Capítulo 8 Alistair #3
—Y has elegido la que no es —replica, inclinándose sobre la encimera.
Muevo la pieza unos milímetros e intento encajarla de nuevo. La pestaña se desplaza, golpea el lateral de la cafetera y Naomi se muerde el labio para contener una risa.
—¿Diriges un fondo internacional y te está venciendo una pieza de plástico?
—Tengo personal especializado trabajando para mí—señalo sin apartar la vista del mecanismo.
—Esta mañana renunciaste a tu asistente. Tendrás que sobrevivir con tus propios recursos.
Vuelvo a intentarlo, pero Naomi pierde la paciencia antes que yo.
—Aparta un poco los dedos —dice mientras coloca una mano sobre la mía.
Cambia el ángulo de la pieza y guía mis dedos hacia la ranura correcta. Debería prestar atención al mecanismo, pero toda mi concentración se desplaza hacia la presión de su palma y el contacto de su cuerpo contra mi costado.
—Tienes que introducir primero esta parte y después girarla —explica, moviendo mi mano con la suya—. Si intentas encajar las dos pestañas a la vez, se bloquea.
Finalmente, la pieza entra en su sitio. Naomi deja de hablar, aunque su mano permanece sobre la mía después de que el mecanismo haya quedado sujeto.
Al girarme hacia ella veo que me está mirando.
Sin tacones, tiene que levantar la cabeza y un mechón oscuro le cruza la frente.
Estamos tan cerca que noto cómo se acelera su respiración.
Podría retirar la mano, pero no lo hago. Después de lo ocurrido esta mañana, no pienso decidir por ella. Así que sea Naomi quien elija cuándo termina el contacto.
Sus dedos se cierran un poco sobre los míos, desciende su mirada hasta mi boca y después vuelve a mirarme a los ojos. Pero justo en ese momento el teléfono suena en el bolsillo de mi abrigo. De repente, Naomi aparta la mano y retrocede medio paso.
Cruzo el salón y saco el teléfono antes de que Miles llame por segunda vez.
—He localizado a Lena Cross —anuncia sin preámbulos—. Vive en Bedford, en el condado de Westchester.
Miro hacia la cocina y veo que Naomi observa cómo acaba de caer el café en la taza, aunque sé que mantiene toda su atención sobre mí.
—¿Has hablado con ella? —pregunto, volviendo junto a la mesa y pongo el manos libres para que Naomi también pueda escuchar lo que me dice mi asistente.
—Primero con su abogado y después con ella —responde Miles—. Los recibirá el miércoles de la semana que viene, a las diez, pero solo hablará si la señorita Rowe está presente.
Naomi deja la taza sobre la encimera y se acerca.
—¿Ha explicado por qué? —pregunto.
—Quiere una periodista delante antes de entregar los documentos. Necesita estos días para revisar lo que conserva y decidir qué está dispuesta a compartir.
Naomi se detiene al otro lado de la mesa y yo le sostengo la mirada mientras indico a Miles que confirme la cita y termino la llamada.
—Voy contigo —dice antes de que guarde el teléfono.
—Eso parece haberlo decidido Lena —respondo mientras recojo la carpeta del sofá—. Iremos con conductor y dos personas de seguridad.
Naomi cruza los brazos.
—No —niega con la cabeza.
—No sabemos qué conserva, quién puede estar vigilándola ni por qué ha impuesto esas condiciones —señalo, introduciendo los documentos en el expediente.
—Ha pedido discreción. Si Hudson Capital aparece ante su casa como una delegación empresarial, no nos abrirá la puerta.
—La seguridad puede mantenerse fuera de su campo de visión.
Naomi se interpone entre la puerta y yo antes de que cierre la carpeta.
—Iremos solos —repite.
No me gusta. La posibilidad de presentarnos sin protección resulta innecesariamente arriesgada, pero Naomi tiene razón, llegar rodeado de empleados daría a Lena una razón para cancelar el encuentro.
Cierro el expediente.
—Conduciré yo —sentencio cerrando el expediente.
—Eso significa que iremos en tu coche —replica Naomi, sacando el teléfono del bolsillo—, no que puedas organizar todo lo demás.
Empieza a escribir mientras yo compruebo que no he dejado ningún documento sobre la mesa.
Unos segundos después, mi teléfono vibra con una notificación y veo que Naomi acaba de compartir conmigo una lista de música titulada Viaje con un dictador corporativo.
Levanto la pantalla para que vea el título.
—Esto es difamatorio.
—Puedes presentar una queja durante el trayecto —responde, guardándose el teléfono.
Abro la lista y paso el dedo por las canciones.
—Hay más de cinco horas de música.
Naomi regresa a la cocina, recupera la taza y prueba por fin el café.
—Es una previsión prudente.
—Bedford está a poco más de una hora de Manhattan —le recuerdo, acercándome a ella.
—Eso es lo que tarda cuando todo sale bien.
La cafetera vuelve a emitir un chasquido detrás de ella. Naomi se gira para mira la máquina y yo miro la pieza que acabamos de colocar, pero ninguno intenta repararla otra vez.
Cinco horas de música para un trayecto que debería durar menos de dos confirman que ya ha previsto retrasos, discusiones y algún problema que todavía no existe. Lo preocupante no es que probablemente tenga razón, sino que empiezo a desear que el viaje dure más de lo necesario.