Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 18 Alistair #2
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Capítulo 18 Alistair #2

—Eso mismo he pensado yo —admito.

—También imagino que Naomi ya ha rechazado cualquier ampliación propuesta por usted —añade, girándose hacia mí para mirarme con atención.

No le respondo y regreso al antiguo despacho que todavía conservo mientras el comité determina mi relación definitiva con la empresa.

Durante las siguientes cuatro horas, reviso los informes que me han autorizado, respondo a las preguntas de los auditores y participo en dos reuniones sin abrir el itinerario que Naomi me envió.

El archivo permanece en mi teléfono y no es hasta las tres y veinte, cuando termino abriéndolo.

Después de estudiarlo con detenimiento, no cambio ninguna reserva.

Tampoco llamo a los hoteles ni compruebo si el vuelo de Chicago dispone de plazas en primera clase.

Me limito a recorrer los espacios que el protocolo del periódico no cubre: el trayecto entre el aeropuerto y el hotel, dos desplazamientos en taxi hasta las entrevistas, una tarde entera sin acompañamiento y el cambio de ciudad previsto al final de la primera semana.

En varios momentos, el único sistema de seguridad consiste en que Naomi confirme por teléfono que ha llegado.

Sin embargo, al recordar la fotografía tomada frente a su edificio y dejo de ver espacios vacíos en un calendario. Veo oportunidades.

Cruzo el pasillo hasta la oficina de Miles y cierro la puerta.

—Contacta con Kestrel Risk Group —le ordeno, señalando el teléfono—. Quiero un agente asignado a Naomi desde hoy y durante todo el viaje.

Miles no coge el teléfono.

—Ha dicho que respetaría su decisión —me recuerda, con la mano suspendida sobre el aparato.

—Y la respetaré —respondo, sin apartar la mirada—. El agente permanecerá a distancia, no se acercará a ella ni a sus fuentes y solo intervendrá si detecta un peligro. No modificará sus desplazamientos ni informará sobre sus conversaciones, reuniones o actividades personales.

—Para seguirla necesitarás conocer sus desplazamientos —señala Miles.

—Utilizará el itinerario que ella me ha enviado —contesto—. Carga el servicio a mi cuenta personal; Hudson Capital no asumirá ningún coste.

Miles se recuesta en la silla y me observa con una desaprobación que ni siquiera intenta ocultar.

—¿Naomi sabe que piensas contratarlo? —pregunta.

—Saberlo alteraría su comportamiento y podría comprometer las entrevistas —respondo.

Me quedo en silencio unos segundos con la certeza de que no estoy modificando la vida de Naomi. Ella seguirá escogiendo dónde va, con quién habla y qué investiga y un agente solo cubrirá los espacios que el protocolo ha dejado desprotegidos y desaparecerá en cuanto termine el viaje.

A pesar de que todas esas afirmaciones son ciertas, ninguna responde a Miles.

Sé que Naomi rechazaría la vigilancia si se lo preguntara y precisamente por eso he decidido no hacerlo.

Miro el itinerario abierto en mi teléfono y comprendo que estoy utilizando la información que compartió conmigo para anular una decisión que no acepto.

No estoy corrigiendo una deficiencia del protocolo.

Estoy aprovechando su confianza porque el miedo me parece más importante que el límite que me ha impuesto.

—Contrátalo —repito, con la voz más baja y Miles tarda unos segundos en coger el teléfono.

Esa noche ceno con Naomi en su apartamento. Ha empezado a hacer la maleta y hay ropa doblada sobre la mesa, zapatos junto al sofá y una bolsa de aseo que parece demasiado pequeña para contener todo lo que pretende introducir en ella.

Kestrel ha enviado el primer informe cuarenta minutos antes. Naomi ha salido de la redacción a las siete y doce, ha tomado un taxi y ha llegado a su edificio sin incidentes.

No contiene conversaciones ni fotografías. Solo tres líneas relacionadas con su seguridad.

Aun así, cuando Naomi me explica que ha pasado la tarde cerrando las primeras entrevistas, finjo escuchar algunos detalles por primera vez.

—Después de Chicago iremos a Detroit —me cuenta mientras aparta unos documentos para colocar los platos—. Allí hablaré con dos fuentes que hasta ahora solo habían aceptado responder por correo.

—¿Viajarás con el resto del equipo? —pregunto con más cuidado del necesario, aunque yo ya he visto la reserva del tren.

—Uno de los fotógrafos vendrá conmigo. Rebecca se incorporará dos días después —responde antes de mirarme—. Estás haciendo muchas preguntas sin intentar corregir las respuestas.

—Estoy practicando —admito con una sonrisa, encogiéndome de hombros.

Naomi sonríe también y me entrega un plato. Supongo que interpreta mi contención como el resultado del esfuerzo que prometí hacer, sin saber que me resulta sencillo no intervenir porque ya he colocado a otra persona detrás de ella.

Durante la cena habla de las ciudades, del cansancio que espera acumular y de las entrevistas que más le preocupan.

Yo escucho, pregunto solo lo imprescindible y evito mirar el teléfono cada vez que vibra dentro de mi bolsillo.

Después, la ayudo a cerrar la maleta. Naomi intenta introducir un jersey, pero termina sacándolo y lo deja doblado sobre el respaldo de una silla.

—Pensaba que querías llevarlo —digo, señalando el jersey.

—Quiero encontrar algo limpio cuando vuelva —responde con una media sonrisa, mientras deja también un libro a medio leer sobre la mesa—. No pienso trasladar toda mi vida a una maleta durante seis semanas.

Son objetos corrientes, pero verlos fuera de la maleta me recuerda que Naomi piensa volver. Seis semanas no son una despedida, aunque una parte de mí continúe comportándose como si lo fueran.

Cuando me marcho, Naomi me acompaña hasta la puerta y apoya una mano sobre mi pecho.

—Empiezo a confiar en que puedes preocuparte por mí sin intentar dirigir mi vida —dice antes de besarme.

La culpa me invade antes de que note el calor de sus labios en los míos y no consigo responderle nada.

A la mañana siguiente, Miles entra en mi despacho sin llamar. Lleva el teléfono en una mano y una expresión que hace innecesario preguntar si ha ocurrido algo.

—Naomi acaba de hablar conmigo —anuncia mientras cierra la puerta—. Ha visto al mismo hombre frente a su edificio y cerca de la redacción. Ha cambiado de recorrido, ha entrado en una cafetería y ha salido por otra puerta y él se ha desplazado para continuar observándola.

—¿Está bien? —pregunto poniéndome de pie al instante y sintiendo que se me tensa el pecho.

—Sí —responde Miles—. Le ha hecho una fotografía, ha anotado la matrícula del vehículo y ha pedido al responsable de seguridad del periódico que identifique a la empresa.

Miles guarda silencio unos segundos y con su expresión tengo suficiente para que comprenda qué empresa ha identificado Naomi.

—Kestrel Risk Group —confirma finalmente—. Me ha preguntado quién autorizó el servicio y me he negado a mentirle.

Cojo el teléfono para llamar a Naomi, pero las puertas del despacho se abren antes de que encuentre su nombre y aparece ella misma entrando en mi despacho sin avisar. Lleva una copia impresa del itinerario que compartió conmigo. Con los documentos delante, resulta imposible negar lo ocurrido.

Tampoco aparta la vista de su firma ni busca en Miles una explicación que pueda utilizar y la calma de ambos me confirma que todavía desconozco una parte de lo ocurrido.

—Quiero saber exactamente qué has hecho —digo, apoyando las manos sobre el borde de su escritorio—. Todo, Alistair. No una versión escogida para que parezca menos grave.

Miles permanece junto a la puerta, con el teléfono todavía en la mano y su expresión me deja claro que preferiría estar en cualquier otro lugar.

—¿Quieres que me quede? —me pregunta, mirando primero a Alistair y después a mí.

—No —respondo—. Pero gracias por no mentirme.

Miles asiente antes de salir del despacho y cerrar la puerta. Alistair espera hasta que nos quedamos solos, aunque no se acerca ni intenta retirar los documentos que he dejado entre los dos.

—Utilicé el itinerario que me enviaste —empieza, manteniendo las manos sobre la mesa—. Ayer contraté a Kestrel Risk Group y pedí que asignaran un agente a tu protección desde ese momento hasta el final del viaje.

—Después de que rechazara expresamente esa medida —le recuerdo.

—Sí, así es —admite Alistair, sin intentar suavizarlo.

—¿Qué instrucciones recibió?

Alistair mira durante un instante la autorización antes de responder.

—Debía permanecer a una distancia prudencial de ti, evitar cualquier contacto contigo o con tus fuentes e intervenir únicamente si detectaba un peligro. Le prohibí informar sobre conversaciones, reuniones o actividades personales.

—Pero te informaba —añado tal y como acaba de hablar.

—Solo sobre cuestiones relacionadas con tu seguridad.

—¿Qué significa eso exactamente? —quiero saber, mirándole directamente a los ojos.

Alistair tarda demasiado en contestar, por lo que me enderezo y cruzo los brazos mientras espero.

—Ayer recibí la confirmación de que habías salido de la redacción a las siete y doce, habías tomado un taxi y habías llegado a tu edificio sin incidentes —reconoce al fin—. Esta mañana me comunicaron que habías salido de casa y que el agente había retomado el seguimiento.

Recuerdo la vibración de su teléfono durante la cena, las preguntas sobre Detroit y la facilidad con la que fingió no conocer respuestas que ya había recibido.

—Sabías a qué hora salí del trabajo, cómo regresé a casa y cuándo entré en mi edificio —enumero, clavando un dedo sobre la autorización—. Datos que yo no te había dado y que nunca te permití solicitar.

—No pedí fotografías ni información sobre las personas con las que estabas —replica Alistair, aunque la precisión no consigue convertir su respuesta en una defensa—. Quería saber que no había ocurrido nada.

—¿Pensabas contármelo?

Alistair levanta los ojos hacia mí.

—Si aparecía una amenaza real, habría intervenido.

—No te he preguntado qué habrías hecho si ocurría algo —le recuerdo—. Te he preguntado si pensabas contarme que habías contratado a alguien para seguirme.

Su mandíbula se tensa antes de responder.

—No mientras el agente no necesitara acercarse a ti.