Capítulo 14 Alistair #2
—En mi defensa diré que algunas han sobrevivido bastante bien —empieza Dorian—. Elsie, nuestro hijo y yo...
Se calla al mirarme, como si esperara que aprovechara la broma para reducir toda la noche al caos que creamos entre todos.
—Lena me entregó las dos versiones —digo—.
Comprendí que la modificada beneficiaba a Hudson Capital y sabía que podía detener la firma.
Elegí limitarme a observar, porque intervenir me habría hecho perder la ventaja que había preparado para el lunes.
Después utilicé vuestros errores, la traición de Lena y la falta de comprobación de Theo para convencerme de que la responsabilidad estaba demasiado repartida como para señalarme solo a mí.
Nos quedamos en silencio hasta que Max retira la mano del artículo.
—Varios fallos permitieron que Marcus lo hiciera, pero no todos teníamos la misma información. Tú eras el único que había visto las dos versiones antes de que Theo firmara.
—Sí —admito.
—Y sabías qué significaban.
—Sí — respondo mientras asiento con la cabeza.
Su expresión no se suaviza, aunque no he venido al Nocturne para que el grupo vote si sigo mereciendo sentarme con vosotros, ni para repartir la culpa de mi decisión. Cada uno deberá asumir sus fallos.
—¿Qué va a ocurrir ahora? —pregunta Brock.
—La auditoría determinará el destino de los fondos y las autoridades decidirán las responsabilidades legales. Yo estoy apartado de Hudson Capital hasta que termine la investigación.
—¿Y después? —pregunta Devon.
—No lo sé —respondo encogiéndome de hombros.
Dorian me observa como si acabara de hablar en un idioma que no esperaba oírme utilizar.
—Esto de que no tengas un plan resulta bastante perturbador.
—Tendrás que aprender a soportarlo —contesto con una media sonrisa.
—¿También significa que ya no puedes pagar la cena? Porque reservar treinta y dos millones para reparar Meridian me parece responsable, pero habría agradecido conocer las consecuencias prácticas antes de pedir el whisky caro.
Brock cierra los ojos un instante, Devon niega con la cabeza y Max suelta el aire con algo que todavía no es una risa, aunque se aproxima.
—Tranquilo que aún puedo pagar la cena —respondo.
—Bien. Entonces podemos seguir enfadados contigo sin precipitarnos.
La broma no resuelve nada, pero nadie se levanta para marcharse. Permanecemos allí mientras el hielo se deshace en las copas y la conversación avanza hacia lo que cada uno tendrá que reparar.
Por primera vez, formo parte del grupo sin poseer información que los demás desconocen, ni utilizarla para mantenerme a salvo.
Regreso al ático poco después de las once.
Mi teléfono ya no muestra alertas del comité de inversiones y mi agenda del día siguiente está vacía.
Intento entrar una vez en el sistema ejecutivo, pero la pantalla rechaza mis credenciales y ofrece un número de asistencia al que ya no tengo ningún motivo para llamar.
En el salón no hay vasos sobre la mesa ni un abrigo ocupando el sofá.
Los cojines mantienen el ángulo exacto que eligió la decoradora, la cocina parece una exposición y tampoco suena la música que Naomi habría cambiado sin preguntarme.
El libro que me recomendó continúa abierto donde lo dejé la noche anterior.
Durante seis días he avanzado doce páginas, porque cada frase termina llevándome a la persona que insistió en que lo leyera.
Hasta ahora me he dicho que echaba de menos sus interrupciones, las discusiones o el desorden que introdujo en mi despacho.
Sin embargo, esa es una explicación ordenada y, por tanto, incompleta.
La verdad es que echo de menos a Naomi incluso cuando su presencia ya no puede proporcionarme información, una ventaja, una absolución ni una solución para Hudson Capital.
La echo de menos ahora que conoce la peor decisión que he tomado y dispone de todas las razones necesarias para no regresar…
Me he enamorado de ella. Sin embargo, reconocerlo solo describe de forma precisa la posibilidad de que Naomi haya salido de mi vida al terminar el acuerdo que la obligaba a entrar en ella.
Tomo el teléfono y abro nuestra conversación.
Me gustaría decirle que la necesito, que el consejo me ha apartado o que he depositado los fondos…
Tengo claro que cualquiera de esas frases convertiría mis consecuencias profesionales en una presión para que respondiera.
Entonces Naomi tendría que preguntarse si lo hace porque quiere o porque yo acabo de ofrecerle una pérdida que necesita consolar.
Bloqueo la pantalla y suelto un suspiro. Si decide no volver, tendré que aceptar que enamorarme de ella no me concede ningún derecho sobre su decisión. Las medidas aprobadas esta mañana seguirán siendo necesarias, aunque Naomi no llegue a conocerlas por mí y aunque no vuelva a besarme.
Dejo el teléfono junto al libro y el timbre del apartamento suena antes de que pueda apartar la mano.
Abro la puerta y encuentro a Naomi al otro lado.
Lleva unos pantalones oscuros, un jersey claro y el cabello suelto.
No trae libreta, ni la grabadora, ni la bolsa en la que cargó las pruebas desde Bedford.
Durante un momento, ninguno de los dos habla, aunque podría explicarle por qué ya no tengo acceso a Hudson Capital o interpretar su presencia como el perdón que no le he pedido. Pero no hago ninguna de las dos cosas.
—El reportaje está publicado —dice Naomi—. La verificación editorial ha terminado y ya no soy la periodista responsable de investigar a Hudson Capital.
—Lo sé.
Naomi mira hacia el interior del apartamento, aunque no se atreve a cruzar el umbral.
—No he venido como periodista —se apresura a aclararme.
Mantengo las manos a los lados y no me acerco ni utilizo el silencio para obligarla a continuar, aunque todo en mí quiera reducir la distancia que nos separa.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —le pregunto.
Naomi entra en el apartamento y cierra la puerta a su espalda.
—Porque ya sé toda la verdad y sigo queriendo estar aquí.