Capítulo 15 Naomi
La puerta se cierra a mi espalda y Alistair permanece inmóvil, como si cualquier gesto que hiciera, pudiera convertir mi regreso en algo que él ha provocado.
Lleva la camisa abierta en el cuello, las mangas dobladas y demasiada contención en el gesto para ser el hombre al que acabo de decirle que sigo queriendo estar aquí.
—Antes de que conviertas esto en una conclusión conveniente, quiero dejar algo claro —digo mientras suelto el bolso junto a la entrada—. No he venido porque Hudson Capital haya apartado treinta y dos millones, ni porque el consejo te haya retirado temporalmente de la dirección.
—¿Cómo lo sabes? —me pregunta deteniendo su mirada en mis ojos.
—La declaración de la empresa se ha publicado esta tarde y yo sigo leyendo las noticias relacionadas contigo, aunque ya no pueda facturar las horas.
—No iba a decírtelo para conseguir que vinieras.
—Lo sé. Yo tampoco he venido a premiarte por asumir unas consecuencias que aún no han terminado.
El depósito no borra lo que hiciste, ni decide cuánto daño causó Hudson o qué responsabilidad tendrás cuando concluya la investigación.
Tampoco estoy aquí para consolarte porque hayas perdido el acceso a tu agenda.
—Entonces necesito que me expliques qué significa que quieras estar aquí —suelto sin dejar de mirarla.
—Significa que, cuando pudiste entregarme solo las pruebas que te protegían, me diste también las que podían destruirte. No intentaste revisar el artículo ni influir en la forma de contarlo, y esta mañana has aceptado lo que hiciste.
—Nada de eso lo corrige.
—No. —Me acerco un paso a él—. Todavía hay una parte de ti que me cuesta aceptar, pero la conozco y sigo deseándote.
No porque acostarme contigo borre lo que hiciste, ni porque necesite demostrar que sé perdonar.
Llevo semanas intentando no hacerlo y ya no existe ninguna obligación profesional que pueda utilizar como excusa.
Alistair deja escapar el aire despacio. Aún no me toca.
—¿Estás segura?
—No puedo estar segura de lo que ocurrirá dentro de un mes, y mucho menos de cómo terminará esto. Solo puedo decidir lo que quiero ahora.
—¿Y qué quieres ahora?
Le sujeto de la camisa y tiro de él hasta que su boca queda a un suspiro de la mía.
—Que dejes de hacer preguntas cuyas respuestas ya conoces.
Lo beso antes de que pueda decir nada y, durante un segundo, Alistair sigue sin moverse. Después una mano se coloca alrededor de mi cintura y la otra sube hasta mi nuca. Lo empujo hacia atrás, pero cuando su espalda encuentra la pared me hace girar y soy yo quien termina apoyada contra ella.
—Naomi —dice sobre mi boca—, si una parte de ti ha venido porque te sientes culpable por el artículo...
Me aparto lo suficiente para mirarlo.
—¿Vas a convertir el consentimiento en un interrogatorio?
—Voy a asegurarme de que mañana no pienses que aproveché esta noche.
—Pregúntame qué quiero, no por qué tengo derecho a quererlo. Soy capaz de distinguir el deseo de la culpa sin que organices una comisión de evaluación para decidirlo.
—¿Qué quieres? —pregunta.
—A ti. Ahora. Y si vuelves a cuestionar mi capacidad para decidirlo, me marcharé solo para castigarte.
—Eso sería una utilización poco ética de tu autonomía.
—Presenta una queja —respondo arqueando una ceja y vuelvo a besarlo, aunque Alistair no tarda en recuperar la iniciativa.
Me aprieta contra la pared y pasea una mano bajo el jersey.
Sus dedos recorren mi costado con una lentitud que contradice la tensión de su cuerpo y se detienen al llegar a la altura del sujetador.
—No pares —murmuro.
—Eso sí ha sido una instrucción precisa.
—No te acostumbres —susurro con una sonrisa pícara.
Su boca desciende por mi cuello mientras me desabrocha el sujetador, mientras yo le abro la camisa hasta perder la paciencia y tiro de los últimos botones sin piedad. Al instante, notamos como uno salta por los aires y se estrella el suelo.
Alistair levanta la cabeza.
—Era una camisa hecha a medida.
—Mañana podrás incluirla en la auditoría de pérdidas.
La risa breve que noto contra mi piel elimina la última solemnidad de la noche y, poco después, me quita el jersey, el sujetador le sigue a continuación y me mira sin intentar disimularlo.
El deseo en su expresión no se parece a una valoración ni a una conquista, sino a una intensidad que amenaza con desbordarlo.
Le paso las manos por el pecho y empujo la camisa hasta sus brazos y la hago descender por ellos con suavidad.
—El dormitorio —digo.
—Está al final del pasillo.
—Ya he investigado el apartamento.
—No esa parte.
—Entonces considéralo una ampliación del acceso.
Alistair me levanta entre sus brazos antes de que termine la frase. Rodeo su cintura con las piernas y le muerdo el labio por la presunción.
—Podía llegar sola.
—Puedes pedirme que te baje.
—No he dicho que quiera hacerlo.
Cuando llegamos a la habitación, me deja sobre la cama y besa el hueco entre mis pechos, el vientre, la piel al aire que hay sobre la cintura del pantalón. Cuando intento incorporarme, sus manos me devuelven al colchón. Desde mi posición, le desabrocho el cinturón y él me sujeta la muñeca.
—Primero tú.
—Eso ha sonado a decisión unilateral.
—¿Quieres que pare?
—Quiero que dejes de parecer satisfecho cuando utilizo tus propias normas contra ti.
—No es una respuesta.
—No pares.
Su sonrisa desaparece cuando me quita los pantalones.
El aire frío dura apenas un instante antes de que su boca ocupe el lugar que llevaba semanas imaginando.
Hundo los dedos en su pelo y me dejo llevar.
Alistair aprende cada cambio de mi respiración con la concentración que dedicaría a una cláusula, solo que esta vez no anticipa el resultado: espera a que mi cuerpo se lo diga.
—Más despacio —le pido, y obedece hasta que la lentitud se vuelve insoportable—. Ahora no tanto.
Alistair alza la mirada hacia mí.
—Tus instrucciones presentan ciertas inconsistencias —me susurra con una media sonrisa.
—Y aun así pareces capaz de seguirlas.
Le tiro del pelo para devolverlo a mí. Dos dedos se unen a su boca y la réplica se deshace en un gemido. Cuando el placer me alcanza, no pierdo mi autonomía por dejar que marque el ritmo.
Alistair vuelve a besarme mientras aún intento recuperar el aire. Noto mi propio sabor en su boca y el ansia que ha contenido bajo cada movimiento. Justo después, lo hago girar hasta quedar encima y le bajo los pantalones. Él extiende una mano hacia la mesilla.
—Por supuesto tienes preservativos perfectamente alineados en un cajón —murmuro con una sonrisa llena de picardía.
—No considero responsable improvisar en este punto.
—Me tranquiliza que conserves algunas deformaciones profesionales.
Le quito el envoltorio de los dedos, lo abro y me ocupo yo. El control de Alistair se rompe cuando cierro la mano alrededor de él. Su cabeza cae hacia atrás y le beso el cuello hasta que sus manos se cierran sobre mis caderas.
—Naomi.
—¿Sí?
—Si pretendes provocarme, deberías asumir las consecuencias.
—Llevo cuatro semanas esperando que me las expliques.
Me hace girar de nuevo y esta vez el movimiento es rápido, pero se detiene entre mis piernas antes de entrar. No pregunta. Me mira, y la pausa contiene todo lo que necesita saber.
—Ahora, Alistair —le digo y yo abro más las piernas para que se clave profundamente en mí.
Entra despacio, atento a mi cuerpo, y después empieza a moverse con un ritmo casi ofensivamente disciplinado. Le agarro con fuerza de las caderas y lo obligo a profundizar.
—Eso no estaba previsto —murmura.
—Acostúmbrate.
La respuesta termina con lo poco que le quedaba de contención. Me sujeta una pierna y cambia el ángulo. Cuando se vuelve demasiado intenso, basta una mano contra su pecho para que reduzca la velocidad sin romper el contacto.
—Así —le digo.
Alistair apoya la frente contra la mía y mantiene exactamente ese movimiento hasta que vuelvo a llegar al límite.
Mi cuerpo se tensa alrededor del suyo y él pronuncia mi nombre sin ironía, como si fuera la única palabra que todavía puede recordar.
Lo siento perder el ritmo y, por primera vez desde que lo conozco, no intenta recuperarlo y estalla de placer.
Poco después, sale de mí con cuidado, se ocupa del preservativo y regresa con un vaso de agua para mí.
—No digas nada —advierte.
—Ni siquiera he abierto la boca.
—Tu expresión ha iniciado una crítica sobre mis planes de contingencia.
—Mi expresión solo señala que hidratarme después del sexo constituye el primer uso razonable que he visto de ellos.
Alistair me entrega el vaso y se sienta a mi lado, todavía desnudo y demasiado serio para un hombre con el pelo despeinado. Me aparta un mechón de mi cara, un gesto peligroso porque no pretende llevarnos a ninguna parte.
Cuando dejo el vaso, mi impulso habitual aparece con una claridad conocida: localizar la ropa, vestirme antes de que me pregunte algo y marcharme mientras la noche todavía pueda reducirse a un polvo sin compromiso.
Me incorporo y Alistair retira la mano de mi cintura en lugar de utilizarla para detenerme.
—¿Quieres quedarte? —pregunta.
No dice «quédate» sino que se limita a concederme una posibilidad y espera.
Miro mi ropa dispersa entre el dormitorio y el pasillo. Tengo claro que puedo marcharme cuando quiero y saberlo hace que la salida deje de parecer urgente.
—Sí —respondo mientras vuelvo a apoyarme en la almohada—. Quiero quedarme.
Alistair se tumba a mi lado, aunque conserva unos centímetros de distancia.
—¿Qué significa lo que acaba de ocurrir?
Giro la cabeza hacia él.
—Has esperado hasta después del sexo para solicitar una definición... Es casi romántico.
—No quiero asumir algo que no has decidido —trata de disculparse.
—Hace diez minutos parecías asumir bastantes cosas con una seguridad admirable.
—Sabía qué querías entonces.
—Y ahora quieres una previsión trimestral, ¿no?
Alistair no sonríe, porque la pregunta le importa, lo que consigue que mi respuesta me resulte más difícil que desnudarme delante de él.
—No sé cómo llamarlo —admito—. Si digo que es una relación, parece que acabo de aceptar expectativas que todavía no conozco. Si digo que solo ha sido sexo, estaría mintiendo.