Capítulo 12 Alistair #2
Naomi le sostiene la mirada sin preguntar por Daniel, mencionar el teléfono ni confirmar que ha hablado con Lena. Marcus, por su parte, deja la copa intacta.
—Disfrute de la gala, señorita Rowe.
—Lo haré. Gracias por mejorarla.
Marcus se aleja antes de cometer otro error y yo espero hasta que cruza las puertas y, solo entonces, me acerco a Naomi.
—Pensabas rescatarme —me dice al acercarme a ella, pero sin mirarme.
—Lo había considerado.
Ahora sí se vuelve hacia mí.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Porque no lo necesitabas.
Mi respuesta borra cualquier rastro de ironía de su expresión.
—Bien —dice al fin—. Habrías estropeado una entrevista bastante útil.
—Marcus no sabía que Rebecca revisaría las conclusiones por sí misma esta mañana.
—Yo tampoco he dicho que lo supiera esta mañana.
No puedo evitar que una breve sonrisa se dibuje en mis labios.
—No, no lo has dicho.
—Empiezas a aprender —me responde asintiendo levemente mientras pierde la mirada entre los asistentes que nos rodean.
Cuando termina la cena, retiran varias mesas y la música sustituye a las conversaciones formales.
Las parejas llenan la pista mientras yo finjo no llevar varios minutos pendiente de Naomi, que está en uno de los extremos del salón, observando bailar a Diana.
La luz cae sobre sus hombros y, al hacerlo, vuelve a recordarme el instante en que tiró de mi camiseta en Bedford.
Camino hacia ella y mientras me acerco, me observa.
No se marcha, pero endereza la espalda como si ya conociera el riesgo de tenerme cerca.
—¿Bailar puede considerarse parte de su acceso profesional? —pregunto al detenerme frente a ella.
Le ofrezco la mano y Naomi la mira, aunque ese simple movimiento basta para que vea la respuesta que desea dar antes de retirar la suya.
—No puedo.
Bajo la mano sin obligarla a repetirlo.
—Esta mañana informé a Rebecca de lo que ocurrió en Bedford —continúa—.
El periódico ha decidido mantenerme al frente, pero no volveré a entrevistarte a solas.
Además, todo lo que entregue Hudson deberá pasar por los canales oficiales.
Si volvemos a cruzar esa línea, tendré que apartarme del reportaje de forma definitiva.
—He leído las condiciones.
—Entonces sabes que aceptar sería una mala idea.
Podría señalar que bailar no constituye un contacto íntimo y que estamos rodeados de testigos. Sin embargo, cada uno de mis argumentos la obligaría a defender un límite que ya me ha dicho con claridad.
—Hiciste lo correcto al contarlo —digo.
Naomi me observa como si hubiera preparado una discusión y, de pronto, no supiera cuándo decir todo lo que tenía pensado.
—Podrían haberme apartado de la investigación.
—Lo sé.
—Y no vas a decir que exageré ni que un beso no afecta a mi objetividad.
—No me corresponde a mí decidirlo. Pero ocultarlo habría permitido que alguien lo utilizara para desacreditarte.
La música cambia. Permanezco a su lado, a una distancia demasiado pequeña para resultar profesional y, al mismo tiempo, demasiado grande para satisfacer el deseo de ninguno de los dos.
—No me arrepiento de haberte besado —admite Naomi en voz baja.
Miro hacia la pista para evitar que mi atención vuelva a su boca.
—Yo tampoco —respondo—. De hecho, llevo desde Bedford pensando en repetirlo.
Naomi suelta el aire despacio y baja la mirada.
—Decírmelo no facilita las cosas.
—No pretendía facilitarlas. Solo quería que supieras que el deseo no fue únicamente tuyo.
Naomi suelta el aire despacio y noto cómo su brazo queda a pocos centímetros del mío, aunque no llega a rozarlo.
—Desearlo no puede cambiar las condiciones de la investigación.
—Esperaré hasta que el artículo esté publicado —prometo, aunque esa promesa resulta más difícil de lo que deja ver mi voz. La publicación ya no representa únicamente el final de una amenaza para Hudson Capital.
—¿Y qué ocurrirá cuando termine? —le pregunto.
Naomi vuelve la cara hacia mí. Al principio cree que hablo del beso; lo noto en la forma en que su atención baja hasta mi boca, pero justo en ese momento comprende que la pregunta abarca algo más.
Ahora necesito saber si seguirá entrando en mi despacho cuando ningún acuerdo la obligue o si volverá a dejar vasos sobre mi mesa y a discutir mis decisiones.
Durante tres semanas he contado los días que faltaban hasta que se marchara.
Ahora, en cambio, la fecha de publicación de la investigación la veo como una pérdida...
—No voy a tomar ninguna decisión sobre nosotros mientras siga escribiendo sobre ti —responde.
—Eso no contesta qué ocurrirá después.
—Porque todavía no lo sé.
Debería parecerme una negativa aplazada. Sin embargo, prefiero una posibilidad sin garantías a una conclusión controlada.
—De acuerdo —acepto, asintiendo una vez con la cabeza.
Naomi me estudia, quizá esperando que proponga unas condiciones capaces de convertir su duda en algo negociable, pero no lo hago.
—Estás llevando esto de esperar con una dignidad irritante —murmura.
—No confundas dignidad con falta de esfuerzo.
—¿Tan difícil te resulta no tocarme? —me pregunta con una sonrisa en los labios.
—En este momento, considero la distancia entre nosotros un ejercicio innecesariamente exigente.
Su sonrisa desaparece y la sustituye por la misma tensión que a mí me mantiene inmóvil. Naomi baja la mirada hacia mi mano y después vuelve a mis ojos.
—Seis días —dice.
—¿Hasta que pueda bailar contigo?
—Hasta que termine el periodo de acceso. A partir de entonces, no he prometido nada más.
—Lo sé.
Mi respuesta parece afectarla. Ninguno se mueve y contengo el impulso de acercarla o buscar un rincón sin testigos ni documentos firmados. Finalmente, Naomi rompe el momento. Se aparta para hablar con otro miembro del consejo y yo permanezco donde estoy.
Por primera vez, siento que respetar una de sus decisiones significa no seguirla, aunque cada parte de mí quiera impedir que la distancia entre nosotros aumente.
La gala empieza a vaciarse poco después de las once. Naomi se reúne conmigo cerca de la salida.
—El acceso termina el jueves —me recuerda—. Tengo seis días para revisar la documentación, contrastar las últimas declaraciones y cerrar la investigación.
—Conozco la fecha.
—Necesito los registros internos que cuantifican la ventaja obtenida por Hudson Capital cuando quedó liberada de parte de la obligación. También necesito todas tus comunicaciones posteriores a la boda relacionadas con Meridian.
La petición no me sorprende, aunque su alcance, sí. Esos documentos demostrarán que no ordené la sustitución, pero también que Hudson Capital conservó el beneficio después de que yo decidiera no intervenir. Treinta y dos millones reflejados en archivos que ningún abogado recomendaría entregar.
—El equipo jurídico se opondrá —digo.
—No se lo he pedido a ellos.
Naomi no añade una amenaza ni utiliza Bedford. Simplemente me deja la decisión con la misma claridad con la que se negó a bailar. Poco después, la observo marcharse con Diana y Elara, aunque esta vez tampoco intento detenerla.
Regreso a Hudson Capital después de medianoche. En mi despacho solo permanece encendida la lámpara que hay junto al sofá. Me siento frente al escritorio, abro el archivo de Meridian y reviso la autorización de acceso.
Podría seleccionar únicamente los documentos que demuestran que nunca ordené la falsificación.
Bastarían para separar mi responsabilidad de la de Marcus.
Sin embargo, también dejarían fuera todo lo que ocurrió después.
Lanzo un hondo suspiro y permanezco varios minutos frente a la pantalla mirando sin ver lo que tengo frente a mí.
Finalmente, amplío la autorización e incluyo los registros financieros, los correos internos y todas mis comunicaciones posteriores a la boda, pero antes de enviarlo por el canal oficial, abro la conversación con Naomi.
Alistair:
No espero que me protejas.
Su respuesta llega poco después.
Naomi:
Entonces, por una vez,
los dos esperamos lo mismo.
Leo su mensaje una vez. Después vuelvo al documento y lo envío.