Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 6 Alistair #2
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Capítulo 6 Alistair #2

—Entonces intentas proteger a los demás sin preguntarles si quieren que lo hagas —dice Naomi.

No parece enfadada, solo acaba de comprender algo sobre mí.

—En Hudson Capital, esa forma de actuar suele funcionar —respondo.

—Pero yo no soy una de tus empresas —replica Naomi.

—Lo sé —admito—. Estoy empezando a entenderlo.

Naomi sostiene mi mirada y aunque ninguno de los dos nos hemos movido, el sofá parece más pequeño que hace un rato.

Justo en ese momento, Miles entra, avanza dos pasos y se detiene. Su mirada registra a Naomi descalza, con los pies recogidos bajo las piernas; las cajas de comida abiertas sobre la mesa; mi chaqueta colgada en una silla, y la corbata que me he aflojado sin darme cuenta.

—He olvidado unos documentos —dice.

Retrocede con una discreción que constituye un comentario completo.

—Hay comida —le ofrece Naomi, señalando una caja todavía cerrada—. Hemos pedido demasiado.

Miles me mira antes de aceptar, lo que demuestra que conoce perfectamente el efecto de su decisión.

—Gracias. No he cenado.

Toma la caja y un tenedor de plástico. Naomi contempla el utensilio y después los cubiertos que he llevado.

—¿Alistair siempre necesita vajilla para comer comida a domicilio?

—El señor Hudson jamás come de una caja.

—Estoy aquí, ¿eh? —les recuerdo.

—¿Existe un protocolo específico? —pregunta Naomi—. ¿O basta con trasladar cada fideo a una superficie aprobada?

Miles se sienta en la butaca frente al sofá y señala un armario.

—Ahí guardamos vajilla de cartón para cuando alguien tiene que cenar en la oficina —le explica a Naomi.

—Voy a llenarte de reuniones el lunes —le advierto.

—Eso solo demostraría que Naomi tiene razón: usted necesita controlarlo todo, señor Hudson —responde Miles.

—Y que me llames «señor Hudson» mientras te comes mi cena demuestra que estás disfrutando demasiado.

—Muchísimo —admite.

Miles se queda apenas seis minutos. En ese tiempo se come la mitad de la cena y consigue que Naomi le cuente lo ocurrido, por lo que tengo claro que mañana mismo todo el grupo conocerá la historia. Después recoge la carpeta y se despide de ella con una cordialidad que no tiene conmigo.

Cuando la puerta se cierra, la situación ha cambiado.

Miles ha convertido la cena en algo visible desde fuera: las cajas abiertas, los zapatos de Naomi y mi chaqueta apartada componen una escena que no admite una explicación profesional.

Ella también lo percibe y se calza sin hacer ninguna observación y empieza a cerrar los recipientes.

A las nueve y doce, la lluvia cae con suficiente intensidad para borrar los edificios del otro lado de la avenida. Le ofrezco llevarla a casa y espero su respuesta sin añadir que es tarde, que el metro estará lleno o que mi coche ya está en el garaje.

—Acepto con una condición —me responde observando el agua que recorre los cristales-

—No esperaba menos…

—Nada de chófer. Conduces tú.

—¿Existe algún motivo para que prefieras poner tu vida en mis manos?

—Quiero comprobar si eres capaz de hacer algo sin que Miles lo haya organizado antes.

No le explico que conduzco con frecuencia. Así que bajo al garaje, abro el coche y espero a que se acomode antes de cerrar su puerta. Naomi deja el bolso a sus pies y durante las primeras manzanas, observa el salpicadero con una desaprobación creciente.

—¿No escuchas música?

—No cuando conduzco.

—Eso explica muchas cosas —resopla negando con la cabeza.

Antes de que pueda preguntar cuáles, conecta su teléfono al sistema del coche y empieza a sonar una canción de jazz, que deja paso a otra de rock y después a una canción pop cuyo ritmo parece diseñado para impedir cualquier pensamiento ordenado.

—Tu selección carece de un criterio reconocible —suelto después de escuchar la nueva canción que ha empezado a sonar.

—Se llama reproducción aleatoria —me aclara.

—Se llama falta de supervisión.

—Puedes desconectarla si quieres, ¿eh?

No lo hago y Naomi sube un poco el volumen apoyando la cabeza contra el asiento, satisfecha con una victoria que no necesito disputarle.

Hablamos del café de la esquina que ha cerrado, de un cartel con una errata y de si las luces navideñas instaladas en octubre constituyen una previsión o una amenaza. A pesar de que nada sirve para el reportaje, quiero recordar cada una de sus respuestas… No sé por qué.

Cuando aparco frente a su edificio, la lluvia se ha reducido a una cortina fina. Naomi abre la puerta, pero yo bajo antes de que pueda impedírmelo y la acompaño hasta el portal bajo el paraguas que guardo en el maletero y que me he apresurado a coger.

—Soy capaz de recorrer sola estos metros —dice, aunque se acerca lo suficiente para evitar que el agua le moje el hombro.

—Acompañarte no significa creer que no puedas hacerlo.

Naomi se detiene con la llave en la mano. Reconoce la diferencia y también que esta vez he esperado a que aceptara el trayecto antes de intentar resolverlo por ella.

—La cena ha sido casi agradable —dice.

—Eso parece decepcionarte.

—No, pero me obliga a revisar una hipótesis —resopla.

—¿Cuál? —pregunto arrugando el entrecejo.

—Que eres insoportable en todas las circunstancias.

Abre la puerta antes de que pueda responder y durante un instante permanece bajo la luz del vestíbulo, con el pelo húmedo en las puntas por la lluvia y una sonrisa que no intenta esconder.

En este instante, soy plenamente consciente de que quiero besarla, pero también tengo claro que dar un paso ahora convertiría una noche que ella ha elegido en otra decisión tomada por mí.

Así que Naomi entra y la puerta se cierra entre nosotros.

De vuelta en el coche, descubro un libro en el asiento del acompañante.

El lomo está doblado y varias páginas sobresalen bajo papeles utilizados como marcadores.

Podría enviárselo mañana o pedirle a Miles que se lo devolviera el lunes.

En cambio, lo dejo donde está. Me gusta tener una razón para volver a verla que no figure en ningún acuerdo y me doy cuenta por primera vez, la fecha en que terminará su acceso a Hudson Capital no me parece una solución sino una amenaza.