Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 7 Naomi
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Capítulo 7 Naomi

El martes a las nueve de la mañana, cierro la libreta que tengo abierta sobre la mesa de Alistair y le comunico que nuestra siguiente entrevista no se celebrará en Hudson Capital. Él aparta la vista del informe que está leyendo.

—Ah, ¿no? ¿Dónde será?

—Fuera —respondo, fijando la mirada en él.

—Eso es muy poco concreto, porque puede ser en cualquier lugar de los varios millones de kilómetros cuadrados que hay en el planeta Tierra.

—A las doce en la esquina de Hudson con North Moore —respondo mientras me levanto—. Lleva un abrigo cómodo.

—Necesito una dirección exacta, una duración estimada y saber si habrá algún desplazamiento.

—Necesitas estar allí a las doce —digo como única explicación a su frenética necesidad de concreción.

Así que me marcho de su despacho antes de que convierta la entrevista en una reunión preparatoria.

Camino de Tribeca ensayo el argumento principal de nuestra entrevista: no puedo conocerlo si solo lo observo en el edificio donde todos obedecen sus órdenes.

A las doce menos tres, un coche negro se detiene junto a la acera y Alistair baja acompañado por Miles, por supuesto. Lleva un abrigo gris oscuro y una expresión seria. Miles, a su lado, sostiene una carpeta.

—La entrevista no te incluye —le digo a Miles cuando lo tengo frente a mí.

—Eso acabo de descubrir —responde Miles, mirando a Alistair—. Parece que el señor Hudson daba por hecho que podría acompañarlo.

Alistair le dirige una mirada que habría vaciado una sala de reuniones.

—Cancela el coche y vuelve a la oficina —ordena—. Regresaré por mi cuenta.

Miles guarda el teléfono sin ocultar su satisfacción.

—¿A qué hora?

—Dentro de tres horas —respondo antes de que Alistair pueda hacerlo.

Él me observa un instante, pero asiente.

—Dentro de tres horas.

Miles se marcha en el coche con la carpeta.

Yo había preparado una discusión para convencer a Alistair de que se quedara conmigo sin su asistente, pero no ha sido necesaria.

Para mi sorpresa, ha aceptado pasar tres horas sin Miles, sin conductor y sin una agenda detallada con una facilidad que me ha descolocado por completo.

—Pareces decepcionada —dice.

—Esperaba más resistencia por tu parte, la verdad.

—Estoy aprendiendo a no darte siempre lo que esperas —responde con una sonrisa que no entiendo demasiado bien.

Sin embargo, aunque no debería gustarme su respuesta. Me gusta.

La cafetería que he elegido para la entrevista ocupa la planta baja de un edificio de ladrillo. Tiene siete mesas, una barra marcada por años de tazas y platos y una ventana empañada por el vapor de la máquina de café.

Alistair recorre el local con la mirada mientras me sigue hasta una mesa del fondo, pero nadie parece reconocerlo.

Los dos estudiantes que hay sentados a una mesa junto a la ventana continúan concentrados en la pantalla del portátil de uno de ellos y el hombre del periódico ni siquiera aparta la mirada del texto al verlo pasar.

Sin empleados pendientes de cada uno de sus movimientos ni un cargo que obligue a los demás a prestarle atención, aquí Alistair es solo otro cliente que ha venido a tomar café.

—Naomi —me saluda el camarero desde la barra—. ¿Lo de siempre?

—Sí. Y para él...

Miro a Alistair.

—Café solo —dice—. Sin azúcar.

El camarero sonríe y empieza a prepararlo. Alistair se quita los guantes y los deja paralelos junto al borde de la mesa.

—Vienes a menudo —observa.

—Tres o cuatro veces por semana. De hecho, en una de estas mesas escribí aquí la investigación sobre los fondos de pensiones —le cuento mirando a nuestro alrededor.

—Pensaba que siempre trabajabas en la redacción en el periódico.

—Allí todo el mundo cree que una persona con auriculares desea conocer su opinión. Aquí solo me interrumpe el camarero, y lo hace cuando me sirve mi dosis de cafeína.

El camarero deja delante de mí un café con leche y una tostada con queso crema sin que tenga que pedirla. Al verlo, Alistair mira el plato, luego a mí.

—No digas nada —le advierto.

—Solo estaba comprobando que esta vez nadie hubiera elegido por ti qué ibas a desayunar.

Casi se me escapa una sonrisa, pero, por suerte, logro detenerla dando un sorbo de mi taza y acto seguido coloco la grabadora entre los dos.

—¿Cuándo ganaste tu primer millón? —le pregunto a bocajarro.

Alistair no necesita pensarlo para responderme.

—A los veintinueve. Once meses después de fundar Hudson Capital.

—¿Y cuándo dejó de importarte esa cifra?

—A la mañana siguiente —responde con seguridad.

—Parece que tenías ensayada la respuesta —contesto, alzando la mirada de mi libreta.

—No, en absoluto. Creía que ganar mi primer millón cambiaría mi vida, pero al día siguiente todo seguía igual: las mismas reuniones, los mismos problemas y más gente diciéndome qué hacer con el dinero.

—¿Qué compraste para ti con ese dinero?

—Un apartamento.

—Eso es patrimonio.

—También tiene ducha —bromea.

—Una concesión admirable al placer.

Alistair apoya un brazo sobre la mesa, por lo que ahora parece menos rígido sin tener la mesa de su despacho delante, aunque ha elegido la única silla de todo el local desde la que puede vigilar la puerta.

—También me compré un reloj —añade—. Era innecesariamente caro y hacía lo mismo que el que ya tenía.

—Esa sí es una compra de millonario. ¿Todavía lo conservas?

—Está guardado en un cajón. Se atrasaba cuarenta segundos al mes.

—Una catástrofe —ironizo con un resoplido.

—No necesito que te burles de una pérdida tan grave.

Esta vez sonrío antes de poder impedirlo y observo cómo Alistair baja la mirada hacia mi boca durante un instante. En ese momento, bajo la mirada y consulto mis notas para recuperar el hilo.

—¿A quién querías impresionar? —pregunto alzando una ceja, tratando de volver a meterme en mi papel.

—A mi primer jefe, el mismo que me dijo que confundía ambición con talento.

—¿Conseguiste que cambiara de opinión?

—Me encargó mi primer cliente importante porque no tenía otra opción. Hice bien el trabajo, pero nunca reconoció que me había subestimado.

—Eso debió de irritarte.

—Mucho. Fue una buena preparación para conocerte.

Lo miro por encima de la taza. Sigue serio, aunque en sus ojos asoma una chispa de diversión. Cuando deja de intentar controlar la conversación, Alistair puede ser muy gracioso. Sin embargo, descubrir que me divierte no me conviene en absoluto.

—¿Qué habrías hecho si Hudson Capital hubiera fracasado?

La leve diversión desaparece de repente, da un sorbo a su café y observa la calle a través del cristal.

—Habría fundado otra empresa —sentencia.

—Eso no responde a la pregunta.

—Responde con bastante precisión —insiste.

—Te he preguntado qué habrías hecho, no cómo habrías intentado repetir lo mismo. Tu identidad parece depender de ser útil, poderoso o necesario para alguien.

Deja la taza sin hacer ruido sobre el plato.

—¿Y qué quedaría de ti si mañana dejaras de ser periodista?

La pregunta me atraviesa antes de que pueda protegerme con otra. Podría hablar de mi carrera de Derecho, de mis amigos o de los libros. Sin embargo, ninguna respuesta explica quién sería si dejara de ser periodista.

—No lo sé —admito.

Alistair no sonríe ni utiliza la concesión para ganar terreno.

—Yo tampoco —dice.

Apago la grabadora. No porque la entrevista haya terminado, sino porque durante unos minutos ninguno de los dos ha hablado para el artículo.

Cuando salimos de la cafetería, el cielo tiene el color gris claro que anuncia lluvia, aunque parece que no acaba de decidirse a cumplir la amenaza. Así que me ajusto el cuello del abrigo y empiezo a caminar hacia el norte y Alistair se coloca a mi lado.

—¿Adónde vamos ahora?

—A continuar la entrevista —respondo sin girarme para mirarle.

—No puedo consultar la documentación mientras camino.

—Esa es la idea. Quiero ver cómo reaccionas cuando no puedes apoyarte en una mesa, una agenda o doce personas que toman notas por ti.

—Miles no toma notas por mí.

—Claro. Solo recuerda todo, se anticipa lo que necesitas y elimina a cualquiera que pueda hacerte perder siete minutos de tu preciado tiempo.

—Una vez permitió que una reunión se alargara nueve.

—¿Sigue trabajando para ti? —me giro para mirarle alzando las cejas.

—Después de una evaluación rigurosa.

—Acabas de hacer un chiste —le advierto al ver que está completamente serio.

—No consta en la grabación, porque no lo estás grabando, así que te será difícil demostrarlo.

La acera está llena de repartidores, turistas y personas que han decidido que un paraguas abierto puede utilizarse como arma, por lo que tengo que acercarme a Alistair para dejar pasar a una mujer con un cochecito. Él reduce el paso sin intentar adelantarse ni escoger la ruta.

Un hombre sale de un portal mirando el teléfono, con un vaso de café inclinado en una mano.

Alistair apoya la palma en la zona baja de mi espalda y me acerca un poco hacia él.

El hombre pasa rozándome el brazo y sigue caminando sin levantar la vista.

No obstante, la mano de Alistair permanece sobre mí hasta que cruzamos la calle.

La noto a través de la lana como si no existiera nada entre su piel y la mía.

Podría apartarme, pero adapto el paso al suyo hasta alcanzar la otra acera, entonces me separo.

—No necesitaba que decidieras por dónde debía caminar.

Alistair retira la mano y señala al hombre que se aleja.

—No he decidido adónde ibas. He evitado que un desconocido derramara su café sobre ti.

—Podría haberlo esquivado.

—Sin duda. También podrías haber pasado el resto de la entrevista oliendo a avellana.

Miro el vaso del hombre, que aún está cerca de nosotros y en el lateral se lee «sirope de avellana».

—¿Te has fijado en el sabor del café?

—Evalúo las amenazas antes de intervenir.

La diferencia es pequeña, pero suficiente.

Alistair no me ha apartado porque creyera saber adónde debía ir, sino para evitar un choque que yo no había visto.

En cuanto cruzamos la calle, retira la mano.

Seguimos andando y la conversación se vuelve más trivial.

Le pregunto cuál ha sido su peor reunión y me habla de un consejero que dedicó cuarenta minutos a una presentación en la que no aparecía una sola cifra.