Capítulo 8 Alistair
Naomi:
No voy a volver a Hudson Capital esta tarde.
Si quieres evitar que hable con Lena sin saber a qué me enfrento, v
en a mi apartamento a las siete y cuéntame quién es.
No es una invitación ni una propuesta que admita modificaciones. Después de terminar nuestra entrevista antes de tiempo, ha decidido que la próxima conversación tendrá lugar en el único espacio donde todas las ventajas le pertenecen: su casa. La elección es razonable por su parte, evidentemente.
A las seis y cincuenta y nueve estoy frente a su puerta con una carpeta sobre Lena Cross y el ejemplar de Anatomía de una ciudad que se dejó en mi coche. He dejado al conductor a dos calles de distancia con la orden de que no me espere.
Naomi abre antes de que llame por segunda vez.
Lleva unos pantalones negros holgados, una camiseta gris y calcetines desparejados.
Su pelo está más despeinado que esta mañana y su ropa no establece ninguna distancia entre nosotros, por lo que necesito dos segundos más de lo habitual para recordar la razón de mi visita.
—Has llegado pronto —dice, apoyando una mano en el marco.
—He llegado a la hora acordada —respondo consultando la hora en mi reloj de pulsera.
—Faltan cuarenta segundos.
—No quería arriesgarme a que contactaras con Lena durante ese intervalo.
Naomi mira la carpeta, después el libro y finalmente vuelve a mirarme a mí.
—Entra antes de que tu sentido de la puntualidad asuste a los vecinos.
Cuando entro, observo a mi alrededor y compruebo que el apartamento no se parece a ningún espacio en el que la haya visto.
Fuera de su casa, incluso el desorden que deja a su paso parece pensado.
Aquí los libros forman pilas junto a las paredes, sobre una repisa y alrededor del sofá, como si las estanterías se hubieran negado a acoger más ejemplares hace meses.
La mesa del salón está cubierta de notas, recortes y dos libretas abiertas.
Una taza vacía descansa sobre una caja de mudanza por abrir y la palabra «COCINA» escrita en un lateral.
En las paredes entre fotografías, que supongo que deben ser de su familia, hay artículos enmarcados, acreditaciones antiguas y portadas de investigaciones.
Una silla colocada entre el salón y la cocina obliga a rodearla para pasar.
Identifico siete cambios capaces de mejorar el espacio antes de que Naomi cierre la puerta.
—Ni se te ocurra —advierte.
—No he hecho nada.
—Estás mirando mi casa como si fueras a adquirirla, deshacerte a los muebles y dividirla en activos rentables.
Le entrego el libro, ella lo coge y abre la cubierta. Sus dedos recorren una anotación escrita en el margen de la primera página.
—¿También has leído esta?
—Estaba visible.
—La tapa estaba cerrada.
—No cuando encontré el libro —respondo, encogiéndome de hombros.
Me sostiene la mirada durante un instante y después lo deja sobre una pila encima de una cajonera, que ya se inclina hacia la izquierda, pero resisto el impulso de colocarlo en posición horizontal.
—Siéntate —dice, señalando el sofá—. Tengo café, té y una botella de vino elegida por Dorian, lo cual descarta la botella.
—Café.
—Eso suponía.
Aparto tres libros del sofá después de comprobar que no contienen marcadores y los dejo sobre el suelo. La mesa se mueve cuando apoyo la carpeta y Naomi se apresura a sujetarla con una mano sin interrumpir lo que está haciendo.
—La pata de la derecha es más corta —explica—. Así que mejor que no apoyes demasiado peso en esa esquina.
—Podrías arreglarla.
—También podría aprender italiano y todavía no he encontrado el momento —responde, mientras prepara mi café.
Sobre la encimera hay un recibo doblado. Lo cojo, lo pliego dos veces y me agacho junto a la pata defectuosa.
—¿Qué haces? —pregunta Naomi desde la cocina.
Está frente a la cafetera, pero ha girado el cuerpo hacia mí y sostiene el paquete de café contra el pecho. Me detengo con el papel a cinco centímetros del suelo.
—Evitar que la mesa se mueva —respondo, señalando el desnivel.
Naomi deja el paquete sobre la encimera.
—Llevas menos de tres minutos en mi casa y ya estás intentando corregirla —suelta poniendo los brazos en jarras.
—Has reconocido que existe un problema.
—Sí, pero sigue siendo mi problema —replica, apoyando ambas manos en la encimera—. Que tu solución funcione no significa que puedas modificar mi casa sin preguntarme.
La respuesta reproduce con demasiada precisión la discusión sobre el sándwich que elegí por ella y la escena en la acera, cuando conseguí detener la mano antes de tocarla.
—¿Quieres que lo ponga bajo la pata? —pregunto, manteniendo el recibo doblado entre dos dedos.
Naomi inclina la cabeza. Sus ojos bajan hacia el papel y regresan a mi rostro consciente de que formular la pregunta me ha costado más que doblar el recibo.
—Ahora mismo, no.
Miro la mesa, que vuelve a oscilar cuando retiro la mano.
—Seguirá moviéndose —añado encogiéndome de hombros.
—He convivido con esa incertidumbre durante seis meses —responde mientras recupera el paquete de café.
Dejo el papel doblado sobre la encimera, junto a ella.
—Pero agradezco que hayas preguntado —añade, abriendo el armario situado sobre su cabeza.
—No parece haber mejorado el resultado.
Naomi saca un filtro y cierra la puerta con la cadera.
—Ha mejorado que sigas dentro de mi apartamento.
No puedo discutir la eficiencia de ese argumento y regreso al sofá. Naomi termina de preparar el café y se sienta al otro extremo del sofá después de apartar una libreta y un jersey. Cruza una pierna bajo la otra y señala la carpeta que he dejado sobre la mesa.
—Lena Cross —dice, apoyando un codo en el respaldo—. Empieza.
Abro el expediente por la fotografía corporativa de Lena, tomada siete años atrás, y lo giro para que Naomi pueda verla.
—Fue directora de inversiones estratégicas de Hudson Capital.
Se incorporó cuando la empresa todavía cabía en dos plantas y permaneció seis años —explico mientras deslizo la fotografía hacia ella—.
Era capaz de encontrar el punto débil de una operación antes de que el resto hubiera terminado de celebrar sus beneficios.
Naomi observa la imagen sin necesidad de leer el historial profesional que aparece debajo.
—Confiabas en ella.
No es una pregunta, porque por lo visto ha localizado la información que he evitado incluir en el resumen y mantiene un dedo sobre la fotografía, como si quisiera impedirme retirarla antes de responder.
—Sí —admito, recostándome en el sofá—. Cuestionaba mis decisiones en privado y las defendía fuera de la sala una vez tomadas. Fue una de las pocas personas que tuvo acceso a toda la información.
—Hasta que se la entregó a Marcus Vale —dice, levantando la vista.
Extraigo de la carpeta el informe de la operación y lo dejo sobre la fotografía.
—Hudson Capital preparaba una adquisición confidencial. Lena creía que yo estaba ignorando ciertos riesgos para cerrar el acuerdo antes que Blackwell Pierce. Envió a Marcus nuestra valoración, las condiciones máximas de la oferta y el calendario previsto.
Naomi abre el informe y pasa la primera página.
—¿Qué relación tenía con él?
—Habían trabajado juntos antes de que ella se incorporara a Hudson —respondo, siguiendo el recorrido de sus dedos por el documento—. Según Lena, recurrió a él para que revisara los números y demostrara que yo estaba cometiendo un error.
Naomi detiene la mano sobre una fecha subrayada.
—¿Y según tú?
Me inclino hacia delante y cierro el informe.
—Un directivo que entrega información confidencial a un competidor no puede escoger después el nombre de lo que ha hecho.
Naomi mantiene la mano sobre la cubierta. Esta mañana habría encendido la grabadora y anotado el modo en que he pronunciado la frase. Ahora, en cambio, se limita a estudiarme desde el otro extremo del sofá.
—Blackwell Pierce utilizó los datos para adelantarse, alterar el precio y obligarnos a retirarnos —continúo—. Hudson Capital perdió varios millones y quedó expuesta la estrategia de dos clientes.
—La despediste —concluye, retirando la mano del informe.
—Esa misma tarde —asiento con la cabeza a la vez que hablo.
—¿La escuchaste antes? —pregunta mientras se acomoda contra el respaldo.
Su tono es neutral, pero la forma en que espera la respuesta no lo es. Miro hacia la cocina y veo que el recibo doblado continúa sobre la encimera, en el mismo lugar donde lo he dejado.
—Le permití explicarse —respondo—. No creí su justificación.
Naomi descruza las piernas y se inclina hacia mí.
—No te he preguntado si la creíste.
Sostengo su mirada durante unos segundos.
—La escuché. Después le retiré el acceso y corté cualquier contacto —le aclaro.
—Hasta la boda —dice, dando dos golpes suaves sobre la carpeta con el índice.
Asiento y abro el expediente por la copia del registro del hotel.
—Meses después de su despido, Lena me llamó durante la recepción. Estaba en el hotel y aseguraba tener pruebas de que Marcus manipulaba documentación relacionada con Meridian. Se negó a entrar por el vestíbulo o a enviarla por correo.
Naomi toma el registro y acerca la hoja hacia ella.
—Por eso autorizaste su acceso al pasillo reservado.
—Solicité una credencial temporal para que llegara hasta mí sin cruzar el salón —explico, señalando mi nombre en la autorización—. Por eso figura vinculada a mí.
Sus ojos recorren la hora de entrada y la de salida. Después deja el documento sobre la mesa sin llegar a soltarlo del todo.
—¿Y apareció con la carpeta?
—Me la entregó junto a los ascensores de servicio —respondo, juntando las manos entre las rodillas—. Dijo que Marcus llevaba meses alterando fechas, sustituyendo anexos y utilizando versiones distintas de los mismos informes según quién fuera a leerlos.
—Pero no confiaste en ella.
Naomi suelta por fin la hoja. La certeza de su voz hace innecesaria la pregunta.
—Ya había utilizado una supuesta intención de proteger la empresa para justificar una traición —digo, cerrando el expediente—. No iba a aceptar una segunda advertencia sin comprobarla.
—Sin embargo, aceptaste la carpeta —señala, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.