Capítulo 9 Naomi
La semana de espera no detiene la investigación.
Sigo entrevistando empleados, asistiendo a reuniones y ocupando el sofá de Alistair como si llevara años allí.
Él ya no aparta mi abrigo ni manda retirar los vasos que dejo repartidos sobre la mesa hasta que me marcho.
Yo he aprendido que alinea los documentos con más fuerza cuando está irritado y se ajusta el gemelo derecho cuando no quiere responder a algo.
Alistair calcula si he comido contando los vasos. Desde el lunes ha ordenado que me traigan dos almuerzos y, en ambas ocasiones, ha preguntado primero qué quería. Supongo que la familiaridad debería preocuparme más de lo que lo hace.
El miércoles, a las ocho en punto, su coche espera frente al portal y él está al volante.
Después de dos semanas viéndolo delegar cada desplazamiento en manos de alguno de sus chóferes, encontrarlo conduciendo me sorprende bastante.
Cuando me acerco al coche, veo que sale para abrir el maletero.
Lleva un jersey oscuro sobre la camisa y no se ha puesto corbata.
Yo cargo con dos bolsas, dos cafés y mi libreta.
—¿Piensas mudarte a Bedford? —pregunta Alistair mientras mira el equipaje que llevo.
—Viajar con alguien que prepara planes de contingencia para el desayuno exige estar preparada para cualquier emergencia —respondo.
Me quita uno de los cafés antes de que pueda protestar y deja las bolsas en el maletero.
—No preparo planes de contingencia para el desayuno —replica y opto por no responderle para no enzarzarnos en una de nuestras discusiones infinitas.
En cuanto arranca, conecto mi teléfono al sistema del coche y enseguida la primera canción de Viaje con un dictador corporativo empieza a sonar antes de que lleguemos a la esquina.
Alistair soporta cuarenta segundos sin decir nada.
—Esta canción impide pensar con claridad —dictamina mientras se detiene ante un semáforo en rojo.
—Esa es la idea —respondo.
—Necesito concentración para conducir con esta lluvia que ha empezado a caer —protesta.
—Concéntrate en la carretera. La música se encarga de lo demás —le digo subiendo el volumen dos puntos.
Alistair extiende la mano hacia la pantalla, pero yo le sujeto la muñeca antes de que toque el botón y noto su piel caliente bajo mis dedos. A pesar de que el semáforo cambia a verde, ninguno retira la mano de inmediato.
—Es mi coche —dice Alistair mientras me mira antes de volver la atención a la calle.
—Y mi lista —respondo.
—Una de esas dos cosas ha costado bastante más que la otra —señala.
—Precisamente por eso puedes permitirte sufrir durante una hora —replico.
Lo suelto y permite que la música continúe sonando, aunque comenta cada canción con el rigor que aplicaría a un balance: una repite demasiado el estribillo, otra carece de estructura y la tercera parece compuesta por alguien que odia la música.
—Podría ir caminando desde aquí —le advierto cuando critica la cuarta.
—Estamos entrando en la autopista —responde Alistair.
—Entonces valora el sacrificio que hago por la investigación —suelto sin cortarme ni un pelo.
La comisura de su boca se mueve y yo me apresuro a mirar por la ventanilla antes de que descubra que también estoy sonriendo.
Me gusta verlo conducir. Tiene que reaccionar a otros coches y aceptar que la carretera no obedece a su agenda. Es una de las pocas actividades que no puede delegar mientras estoy presente.
La tormenta sigue cayendo y la lluvia borra el paisaje. Poco después, un accidente convierte la autopista en una fila de luces rojas que apenas avanza, por lo que Alistair reduce la velocidad y consulta el navegador.
—Cuarenta y seis minutos de retraso —me cuenta tras chasquear la lengua.
—Hay un restaurante a ochocientos metros —digo.
Señalo un cartel iluminado al otro lado de la salida. Alistair mira el desvío y después la retención.
—Podemos esperar en el coche —propone.
—O en un lugar con café caliente y sillas que no vibran cada vez que pasa un camión —respondo con convicción.
—Ya has traído café —señala.
Levanto mi vaso vacío.
—He sido previsora, no clarividente —digo y justo después toma la salida sin discutir más, lo que ya constituye un dato relevante.
El restaurante tiene mesas de fórmica, bancos de vinilo rojo y tartas bajo campanas de plástico. Una camarera saluda por su nombre a dos camioneros y nadie reconoce a Alistair, ni tiene una mesa reservada para él, ni empleados que bajen la voz al verle llegar.
Pide café sin preguntar el origen del grano y elige la misma tarta de manzana que yo. Mientras esperamos en el mostrador, una bandeja se le escapa a la camarera y varios cubiertos caen al suelo. Alistair se agacha antes que ella, los recoge y se los entrega por el mango.
—Gracias, cariño —dice la camarera mientras recupera la bandeja.
Él asiente y vuelve a la cola. No corrige el tratamiento ni utiliza su apellido. Prueba el café, mira la taza y bebe de nuevo sin protestar. Cuando la camarera le da la cuenta, la coloca frente a él y estudia las cifras con una concentración desproporcionada.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Calculo la propina apropiada —responde Alistair.
—No es una fusión empresarial. Es café con un trozo de tarta para cada uno—le recuerdo.
—El porcentaje importa igual —replica.
Escribe una cantidad. Me inclino para verla y le quito el bolígrafo.
—Eso no es una propina, es una subvención —digo.
—La camarera ha atendido nueve mesas ella sola —explica.
—Una cantidad así parecería ostentosa, no generosa —respondo.
Espero que recupere el bolígrafo y haga lo que ya había decidido, pero, en lugar de eso, levanta la vista.
—¿Qué sería apropiado aquí? —pregunta Alistair.
Le indico una cantidad generosa, pero razonable. La anota sin discutir y me devuelve el bolígrafo.
Hace una semana, Alistair habría dejado la propina que considerara adecuada sin preguntarme.
En cambio, ahora, reconoce que no sabe cuál es la cantidad apropiada y acepta mi consejo sin verlo como una derrota.
Cada vez se parece menos al hombre que imaginaba antes de empezar el reportaje y eso complica mucho las cosas.
La lluvia golpea los ventanales y nadie parece dispuesto a volver a la carretera. Giro la mirada hacia él y veo que termina el café mientras yo parto el último trozo de tarta sin comerlo.
—¿Alguna vez has tenido una relación seria? —pregunto.
Él deja la taza en el plato.
—¿Esta pregunta aparecerá en el artículo? —pregunta Alistair.
—Podría aportar contexto —respondo asintiendo.
—No has abierto la libreta —observa.
Bajo la mirada y compruebo que continúa dentro de mi bolso.
—Estoy probando una técnica menos intimidatoria —digo.
Alistair mira la lluvia antes de responder.
—He tenido varias relaciones largas —admite.
—No he preguntado cuánto duraron —señalo.
—No. Ninguna fue seria en el sentido que pretendes darle —aclara, volviendo la mirada hacia mí.
—¿Qué sentido crees que pretendo darle?
—Compartir una vida, permitir que otra persona intervenga en tus decisiones y aceptar obligaciones que no puedes cancelar con una llamada —responde.
—Eso ha sonado peligrosamente preciso —comento, apartando el tenedor.
—Porque he evitado las tres cosas —dice.
Sus relaciones tenían límites claros: casas separadas, agendas propias y ninguna expectativa que no hubiera sido acordada antes.
—Eso no parece una relación —señalo—. Parece una colaboración con cláusula de confidencialidad.
—Funcionaba —responde, encogiéndose de hombros.
—Hasta que dejaba de hacerlo —replico.
Alistair gira la taza sobre el plato.
—Hasta que la otra persona quería entrar en partes de mi vida que yo no estaba dispuesto a compartir —explica.
—¿Y siempre cortabas tú? —pregunto.
—Sí —responde con demasiada prisa.
—¿Por qué? —insisto.
—Porque no empiezo algo si no sé cómo puede terminar —contesta.
—Eso debe de hacer que las primeras citas sean inolvidables —ironizo.
—No he recibido quejas sobre las primeras citas —responde.
Me meto un bocado de tarta en la boca para que no descubra mi reacción, pero cuando vuelvo a mirarlo, parece divertido.
—Ahora tú —dice Alistair.
—Yo estoy haciendo las preguntas —respondo.
—Y llevas dos semanas insistiendo en que una respuesta no deja de ser relevante porque resulte incómoda —señala.
—Mis relaciones suelen terminar cuando alguien empieza a elaborar planes conjuntos sin consultarme —admito—. De pronto ya ha decidido dónde viviremos, qué trabajo debería aceptar o cuánto tiempo puedo dedicarle.
—¿Y qué haces? —pregunta.
—Me marcho —respondo.
—¿Siempre? —insiste.
Parto una miga de pastel con la punta del tenedor.
—Siempre —digo.
Alistair apoya un brazo sobre la mesa.
—Marcharte antes de que alguien pueda influir en ti no es muy diferente de intentar controlar el resultado.
—No es lo mismo —replico con convicción.
—Yo reduzco las posibilidades antes de empezar y tú terminas la relación antes de que pueda condicionarte. El método cambia, pero el objetivo es el mismo —explica.
—Yo protejo mi independencia —trato de aclararle.
—Y yo mi capacidad de decisión —responde.
—En tu caso lo llamas así porque «miedo» no queda bien en un informe anual —señalo.
Su expresión no cambia, pero deja de girar la taza.
—En el tuyo tampoco —replica.
La camarera ofrece más café y los dos negamos con la cabeza al mismo tiempo. La conversación termina, pero sus palabras permanecen en mi cabeza sin dejar de dar vueltas. Él evita comenzar aquello que no pueda controlar y yo lo termino antes de que pueda condicionarme.
No somos opuestos, simplemente hemos escogido defensas distintas para el mismo miedo.
La retención se despeja veinte minutos después y de regreso al coche, Alistair abre un paraguas y lo sostiene sobre los dos. Su hombro se moja para mantenerme cubierta, pero no intenta guiarme con la mano.
Durante el resto del trayecto discutimos sobre música y sobre si la parada ha sido una decisión logística o mía, pero no volvemos a hablar de relaciones, ambos sorteamos el tema tratando de no acercarnos a él ni lo más mínimo.
Finalmente, la casa de Lena aparece al final de un camino de grava, rodeada de árboles y con las cortinas cerradas. Alistair estaciona frente a ella, pero sin bloquear la entrada.