Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 12 Alistair
48%

Capítulo 12 Alistair

Llevo nueve años asistiendo a la gala anual de Hudson Capital y seis encargándome de organizarla.

Con el tiempo, he llegado a conocer de memoria cada detalle del programa.

Sé que el presidente de la fundación hablará durante siete minutos.

Conozco la ubicación del consejo, las donaciones y los conflictos que Miles deberá evitar.

También sé que podré marcharme a las once y veinte sin ofender a nadie.

Sin embargo, este año nada de eso consigue que me mantenga atento a lo que sucede alrededor.

A las nueve y doce de la mañana, Naomi me envió las nuevas condiciones que impone el periódico.

Por lo visto ahora otro periodista verificará la documentación, Rebecca revisará las conclusiones y Naomi no volverá a entrevistarme a solas.

Además, las respuestas de Hudson Capital deberán pasar por los canales oficiales.

Si volviera a producirse algún contacto íntimo entre nosotros, tendría que apartarse del reportaje.

Firmé el documento a las nueve y diecisiete, solo cinco minutos después de haberlo recibido, sin modificar ni una sola palabra.

Naomi arriesgó la investigación más importante de su carrera al contar lo ocurrido en Bedford. En lugar de ocultarlo, prefirió revelar el conflicto antes de que alguien pudiera utilizarlo en su contra.

Por eso no la llamo después de firmar las nuevas condiciones, ni tampoco he vuelto a escribirle.

—¿Ha confirmado su asistencia? —pregunto mientras Miles revisa la distribución de las mesas en el salón.

—Su nombre lleva dos semanas en la lista —responde sin levantar la vista de la tableta—. También estaba ahí hace nueve minutos, cuando me lo has preguntado por última vez.

—Quería saber si había confirmado hoy.

—Elara ha escrito tres veces para comprobar su mesa. Eso equivale a una confirmación y a una amenaza.

Muevo el nombre de Naomi, porque desde este nuevo lugar, donde acabo de colocarla, podrá observar al consejo y acercarse sin tener que atravesar todo el salón.

—También estará sentada enfrente de ti —observa Miles, que se ha fijado en el cambio que acaba de hacer.

—Es una consecuencia inevitable de la distribución —trato de justificarme.

—Por supuesto —asiente, aunque tengo claro que ninguno de los dos nos hemos creído mi respuesta.

La gala empieza a las ocho en punto. Once minutos después, ya he saludado a cuarenta y tres invitados, corregido la iluminación y evitado que dos accionistas que llevan seis años demandándose compartan mesa.

Justo entonces, la presidenta del consejo me pregunta por las previsiones del próximo trimestre y confieso que solo la escucho hasta que se abren las puertas del salón y veo a Diana entrar en primer lugar, a su lado van Amara y Elsie seguidas por Elara, que se gira para decirle algo a Naomi,

que va tras ella.

En ese instante, dejo de oír lo que me dice la presidenta del consejo.

Naomi lleva un vestido azul oscuro, que se ajusta a su cintura y le deja los hombros al descubierto.

Se ha recogido el cabello, aunque se le han escapado varios mechones.

Según la observo, compruebo que no me busca, se limita a mirar el salón, a escuchar a Diana y a ignorarme como si yo formara parte de la decoración.

—¿Considera suficiente el aumento? —me pregunta la presidenta.

—No antes del cierre —respondo lo primero que me viene a la cabeza.

Ella frunce el ceño.

—Le preguntaba por la donación de los Whitmore.

—Naturalmente. Es una aportación adecuada —trato de corregir mi respuesta y miro mi reloj de muñeca en un intento de disimulo.

Mientras tanto, dos hombres se vuelven cuando Naomi cruza el salón y uno de ellos interrumpe su conversación para seguirla con la mirada.

Esa reacción me saca de mis casillas, aunque no sé por qué, porque no tengo ningún derecho sobre ella.

Aun así, cuando un abogado se adelanta para saludarla, recuerdo demasiados defectos profesionales que justificarían trasladarlo a otra mesa.

Naomi habla con él durante unos segundos y después se dirige hacia mí.

Cuando se detiene a mi lado, ya he recuperado mi expresión habitual.

—Señor Hudson —saluda de una manera demasiado formal—. Espero que esté disfrutando de su acto estrictamente profesional.

—Lo estaba hasta que su vestido introdujo una dificultad que no figuraba en el programa —me responde siguiéndome el juego de hablarme de usted.

Sus ojos bajan un instante hacia mi esmoquin y luego regresan a mi cara.

—¿Piensa incluirla en el informe anual?

—Tendría que encontrar una forma de cuantificar la pérdida de concentración.

—Podría empezar por la respuesta que acaba de darle a la presidenta del consejo.

La miro y ella arquea una ceja, satisfecha.

—Lo ha oído.

—También lo han hecho otras doce personas.

—Entonces confío en su discreción profesional.

—No debería. Le recuerdo que soy periodista.

Antes de que pueda responderle, Elara aparece y se lleva a Naomi hacia la mesa. Cuando vuelvo a mirar el reloj, comprendo que ya no estoy comprobando la hora, solamente trato de reprimir esa voz dentro de mi cabeza que me dice que no permita que nadie me aleje de ella.

Durante la siguiente media hora, Naomi primero habla con dos directores y, después, se acerca a unos analistas jóvenes que no esperaban que nadie les interrogara en esta gala. No obstante, Naomi no abre la libreta de inmediato y consigue que dejen de mirar a sus superiores cada vez que responden.

Más tarde, uno de los directores de Meridian se le acerca y tengo claro cuál va a ser su discurso antes de que termine de decirle su primera frase.

Naomi espera pacientemente a que concluya y, entonces, formula una pregunta que lo obliga a abandonar la versión que tenía preparada.

Él busca con la mirada a su responsable de comunicación; ella, en cambio, se limita a esperar.

Finalmente, obtiene la respuesta que esperaba, porque la satisfacción en su gesto es inmediata, aunque también impropia.

Naomi no trabaja para mí y sus aciertos no me pertenecen, es más, realmente podría perjudicarme y, aun así, seguiría siendo la persona más competente del salón.

Por eso la presidenta del consejo tarda menos de cinco minutos en intentar corregir esa amenaza.

—Señorita Rowe —dice mientras se acerca a Naomi—, hay varias personas que pueden ofrecerle una visión más completa de Meridian. El señor Garrison participó en todas las reuniones relevantes, si quiere, puedo presentárselo.

Naomi mira hacia Garrison, que lleva toda la noche rodeado por dos asesores de comunicación.

—Hablaré con él más tarde —responde con una sonrisa—. Ahora estoy esperando que la presidenta me explique por qué tres analistas abandonaron el equipo durante la misma semana.

—La señora Patel no participó en las decisiones estratégicas.

La presidenta baja la vista, aunque Naomi no. Así que decido acercarme a ellas lo suficiente para que Patel advierta mi presencia.

—El acuerdo concede a Naomi libertad para hablar con cualquier empleado o miembro del consejo —le recuerdo—. No hemos establecido un itinerario de fuentes favorables.

—Solo pretendía facilitarle el trabajo.

—Si de verdad quiere facilitarle el trabajo, deje que sea ella quien decida con quién hablar.

La presidenta sostiene mi mirada antes de comprender que no pienso ceder. Finalmente, se excusa y se aleja.

Naomi ha escuchado la conversación, pero no se vuelve hacia mí ni interrumpe la entrevista. No lo he hecho para que me lo agradezca, sino porque el acuerdo le garantiza libertad para investigar y pienso respetarla.

Así que regreso junto a los donantes y trato de concentrarme en sus conversaciones. Sin embargo, a duras penas lo consigo durante once minutos, porque justo entonces veo a Marcus Vale acercándose a Naomi.

Marcus no aparecía en la lista de invitados.

Blackwell Pierce patrocina una de las organizaciones beneficiarias, así que Marcus debió utilizar esa relación para entrar.

Naomi lo saluda sin mostrar sorpresa. Cruzo el salón para acercarme hasta donde están ellos, aunque me mantengo lo bastante lejos para no convertir su conversación en la mía.

—Lamento que nos conozcamos en estas circunstancias —dice Marcus—. Daniel hablaba mucho de usted.

Naomi no reacciona al nombre de su padre.

—Entonces sabrá que prefiero las preguntas a las condolencias.

Marcus sonríe como si la respuesta le agradara.

—También sabrá que Lena Cross abandonó Hudson Capital resentida y se ha dedicado años a culpar a otros de sus propias decisiones.

—Creía que no mantenía contacto con ella desde su despido.

—No, no lo mantengo, pero su resentimiento es conocido en el sector.

—Sin embargo, parece conocer el contenido de lo que me ha contado.

La sonrisa de Marcus pierde por un momento su impostada naturalidad.

—No necesito conocerlo para imaginar su versión. Lena no participó en Meridian.

—El informe regulatorio de Blackwell Pierce la incluye en el equipo preliminar de evaluación de riesgos —señala Naomi—. ¿El informe es incorrecto o acaba de serlo usted?

Marcus toma una copa de la bandeja de un camarero que justo pasa por su lado, aunque no bebe.

—Fue una designación administrativa. No tuvo acceso a la operación definitiva.

—Eso no es lo mismo que no haber participado.

—Alistair ha elegido bien —dice mientras me dedica una mirada breve—. Una periodista precisa resulta muy útil cuando se pretende limitar la responsabilidad de una empresa.

Al escuchar lo que acaba de decir, cada músculo de mi cuerpo me exige interrumpir la conversación, aun así, no lo hago.

—¿Qué le hace pensar que Alistair me eligió? —le pregunta Naomi, inclinando ligeramente la cabeza.

—Hudson Capital financia el acceso y su periódico revisará las conclusiones. No parece una colaboración difícil de entender.

—Las condiciones de revisión no son públicas —responde Naomi—. Tampoco lo es la intervención directa de Rebecca. ¿Quién se las ha contado?

Marcus tarda demasiado en contestar.

—En Manhattan, los acuerdos privados rara vez permanecen así.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Pregúntele a Alistair… Por lo visto, parece dispuesto con usted a ofrecerle más respuestas de las que suele conceder a nadie.