Capítulo 8 Alistair #2
La lluvia golpea las ventanas con más fuerza. Naomi espera sin llenar el silencio ni ayudarme a construir una respuesta menos incómoda.
—Porque una parte de mí pensó que podía tener razón —reconozco.
Sus dedos se inmovilizan sobre el borde de la mesa.
—¿Por qué?
Vuelvo a abrir el expediente, pero no extraigo ningún otro documento.
—La carpeta contenía datos que Lena no podía haber obtenido con facilidad. Después descubrí una diferencia entre dos anexos de Meridian que debían ser idénticos.
Naomi se acerca un poco más. La mesa queda entre nosotros, aunque la distancia ya no resulta suficiente.
—¿Qué diferencia?
Cierro la carpeta y mantengo una mano sobre la tapa.
—No voy a continuar hasta hablar con ella.
Naomi se recuesta despacio y observo cómo la decepción endurece su expresión antes de que responda.
—Has venido a mi casa para explicarte.
—He explicado quién es y por qué debes tener cuidado —digo, apartando la carpeta de su alcance—. No voy a atribuirle una acusación que quizá ya no mantenga ni a darte conclusiones basadas en documentos sin verificar.
—Sabes más de lo que me estás contando.
—Sí.
La admisión la irrita más que una evasiva. Naomi se pone en pie, coge la taza vacía y rodea la silla que interrumpe el paso hacia la cocina.
—Al menos eres sincero cuando decides ocultar algo —dice mientras deja la taza junto a la cafetera.
—Pensaba que valorabas la precisión.
Naomi abre un armario y empieza a apartar cajas hasta encontrar otro paquete de café.
—La valoro. Eso no significa que no quiera lanzarte la carpeta a la cabeza.
—Agradezco que hayas escogido la taza —respondo, colocando el expediente a mi lado—. La carpeta contiene documentos originales.
Naomi se vuelve hacia mí con el paquete de café en la mano.
Parece a punto de responder, pero cambia de idea y regresa a la cafetera.
Mientras llena el filtro, observo una fotografía colocada entre dos recortes enmarcados.
En ella, Naomi aparece junto a Daniel Rowe frente a un edificio universitario.
Debe de tener unos veinte años. Lleva la toga doblada sobre un brazo y se apoya en su padre mientras los dos ríen.
Parecen muy unidos. Hasta ahora había pensado que Naomi se había alejado de la vida de su padre sin dudarlo, pero la fotografía sugiere que la historia es más complicada.
—No analices mi vida a partir de una fotografía —dice Naomi sin volverse y con la mano detenida sobre el filtro.
—Llevas más de una semana haciendo algo parecido con la mía.
—Yo contrasto la información —replica mientras introduce el filtro en la cafetera y cierra el compartimento.
—Entonces considéralo una observación preliminar.
Naomi sigue la dirección de mi mirada, contempla la fotografía durante un instante y noto cómo se le relajan los hombros.
—Fue el día de mi graduación —explica, rozando el marco con los dedos—. Mi padre estaba más orgulloso que yo.
—Parece que teníais una relación muy cercana.
—Sí, la teníamos.
Naomi retira la mano de la fotografía. Pulsa el interruptor de la cafetera y mantiene presionada una pieza de plástico situada en un lateral. La máquina vibra, pero no empieza a servir el café.
—Conservar esa fotografía no contradice que me marchara del bufete —dice, apretando la pieza con más fuerza—. Querer a mi padre no significa que quisiera convertirme en él ni vivir la vida que había diseñado para mí.
Me levanto del sofá y me acerco a la cocina. La silla que está en medio me obliga a que me desvíe de nuevo.
—No he dicho que lo contradiga.
—Pero has mirado la foto como si hubieras encontrado una prueba —replica, siguiéndome con los ojos mientras me apoyo en el extremo de la encimera.
—He encontrado una parte de la historia que no aparecía en tus respuestas.
Naomi apoya una cadera en el mueble sin retirar el dedo de la cafetera.
—Supongo que esperas que admita que tenías razón esta mañana.
—Terminaste la entrevista treinta y siete minutos antes para evitarlo —le recuerdo, cruzando los brazos.
Su boca se curva antes de que consiga impedirlo.
—Eres insoportable fuera de tu despacho.
Miro hacia el salón y después hacia la mesa inestable.
—La falta de una superficie adecuada está afectando a mi carácter.
Naomi sacude la cabeza y el café comienza a caer con una lentitud poco prometedora.
—Mi padre me enseñó a no aceptar una respuesta solo porque procediera de alguien con autoridad —dice, vigilando el hilo oscuro que cae en la taza—. El problema fue que no le gustó que aplicara la lección con él.
Su tono pierde parte de la ironía. Flexiona el dedo que mantiene la pieza en su sitio, pero no puede soltarla.
—Marcharme no ha eliminado lo que aprendí a su lado —continúa— ni ha conseguido que deje de querer su aprobación.
—Alejarse de alguien no elimina la influencia que conserva sobre nuestras decisiones —respondo.
—No estamos hablando solo de mi padre —dice volviéndose hacia mí.
—No —admito, dejando caer los brazos.
Lena sigue condicionando a quién permito acercarse a determinada información y cuánto tardo en confiar.
Una advertencia suya ha bastado para que abra un expediente que preferiría mantener cerrado.
Mientras, Naomi me observa como si esperara que añadiera algo más, pero en ese momento la cafetera emite un chasquido.
Naomi retira la mano por reflejo y la pieza de plástico cae sobre la encimera después de llenar menos de media taza.
—Perfecto —murmura, recogiendo la pieza—. Esperaba que se rompiera después de hacer el café.
Extiende la mano y la deja sobre mi palma. Examino las dos pestañas de plástico.
—¿Quieres que intente arreglarla?
Naomi arquea una ceja.
—¿Recuerdas que no hace ni diez minutos no te permití estabilizar una mesa con un papel?
—Por eso pregunto —respondo, alzando la pieza entre nosotros.
—Ha intentado suicidarse al verte entrar en la cocina, pero adelante.
Me acerco a la máquina y localizo la ranura de la que se ha desprendido. Naomi se coloca a mi lado para observar lo que hago y su hombro roza mi brazo.
—No va así —advierte cuando acerco la pieza.
—Solo existe una posición posible.