Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 11 Naomi
46%

Capítulo 11 Naomi

Alistair espera y no intenta acercarse ni aprovecha que estoy a pocos centímetros de él. Se limita a estarse quieto y deja que sea yo quien tome una decisión que, hace dos semanas, él habría tomado directamente por los dos.

Pero yo sigo enfadada. Mañana continuaré comprobando los mensajes de Marcus y nada de lo que ocurra en esta habitación cambiará lo que Alistair hizo durante la boda.

Aunque llevo días queriendo besarlo, no pienso convertir ese deseo en otra cosa que él pueda decidir por mí.

Así que le agarro la camiseta a la altura del pecho y tiro de él.

Su boca encuentra la mía, aunque no me toca todavía.

Permanece quieto, como si incluso ahora esperara una segunda confirmación por mi parte.

Así que soy yo quien inclina la cabeza, abre los labios y vuelve a besarlo con más fuerza.

Entonces coloca una mano en mi cintura para que no me mueva, mientras su otra mano sube despacio hasta mi nuca.

El cuidado con el que lo hace debería calmarme, pero consigue lo contrario.

Tiro de su camiseta hasta que nuestros cuerpos se rozan.

Siento cómo contiene el aire y el leve gemido que escapa de su garganta me recorre de pies a cabeza.

Su boca pierde parte de la prudencia y me besa con más intensidad, como si estas últimas dos semanas hubiera estado conteniéndose detrás de esa calma que pretende mostrar, pero que me resulta del todo insoportable, y yo acabara de abrir una grieta.

Aprieta los dedos en mi cintura y la mano que tiene en mi nuca se mueve entre mi pelo cambiando el ángulo del beso, pero se detiene en cuanto encuentra resistencia que no existe por mi parte.

Me pongo de puntillas y vuelvo a buscarlo.

Responde de inmediato, porque ya no parece el hombre capaz de permanecer inmóvil mientras una sala llena de gente espera su decisión.

Ahora siento su respiración acelerándose y como se autocontrol desaparece con cada movimiento de mi boca.

Darme cuenta de que puedo provocarlo resulta tan excitante como había imaginado o quizá más.

Retrocedo un paso sin soltarlo y la parte posterior de mis piernas choca con la cama. Se detiene, pero yo vuelvo a tirar de él. Su cuerpo queda entre mis rodillas cuando me siento en el borde del colchón. La mano de mi cintura baja unos centímetros y el calor de sus dedos atraviesa mi ropa.

Lanzo un suspiro, porque anhelo que siga.

Quiero descubrir cuánto tarda en perder por completo la calma que utiliza como armadura.

Sin embargo, también me atraviesa el recuerdo del teléfono de Marcus dentro de la bolsa, la decepción que sentí al escuchar a Lena y la confesión que Alistair acaba de hacer.

—Espera —susurro apoyando una mano en su pecho.

Alistair me suelta al instante y retrocede lo suficiente para que vuelva a respirar sin su cuerpo pegado al mío. No protesta ni intenta interpretar mi gesto simplemente se limita a quedarse frente a la cama con los brazos a los lados y la respiración agitada.

—No quiero acostarme contigo esta noche.

—Entonces no lo haremos —responde sin vacilar.

La facilidad con la que lo acepta me descoloca. Dentro de mi cabeza había preparado argumentos, límites y una respuesta que le atravesara por si trataba de convertir el beso en un acuerdo con condiciones. No necesito ninguno.

—No es porque no quiera —le aclaro.

—Eso ya lo había entendido —contesta, bajando su mirada un instante hasta mi boca.

—Veo que tu modestia continúa intacta —respondo, arqueando una ceja.

—No creo que la modestia resulte útil en esta conversación.

—El beso no cambia el reportaje. Mañana voy a verificar las pruebas y escribiré lo que descubra, aunque te perjudique —le informo pasándome las manos por el pelo, por si me he despeinado.

—Me decepcionaría que hicieras otra cosa.

Su respuesta no arregla lo ocurrido, pero impide que me arrepienta de haberlo besado.

Al instante, observo que recoge una almohada de la cama y regresa al sofá.

Yo cierro la puerta hasta dejar una abertura estrecha, suficiente para que pueda escuchar sus movimientos al otro lado.

Apago la luz y me meto en la cama, pero el colchón cruje cada vez que cambio de postura y mi cuerpo conserva el recuerdo de sus manos con una precisión irritante.

Cuando me meto en la cama un rato después, escucho cómo se mueve en el sofá.

—¿Estás dormido? —pregunto alzando la voz para que me escuche.

—El sofá mide veintisiete centímetros menos que yo —responde Alistair—. Mis posibilidades son limitadas.

Sonrío contra la almohada.

—¿Cuál fue tu primer fracaso?

El silencio dura tanto que pienso que no me va a contestar.

—Tenía diecinueve años y convencí a mi padre para que invirtiera en una empresa pequeña —me cuenta al fin—. Había revisado las cuentas, el mercado y a los fundadores, el problema fue que no comprobé que uno de ellos debía más dinero del que aparecía en los informes.

—¿Cuánto perdisteis? —pregunto, arrugando el entrecejo, aunque nadie pueda verme.

—Lo suficiente para que mi padre lo mencionara en cada cena durante dos años.

—Eso no responde a la pregunta.

—Porque la cantidad no fue el fracaso sino darle un motivo para demostrar que yo todavía dependía de su criterio —admite.

La lluvia suena con menos fuerza contra los cristales, por lo que desde la cama oigo cómo cambia de postura en el sofá.

—Ahora me toca preguntar —dice—. ¿Por qué siempre te marchas?

—Ya te lo expliqué en el restaurante.

—Me dijiste cuándo lo haces, no por qué.

Utiliza mi propia forma de interrogarme y me alegra que la oscuridad le impida ver el gesto de mi cara.

—Porque echar de menos a alguien es más fácil que esperar a que me decepcione —respondo con sinceridad.

Mi verdad queda suspendida entre las dos habitaciones y cuando me doy cuenta me maldigo internamente, porque lo último que pensaba era confesarla en voz alta y mucho menos a él.

—Echar de menos a alguien también duele —señala.

—Sí, pero es un dolor que puedo controlar. No depende de lo que la otra persona decida hacer.

—Entonces tenías razón. Nos parecemos más de lo conveniente.

—No abuses del momento —le advierto, aunque mi voz ha perdido fuerza.

—Yo prefiero que me necesiten —reconoce después de quedarse en silencio durante unos segundos—. Una necesidad parece más estable que un sentimiento, porque el afecto cambia sin avisar.

—Yo no pienso necesitarte de esa manera.

—Lo tengo claro.

No hay reproche en su respuesta. Solo una certeza tranquila que me obliga a cerrar los ojos.

Seguimos hablando sin vernos y le cuento que una vez acepté un trabajo en Boston solo para evitar mudarme con alguien.

Él admite que ha terminado relaciones por tener expectativas que la otra persona todavía ni siquiera había dicho.

Discutimos sobre cuál de los dos tiene el mecanismo de defensa más absurdo, pero no llegamos a ningún acuerdo.

Poco a poco, su voz se vuelve más lenta y la mía también.

—Naomi —dice en algún momento.

—¿Qué?

—Nada. Quería comprobar si seguías despierta.

—Método deficiente —murmuro—. Podrías haber formulado una pregunta.

No escucho su respuesta o quizá él se duerme antes de decirla.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, la lluvia se ha detenido y una luz gris atraviesa las cortinas.

Sin llegar a moverme entre las sábanas, tardo unos segundos en recordar el hotel, el teléfono de Marcus y el beso.

Sobre todo, el beso. Poco después, salgo del dormitorio descalza.

Alistair duerme en el sofá con la camiseta arrugada y una pierna doblada porque no cabe de otra manera.

Tiene un brazo tapándole los ojos y el pelo revuelto contra el cojín.

Sin el traje, el reloj y la expresión con la que consigue silenciar las reuniones a las que asiste, parece un hombre normal que ha tomado una sucesión de decisiones cuestionables.

Saco el teléfono y justo cuando le estoy enfocando, mueve el brazo y abre los ojos.

—Ni se te ocurra —dice con la voz áspera por el sueño.

—La opinión pública merece conocer la verdad.

Se incorpora demasiado deprisa y se lleva una mano al cuello.

—Borra la fotografía.

Me acerco y le enseño la pantalla para que vea que la cámara continúa abierta, pero no he tomado ninguna foto.

—No he hecho ninguna.

Alistair revisa la pantalla y después me mira.

—Estabas a punto de hacerlo.

—Estar a punto de hacer una acción y ejecutarla son cosas diferentes. Creía que habíamos dejado eso claro anoche.

Su mirada permanece en mí durante un segundo. Después se pasa una mano por el pelo, aunque solo consigue despeinarse más.

—Empiezo a arrepentirme de permitirte utilizar mis argumentos —. Niega con la cabeza.

—Deberías escogerlos con más cuidado —respondo, alzando una ceja.

La habitación dispone de una cafetera que parece bastante vieja y dos sobres de café soluble. Alistair lee las instrucciones mientras yo lleno el depósito con agua del grifo.

—No puede ser tan complicado —digo desde el lavabo.

—Las instrucciones contradicen los botones —responde trasteando la máquina.

—Pulsa el grande.

—Ese enciende el vapor.

—Solo hay dos botones.

—Y has elegido el incorrecto.

Cinco minutos después, tenemos dos vasos de un líquido oscuro que huele a plástico caliente.

—Esto explica por qué el desayuno no estaba incluido —digo al probar el mío y hago una mueca.

Alistair cuando le da un sorbo a su café, le dedica una mirada a la cafetera como si hubiera cometido una ofensa personal contra él.

—Hay un restaurante a cuatro minutos.

—Sobreviviremos.

—No veo la necesidad.

—Esa frase resume gran parte de tus problemas.

Desayunamos unas galletas que saco de una de mis bolsas.

Alistair no menciona el beso de anoche ni intenta acercarse, pero de vez en cuando su mirada baja hacia mi boca y, cada vez que lo hace, vuelvo a sentir sus manos sobre mi cuerpo.

Por mucho que ambos finjamos que la noche ha terminado, yo todavía no consigo olvidarla.

—Lo de anoche fue consecuencia de una situación excepcional —digo mientras doblo la manta del sofá—. La tormenta, el hotel, la conversación… No debería cambiar nada entre nosotros.

Alistair deja el vaso sobre la mesa.

—De acuerdo.

Su aceptación debería aliviarme, pero, en lugar de eso, me molesta.

—¿Eso es todo?

—Has dicho que no quieres que cambie nada. Estoy respetando tu decisión.

—Podrías tener una opinión al menos, ¿no?

—La tengo —responde mientras se acerca para recoger la almohada—. Para mí no fue irrelevante, pero no voy a utilizarlo para exigirte una definición que no quieres dar.

Me sostiene la mirada y, por un instante, vuelvo a sentir su mano en mi cintura.

—Bien —digo.

—Tu entusiasmo resulta convincente.

—Estoy protegiendo los límites profesionales.

—Por supuesto.

Termino de doblar la manta de un tirón para no responderle.

Vuelven a reabrir la carretera poco después de las nueve.

Durante el trayecto a Manhattan hablamos de la verificación de los mensajes y de las reuniones que se han acumulado en Hudson Capital.

Por suerte, recuperamos el tono profesional, pero cada vez que nos quedamos en silencio, vuelve a mi cabeza lo que ocurrió en el hotel.

No pongo música, ni él tampoco lo propone para llenar esos espacios sin palabras.

No obstante, en dos ocasiones descubro su mano moviéndose sobre la palanca de cambios y sin poder evitarlo vienen a mi cabeza el recuerdo de cómo me sujetó la nuca.

La segunda vez, él me descubre mirándolo y aunque no dice nada, sus dedos se cierran alrededor de la palanca con más fuerza.

Cuando llegamos a Hudson Capital, Miles espera en la puerta con un café en cada mano. Observa la ropa de Alistair, mi pelo todavía húmedo y cómo los dos evitamos mirarnos al mismo tiempo.

—La carretera parece haber causado más incidencias de las previstas —comenta mientras le entrega un traje y una camisa limpios.

—La carretera está abierta —responde Alistair.

—No me refería a esa incidencia.

Alistair le dirige una mirada que habría silenciado a cualquier empleado, pero Miles le ofrece uno de los cafés.

—He pedido el suyo sin azúcar —me dice.

Lo acepto y saco la bolsa con las pruebas del coche.

—Enviaré el teléfono a verificar —le explico a Alistair—. Te informaré cuando tengamos resultados que puedan contrastarse.

—No necesitas informarme antes de publicar.

—Lo sé.

Nos quedamos uno frente al otro durante un segundo, aunque ninguno intenta repetir el beso y me alejo hacia la acera convencida de que he recuperado la distancia necesaria que debe haber entre Alistair y yo.

Sin embargo, antes de llegar a la esquina, miro hacia atrás y veo que sigue en la puerta observándome.

En la redacción, Rebecca dispone de diez minutos antes de una reunión de cierre, por lo que escucha mi explicación sobre Lena Cross sin interrumpirme, entrega el teléfono al equipo técnico,

solicita los registros de acceso del hotel y asigna a otro periodista la comprobación de la acreditación vinculada al equipo de Theo.

—Hasta que verifiquemos los mensajes, no tenemos nada publicable —concluye.

—Tenemos dos anexos y la admisión de Alistair.

—Tenemos pruebas que pueden haber sido manipuladas y una confesión que solo has escuchado tú. Haremos esto bien.

Asiento, porque precisamente esta es la razón por la que he acudido a ella.

La invitación a la gala anual de Hudson Capital llega esa misma tarde. El evento se celebra al día siguiente y, según el acuerdo, mi asistencia forma parte del acceso. Apenas termino de leer los detalles, el chat del grupo empieza a llenarse de mensajes.

Elara:

Mañana voy a tu apartamento. Necesitas ayuda para elegir vestido.

Naomi:

No recuerdo habértela pedido.

Elara:

Por eso he decidido no esperar.

Diana:

Iremos todos a la gala.

Estás advertida.

Dorian:

¿Alistair también recibirá instrucciones sobre qué ponerse?

Elsie:

Si alguien intenta vestir a Alistair,

tendrá que firmar antes un contrato de confidencialidad.

Dorian:

¿Y quién se ofrecerá a comprobar que lo cumple?

Elsie:

Tú no.

Mientras estoy leyendo el chat, aparece un mensaje privado de Alistair.

Alistair:

Mañana a las ocho.

Es un acto profesional.

La aclaración resulta tan innecesaria que respondo antes de pensarlo.

Naomi:

Entonces no tendrás ningún problema

para comportarte profesionalmente.

Su respuesta llega antes de que pueda dejar el teléfono.

Alistair:

No fui yo quien inició el beso.

Cierro la conversación y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa, porque el problema no es que él tenga razón, sino que mañana por la noche quiero volver a besarlo.

Antes de permitirme pensar en la gala, abro la conversación con Rebecca y escribo el mensaje que llevo evitando desde que entré en Manhattan.

Naomi:

Necesito hablar contigo mañana a primera hora.

Durante el viaje ocurrió algo que puede afectar

a mi objetividad y

quiero que lo sepas antes de que continúe con el reportaje.

Lo releo con el pulgar suspendido sobre la pantalla y lanzo un hondo suspiro.

Podría esperar hasta después de la publicación y convencerme de que un beso no modifica los hechos, no invalida las pruebas y no borra lo que Alistair hizo.

Resoplo, porque tengo claro que, aunque todo eso sería cierto, también sería una excusa…

Envío el mensaje, aunque tengo claro que desear a Alistair puede convertirse en un problema personal, pero ocultárselo a Rebecca convertiría ese deseo en una decisión profesional y no pienso exigirle la verdad mientras escondo la mía.