Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 9 Naomi #2
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Capítulo 9 Naomi #2

—No cojas la carpeta —le digo cuando abre el maletero.

—Contiene la documentación necesaria —responde.

—También deja claro que has venido hasta aquí con el objetivo de dirigir la conversación —señalo.

Me mira por encima del techo del coche y resopla. Después deja el expediente y cierra el maletero.

Lena abre la puerta antes de que llamemos. Lleva el cabello recogido y un jersey ancho. Primero me mira a mí y cuando reconoce a Alistair, la mano que sostiene la puerta se tensa.

—Dijo que vendría solo la periodista —le reprocha Lena.

—Y he venido —respondo mientras me adelanto antes de que cierre—. No trabajo para Hudson Capital. Alistair no revisará lo que escriba ni sabrá qué me ha contado antes de que usted decida decírselo.

—No pienso hablar delante de él —declara Lena.

—Entonces hable primero conmigo. A solas —propongo.

Lena observa a Alistair y veo cómo él aprieta la mandíbula, pero no dice nada.

—Solo usted —decide Lena mientras abre un poco más la puerta para dejarme pasar.

Me vuelvo hacia Alistair y observo cómo la lluvia que vuelve a caer empieza a oscurecerle los hombros del jersey.

—Esperaré fuera —dice Alistair asintiendo con la cabeza

No protesta ni intenta imponer condiciones. Aun así, tarda un segundo en apartarse del umbral de la puerta.

Cuando entro a la casa de Lena, noto que huele a café recién hecho. Sobre la mesa del salón veo que hay una caja, varias carpetas y un portátil antiguo.

—Siéntate, por favor —me indica señalándome una silla que hay a un lado de la misma mesa.

Yo obedezco y observo cómo Lena se sienta frente a mí con las manos entrelazadas.

—Hace tres años entregué información confidencial a Marcus Vale —empieza antes de que saque la grabadora—. Creí que podía impedir una operación que consideraba peligrosa para Hudson Capital.

—¿Puedo grabar? —pregunto.

Mira la pequeña grabadora que he sacado de mi bolso y después asiente.

—No conseguí impedirla. Marcus utilizó los datos para beneficiar a Blackwell Pierce y a varios de sus clientes. Yo le enseñé dónde estaban las puertas y él decidió cuáles utilizar —explica Lena.

—¿Qué relación tiene eso con Meridian? —pregunto.

Lena abre la primera carpeta y coloca dos documentos ante mí con las portadas idénticas, lo único diferente es el código impreso en la esquina inferior.

—Cuando revisé el Proyecto Meridian descubrí que Marcus había preparado dos versiones de este anexo. La aprobada repartía entre los inversores una posible obligación de treinta y dos millones de dólares —explica Lena.

Señala una tabla donde aparece el nombre de Hudson Capital junto a un porcentaje.

—¿Y la segunda? —pregunto.

—Trasladaba esa responsabilidad a otros participantes y liberaba a Hudson de asumir su parte —responde.

No necesito conocer cada término financiero para comprenderlo.

—Si se firmaba esta versión, Hudson Capital podía ahorrarse millones —digo.

—Exactamente —confirma Lena.

—¿Cómo llegó el documento modificado a la boda? —pregunto.

Lena abre el portátil y busca una carpeta de mensajes.

—Theo llevó el paquete definitivo al hotel. Quería obtener las últimas autorizaciones antes del cierre previsto para el lunes. Durante la boda entraban y salían empleados, abogados y mensajeros. Marcus aprovechó el movimiento para sustituir el anexo destinado a la firma —explica.

—¿Cómo lo descubrió usted después de haber sido despedida? —pregunto y observo cómo, por primera vez, Lena vacila.

—Una antigua analista mía detectó dos códigos en el historial de revisión. Dependía de Marcus y no se atrevió a informar a su superior. Me envió las portadas y yo conseguí el resto a través de una cuenta que él usaba con asesores externos —responde.

—¿Accedió sin autorización? —pregunto.

—Sí —admite Lena sin suavizar sus actos—. Encontré las dos versiones y mensajes que demostraban que el cambio no era un error. Sabía cómo funcionaban las autorizaciones porque yo misma le había explicado a Marcus los procedimientos internos años antes —continúa.

Su traición le proporcionó a Marcus el conocimiento necesario para introducir la modificación sin despertar sospechas.

—Por eso fue al hotel —digo.

—La carpeta contenía las dos versiones, el historial de cambios y copias de los mensajes. Se la entregué a Alistair porque era el único inversor con poder suficiente para detener la firma de inmediato —explica Lena.

—¿Por qué no acudió a los abogados o a Theo? —pregunto.

—Porque no sabía quién más estaba implicado. Y porque Alistair comprueba cualquier cosa que pueda perjudicar a su empresa, aunque proceda de alguien a quien detesta —responde.

La frase coincide con el hombre que he conocido y también con el que podría haber visto el beneficio y decidido callar.

Lena admite que actuó por orgullo y que accedió a documentos que ya no tenía derecho a consultar.

La carpeta fue un intento tardío de corregir el daño.

Pero el anexo modificado beneficiaba directamente a Hudson Capital y Alistair tenía un motivo económico para guardar silencio.

Lena cierra el portátil y extrae una última hoja de la caja.

—Antes de que entre, necesita saber qué ocurrió después de que le entregara la carpeta —dice Lena.

Es una copia del registro del hotel. Junto a las horas de acceso hay varias anotaciones escritas a mano.

—Alistair la abrió en el pasillo reservado —continúa Lena—. Comparó las dos versiones delante de mí y se detuvo en la cláusula que eliminaba la participación de Hudson Capital en los treinta y dos millones.

—¿Está segura de que comprendió lo que significaba? —pregunto.

Lena me mira como si la pregunta la ofendiera.

—Alistair puede leer una obligación financiera más rápido que la mayoría de los abogados. Así que no tengo la menor duda de que lo comprendió —responde.

—¿Sabía cómo había introducido Marcus el anexo? —pregunto.

—No. Tampoco sabía quién lo había ayudado. Pero sabía que las dos versiones no podían ser válidas, que la destinada a la firma favorecía a su empresa y que bastaba con avisar a Theo, a Max o a cualquier abogado para detener el proceso —explica Lena.

Afuera, la lluvia golpea los cristales. Pienso en Alistair esperando junto al coche porque yo se lo he pedido.

—¿Qué hizo? —pregunto.

Lena baja la vista hacia el registro.

—Cerró la carpeta. Theo regresó a la sala privada donde estaban los documentos y Alistair lo observó desde el pasillo. Después se marchó sin dar la alarma —responde.

El bolígrafo permanece inmóvil entre mis dedos. Siempre he sabido que Alistair ocultaba información. Aun así, esperaba una explicación que complicara los hechos tanto como él ha complicado mis prejuicios.

Esta vez la explicación es sencilla: vio una irregularidad, comprendió que beneficiaba a Hudson Capital y permitió que el proceso continuara. No falsificó el anexo ni ayudó a introducirlo. No organizó el fraude, pero tuvo la oportunidad de impedirlo y eligió no hacerlo.

Guardo el registro en la carpeta que Lena me entrega y apago la grabadora.

—Quiero hablar con los dos —dice Lena—. Hay algo que Alistair no sabe.

Salgo al porche y veo que Alistair continúa junto al coche, bajo la lluvia, donde lo dejé. Tiene el pelo mojado y el jersey oscurecido sobre los hombros. Al verme, me mira y algo en mi expresión le basta para comprender que Lena me ha contado lo que él no quiso decirme.

—¿Qué te ha dicho? —me pregunta al verme.

Podría responder. Hace una hora habría confiado en que, si le formulaba la pregunta correcta, Alistair acabaría ofreciéndome una verdad incómoda, pero ahora ya no estoy segura.

—Que ya es hora de que habléis los dos —digo y abro la puerta de la casa.

Alistair se acerca sin apartar los ojos de mí y escucho cómo la tormenta empeora detrás de nosotros y la puerta se cierra a su espalda.

Lena tiene las pruebas que podrían resolver Meridian, pero yo ya no sé si quiero conocer toda la verdad sobre un hombre al que he empezado a desear mucho más de lo prudente.