Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 7 Naomi #2
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Capítulo 7 Naomi #2

Yo le cuento que una fuente que había prometido confesar un fraude acabó intentando venderme suplementos vitamínicos.

—¿Los compraste? —pregunta Alistair.

—Solo para evaluar hasta dónde llegaba la estafa. Me volví veintinueve dólares más pobre.

—Una inversión profesional impecable.

Su risa es breve, pero lo obliga a inclinar la cabeza. Me detengo sin querer. En Hudson Capital, la gente registra cada cambio en su expresión como si pudiera afectar a la bolsa, pero aquí nadie mira, por lo que esa risa es solo mía durante los dos segundos que dura.

Empieza a lloviznar cuando llegamos a la librería. Entro y el olor a libros nuevos y a calefacción me recibe antes que la dependienta. Alistair se sacude unas gotas del abrigo y observa las estanterías que reducen el pasillo al espacio suficiente para una sola persona.

—Tengo que recoger un libro —le explico—. Lo encargué hace varios días, después de dar por perdido mi ejemplar.

La dependienta busca bajo el mostrador y me entrega un ejemplar de Anatomía de una ciudad. Alistair reconoce la cubierta en cuanto lo ve.

—No lo perdiste. Lo dejaste en mi coche.

Lo miro sorprendida.

—¿Lo tienes tú?

—Lo encontré en el suelo del asiento trasero.

—¿Y llevas todo este tiempo sin decírmelo?

—Pensaba devolvértelo personalmente.

—Me ves todos los días.

—Precisamente por eso no había ninguna prisa.

Aprieto el ejemplar nuevo entre las manos.

—El mío está lleno de anotaciones.

—Lo sé.

—¿Has leído mis notas?

—Solo las de las páginas que estaban abiertas.

—Eso cuenta como leerlas.

—Entonces deberías esforzarte por escribir mejor.

La dependienta finge ordenar unos marcapáginas para escucharnos y yo le devuelvo el ejemplar nuevo, porque ya sé que el mío está en manos de él.

Después, mientras Alistair recorre una mesa de novedades, yo compruebo la sección de ensayo. Saco un libro sobre la relación entre poder y responsabilidad y se lo entrego.

—Deberías leer este.

—¿Es una recomendación o una intervención?

—Un servicio público.

Hay tres ediciones. Alistair escoge la encuadernada en tela, con notas del autor y un precio cuatro veces superior al de bolsillo.

—La más cara —señalo—. Qué sorpresa.

—Puedo permitírmela.

—También puedes permitirte dos cafés y has pedido uno.

—El segundo no aportaba ningún beneficio.

Mi teléfono suena antes de que encuentre una respuesta a la altura de lo que ha dicho, pero al ver que es Diana contesto enseguida.

—¿Dónde estás? —pregunta en cuanto descuelgo.

—En una librería.

—Dile que la edición barata tiene la misma información —dice Alistair a mi lado.

Al otro extremo se produce un silencio muy breve.

—¿Estás con Alistair?

—Estamos trabajando.

—¿En una librería? —pregunta mi amiga.

—Forma parte de la entrevista.

Diana se despide con demasiada rapidez, pero menos de un minuto después escucho un pitido de mi teléfono, que me avisa de que acabo de recibir un mensaje en el chat del grupo.

Diana:

Naomi y Alistair están en una cita.

Yo:

Es una entrevista de trabajo

Dorian:

¿Hay comida?

Es el criterio legal para distinguirlas.

Elara:

Nunca he hecho una entrevista paseando por una librería…

Yo:

Por eso no eres periodista.

Elara:

Y tú estás en una cita.

Bloqueo el teléfono y veo que Alistair paga el libro que ha cogido.

—¿Qué han dicho? —pregunta.

—Nada que vaya a mejorar tu opinión sobre ellos.

—Mi opinión sobrevivió a Dorian bailando con un jarrón. Es resistente.

Al salir, la lluvia es más intensa, por lo que nos refugiamos bajo el toldo de la tienda. Alistair sostiene la bolsa de la librería y me mira con atención.

—¿Por qué sigues actuando como si no formaras parte del grupo?

La pregunta llega sin relación con la conversación anterior.

—No actúo así.

—Nunca propones hacer una cena —dice—. No dejas nada en casa de los demás, ni siquiera un abrigo mientras sales a hacer un recado. Nunca pides ayuda y siempre tienes preparada una razón para marcharte antes. Conoces la vida de todos, pero ellos apenas conocen la tuya.

Cada observación que hace es más cierta que la anterior y un escalofrío me recorre la piel.

—Creía que la entrevista era sobre ti.

—Llevas más de una semana entrando en mis reuniones, revisando mis decisiones y haciéndome preguntas que no permitiría a nadie más. Mientras tanto, proteges tu vida detrás de esas mismas preguntas.

—Eso se llama hacer mi trabajo.

—Marcharte antes del postre no forma parte de tu trabajo.

—Tampoco analizar cómo me comporto con mis amigos forma parte del tuyo.

Alistair me sostiene la mirada. No intenta suavizar lo que ha dicho, pero tampoco parece satisfecho por haber encontrado uno de mis puntos débiles.

—No —admite—. Esto no tiene nada que ver con mi trabajo.

No puedo fingir que su interés se debe al reportaje, porque el reportaje es sobre él. Por lo que parece, Alistair quiere conocerme, pero lo peor es que, después de lo bien que lo he pasado a su lado, una parte de mí quiere permitírselo.

Consulto la hora, aunque todavía nos quedan treinta y siete minutos.

—La entrevista ha terminado.

—Naomi...

—Te enviaré las preguntas que faltan.

Salgo del toldo que me resguarda de la lluvia y levanto un brazo para detener un taxi. Alistair no intenta impedir que me marche ni me ofrece su coche. Se queda junto a la librería con la bolsa en una mano, respetando una decisión que probablemente considera equivocada.

No obstante, la distancia que abro entre nosotros ya no sirve para proteger mi independencia. Solo me impide admitir que él tiene razón.

A las cinco y veintitrés, recibo un correo del antiguo responsable de seguridad del hotel donde se celebró la boda de Juliette y Theo.

Llevo desde la semana anterior intentando convencerlo de que revise los registros de acceso de la noche de la boda.

El mensaje contiene una captura incompleta, dos advertencias sobre la confidencialidad de la información y una línea marcada en amarillo.

La autorización temporal que permitió acceder al pasillo reservado figura a nombre de Alistair. Debajo aparece la persona que utilizó la credencial: Lena Cross. Busco el nombre en mis notas, pero no está entre los empleados de Hudson Capital, los invitados de la boda ni el personal del hotel.

Le envío a Alistair una fotografía del registro y escribo únicamente el nombre.

Los dos indicadores azules aparecen un minuto después, pero Alistair no responde.

Pasan tres minutos y después cinco, pero sigue sin decir nada.

Desde que empezó la investigación, nunca ha tardado tanto en contestar una pregunta directa. Por fin llega su mensaje.

Alistair:

No la contactes sin decírmelo.

Leo dos veces su respuesta para asegurarme de captar bien su mensaje. No ha dicho que Lena Cross sea peligrosa. Tampoco que el registro contenga un error o que ella no tenga nada que contar, simplemente ha formulado una orden.

Yo:

Entonces será mejor que empieces a explicarme quién es.