Capítulo 6 Alistair
Naomi tarda cuarenta y tres segundos en rechazar los tres restaurantes que propongo.
El primero le parece demasiado formal; el segundo, diseñado para impresionar a un inversor, y el tercero exige una reserva que, según ella, contradice el propósito de pedir comida a un despacho un sábado.
—Podrían enviar la cena en menos de media hora —señalo, todavía con el teléfono en la mano.
—También podrían enviarla sobre una bandeja de plata y conseguirías convertir la cena en otra reunión de trabajo. —Me quita el teléfono antes de que confirme nada—. He dicho que elijo yo.
Abre una aplicación y busca un restaurante tailandés del que no he oído hablar.
—Tiene una valoración de cuatro estrellas y media sobre cinco —dice al advertir mi expresión.
—También tiene una reseña que elogia la resistencia de las bolsas.
—Eso demuestra que sus clientes saben valorar la logística.
Pide sin consultarme y añade un plato después de evaluar mi capacidad para tolerar las especias. Cuando termina, le acerco la carpeta abierta.
—Mientras esperamos, podríamos revisar los accesos posteriores a las once.
Naomi apoya la palma sobre la tapa y la cierra.
—Nueva condición: si la invitación no es profesional, no puedes utilizar la cena para dirigir mi investigación.
—Estamos en mi despacho, rodeados de documentos y dentro de Hudson Capital.
—Fuiste tú quien aclaró que no me pedías que me quedara por trabajo. —Desliza la carpeta fuera de mi alcance—. No puedes convertirlo ahora en una reunión solo porque no sabes qué hacer cuando no hay un plan que seguir.
La precisión resulta irritante porque reproduce mi argumento con exactitud.
—Una hora —concedo—. Sin Meridian ni el artículo.
—Y sin preguntas disfrazadas de conversación casual.
—Eso elimina la mitad de tu repertorio —le advierto.
—Entonces tendrás que encargarte de la otra mitad.
Guarda mi carpeta en el archivador sin pedirme permiso y comprendo que acabo de aceptar una hora sin documentos que revisar ni decisiones que tomar. Una hora en la que tendré que estar con ella sin poder esconderme detrás del trabajo.
La comida llega veintisiete minutos después. Intento trasladarla a la mesa de reuniones, pero Naomi se apropia de las bolsas y las lleva hasta la mesa baja.
—Ahí no hay espacio suficiente —digo, observando todo lo que ocupa la mesa.
—Lo habrá cuando retires el trabajo.
Aparto los documentos y llevo dos platos, cubiertos y servilletas de papel. Cuando regreso, Naomi ya ha abierto las cajas y está sentada en el sofá, con una pierna doblada y unos palillos en la mano.
—¿Qué haces con eso? —pregunta al verme colocar los platos.
—Preparar la cena.
—La cena ya viene preparada. Es la cualidad principal de la comida a domicilio.
—Las cajas no son vajilla.
Naomi contempla la que sostiene sobre las rodillas.
—No parece afectada por la noticia.
Me siento en el extremo libre del sofá y me sirvo una porción de fideos. Ella observa mi gesto como si acabara de encontrar una cifra sospechosa.
—Has conseguido ensuciar un plato sin mejorar la comida —dictamina.
—He reducido la probabilidad de derramar salsa sobre el sofá.
—Creía que te gustaban los riesgos calculados.
—Ese cálculo no incluye permitirte comer sobre una tela que no admite una limpieza convencional.
Naomi toma otro bocado directamente de su caja, mientras yo doy un primer bocado que me sabe a albahaca, carne y una cantidad de chile incompatible con cualquier escala razonable.
Trago sin modificar la expresión y bebo agua.
Justo después, doy otro bocado, confirmo que el primero no era una anomalía y vuelvo a beber.
—¿Está bueno? —pregunta.
—Aceptable.
—Llevas medio vaso de agua con dos bocados.
—Tenía sed.
—Claro —me responde alzando una ceja.
Su mirada baja hacia mi plato y pruebo un tercer bocado porque abandonar ahora convertiría la cena en una derrota.
El picante alcanza un punto detrás de mis ojos que no sabía susceptible de arder.
En ese momento, Naomi deja su caja en la mesa, toma mi plato y coloca en su lugar el pad thai que estaba comiendo.
—Eso era mío —protesto.
—He observado una necesidad y la he resuelto.
—Sin preguntarme.
—Puedes elegir no comértelo.
Utiliza mis propias palabras con una serenidad impecable. Así que me conformo con mirar los fideos sin chile que ha dejado delante de mí y después su expresión. Está esperando que discuta, pero la diversión le ha suavizado la boca.
—Has pedido ese plato sabiendo que sería demasiado picante.
—He pedido un nivel medio. No sabía que tu tolerancia también estaba sometida a un consejo de administración.
—No era demasiado picante.
—Perfecto. Te lo devolveré.
Acerca la mano al plato, pero lo aparto antes de que pueda alcanzarlo.
—Cambiar dos veces sería ineficiente.
Naomi se ríe con una carcajada y come mi plato sin dificultad aparente mientras yo renuncio a los cubiertos y sujeto la caja que me ha entregado.
Durante la cena, no intenta sonsacarme nada ni convertir mis reacciones en material para el reportaje.
Así que, por lo visto, así vive cuando no está trabajando: improvisa y no corrige cada gesto para ofrecer una versión más conveniente de sí misma.
He conocido a demasiadas personas capaces de construir una personalidad adecuada para cada situación. Sin embargo, la naturalidad de Naomi me atrae más de lo que debería precisamente porque no parece destinada a gustarme.
Durante unos minutos solo se oyen el roce de los palillos y la lluvia contra los cristales.
En una negociación, el silencio siempre tiene una función: incomoda, presiona o fuerza una respuesta.
Este, en cambio, no persigue ningún resultado.
Sé dirigir negociaciones y cerrar discusiones, pero no sé cómo conversar con Naomi cuando ninguno de los dos intenta obtener algo del otro.
—¿Qué haces los sábados cuando no trabajas? —me pregunta tras terminar un rollito.
—Reviso los informes de cierre semanal.
—Eso es trabajar —concluye encogiéndose de hombros.
—Viajo con frecuencia —trato de justificarme alzando una ceja.
—¿Por placer?
—La última vez fui a Londres para reunirme con dos inversores.
—Eso también es trabajar.
Pienso en una respuesta que supere sus condiciones y descubro que llevo demasiado tiempo sin necesitarla.
—No suelo diferenciar los fines de semana.
—Eso no es eficiencia. Es una vida diseñada para evitar cualquier momento en el que puedas descubrir que estás solo.
El comentario debería molestarme. En cambio, encuentro demasiados argumentos a su favor y ninguno que quiera compartir, así que dejo la caja sobre la mesa y recojo una gota de salsa con la servilleta.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Cómo evitas descubrirlo?
Naomi acepta mi pregunta sin señalar que es una maniobra defensiva por mi parte.
—Camino por Manhattan sin escoger el destino, leo en cafeterías y voy a exposiciones que Diana abandona si no entiende por qué algo cuesta más que su apartamento.
—Una valoración sensata.
—También visito a Diana, aunque no haya una exposición que criticar. —Gira los palillos entre los dedos—. Los sábados solía cenar con mi padre, pero desde que murió, procuro mantenerme ocupada a esa hora para no pensar demasiado en ello.
La mención de Daniel abre una puerta que cinco días atrás habría intentado cruzar de inmediato. Esta noche no pregunto. Si Naomi decide contarme algo, tendrá que ser porque quiere hacerlo.
—Mi padre siempre dio por hecho que acabaría trabajando en el bufete —explica—. Nunca me lo exigió, aunque ni siquiera le hizo falta. Hablaba de mi carrera en el periodismo como si fuera algo que tenía que probar antes de ocupar el puesto que había reservado para mí.
—¿Por eso estudiaste Derecho?
—En parte. Durante mucho tiempo pensé que, si seguía sus pasos, conseguiría que se fijara en mí. —Deja los palillos y dobla una esquina de la servilleta—. Cuando le dije que quería dedicarme al periodismo, no se enfadó, solo se limitó a esperar que se me pasara.
En su voz, el afecto aparece mezclado con una decepción demasiado antigua como para separarlos.
—Después de su muerte renunciaste a tu participación en Hammond se archivaban para utilizarlos después.
Pedir ayuda significaba reconocer una deuda y necesitar a alguien consistía en entregarle un arma con la que poder atacarte después.
Así que aprendí a anticiparme porque no confiaba en que nadie fuera a protegerme de las consecuencias.