herirme.
—De acuerdo —responde al fin, entrelazando sus dedos con los míos—. ¿Y el tercero?
Levanto el último dedo, aunque esta vez me cuesta más sostenerle la mirada.
—Si alguno quiere terminar esto, tendrá que decir la verdadera razón. Nada de agendas incompatibles, momentos complicados ni frases diseñadas para que la otra persona no pueda discutirlas.
Alistair baja la vista hacia nuestras manos unidas. Su pulgar deja de moverse.
—¿Incluso si la razón resulta desagradable? —pregunta.
—Sobre todo entonces —respondo mientras cierro los dedos alrededor de los suyos.
Permanece callado, aunque la tensión de su mandíbula revela que ha comprendido lo que implica ese compromiso: si llega el momento de marcharse, no podrá preparar una explicación impecable que le permita hacerlo antes de sentirse expuesto.
—Acepto los tres —dice finalmente, y al levantar la vista ya no queda ninguna reserva en su expresión—. Prefiero algo imperfecto que exista a otra relación delimitada para asegurarme de no sentir nada.
Me incorporo sobre un codo para observarlo mejor.
—Eso ha sido peligrosamente emocional.
—Ha sido una evaluación comparativa —se defiende Alistair, aunque la mano que sube por mi espalda contradice su tono profesional.
—Mucho mejor —murmuro mientras vuelvo a acomodarme junto a él.
Apoyo la cabeza en su hombro y Alistair espera hasta que encajo el cuerpo contra el suyo antes de cerrar el brazo alrededor de mi cintura.
Ninguno señala que los tres compromisos resultan sencillos esta noche, cuando todavía no ha aparecido un miedo capaz de ponerlos a prueba.
Alistair estira la otra mano hacia la mesilla y apaga la luz.
A la mañana siguiente, me despierto con el otro lado de la cama vacío y olor a café.
Al girarme, descubro mi jersey doblado sobre una silla y la camisa de Alistair en el suelo, todavía sin el botón que arranqué.
Recojo la camisa y me la pongo antes de salir del dormitorio.
Me llega a medio muslo y conserva su olor.
En la cocina encuentro a Alistair, que ya está vestido con unos pantalones oscuros y una camisa nueva.
Se mueve frente a la encimera colocando platos junto a una selección de desayuno suficiente para alimentar a una reunión del consejo.
Se vuelve al oírme entrar y veo cómo sus ojos descienden por mis piernas desnudas y regresan a mi cara con una disciplina que no engaña a nadie.
—Puedes mirar —le digo mientras me apoyo contra el marco de la puerta.
Alistair desvía la atención hacia la cafetera y coloca una taza bajo la boquilla.
—Estoy intentando preparar café.
—Admiro que sigas fingiendo que ambas actividades son incompatibles —respondo mientras avanzo hacia la isla.
Él pulsa el botón de la cafetera sin concederme la satisfacción de regalarme otra de sus miradas. Al acercarme, descubro fruta cortada, tostadas, huevos, yogur y una jarra con masa junto a una plancha caliente.
—He preparado varias opciones —explica Alistair mientras coloca la taza delante de mí—. Puedes elegir.
Rodeo la taza con las manos y examino el despliegue.
—¿Cuál tarda más?
Su atención se desplaza hacia la masa.
—Las tortitas —responde después de una pausa prudente.
—Entonces quiero tortitas.
Alistair me observa por encima de la isla.
Sabe que he escogido la alternativa menos eficiente solo para comprobar si protesta, pero se limita a coger la jarra y verter una porción de masa sobre la plancha.
Mientras cocina, desplazo el recipiente de madera que ocupa el centro exacto de la isla y lo coloco en una esquina.
Alistair mira el espacio vacío, recupera el recipiente con la mano libre y lo devuelve a su sitio sin dejar de vigilar las tortitas.
Espero hasta que vuelve la atención hacia la plancha y lo traslado al otro extremo. Esta vez, deja la espátula sobre la encimera y contempla el recipiente.
—¿Existe algún motivo funcional para que esté ahí? —pregunta mientras señala mi nueva ubicación.
—Desde ese lado recibe mejor la luz —respondo antes de beber un sorbo de café.
Alistair abre el recipiente y me muestra el contenido.
—Son servilletas.
—También merecen que las contemplemos.
Cierra la tapa y vuelve a colocarlo en el centro exacto de la isla.
Espero a que se gire para sacar las tortitas y lo desplazo por tercera vez.
Cuando Alistair se vuelve con el plato en la mano, primero mira el recipiente, después a mí y finalmente las tortitas que acaba de preparar.
Durante unos segundos, parece calcular cuánto está dispuesto a tolerar antes del desayuno.
Al final, coloca el plato frente a mí y deja el recipiente donde lo he puesto.
La victoria resulta absurda y, por eso mismo, importante.
Después de desayunar, regreso al dormitorio para vestirme mientras Alistair pide un taxi en lugar de decidir que su coche debe llevarme.
Al cerrar el bolso, encuentro el cargador que traje desde mi apartamento.
Podría guardarlo, pero lo sostengo unos segundos antes de volver hacia la mesilla.
Abro el cajón y observo los cables de Alistair, enrollados y ordenados por tamaños.
Dejo mi cargador junto a ellos sin intentar imitar la precisión con la que están colocados y cierro el cajón.
No lo olvido, solo estoy dejando espacio para volver.
El taxi lleva menos de dos minutos avanzando cuando mi teléfono vibra.
Alistair:
Te has dejado un cargador.
Sonrío antes de responder.
Naomi:
No. He dejado un cargador en el sitio donde pienso volver a utilizarlo.
Alistair tarda unos segundos.
Alistair:
Comprendido.
Aparecen de nuevo los tres puntos.
Alistair:
Entonces no reorganizaré el cajón.
Para cualquier otra persona, la frase no significaría nada. Sin embargo, en boca de Alistair Hudson dice mucho más que sus palabras.