Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 5 Naomi #2
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Capítulo 5 Naomi #2

No le respondo. Fuera del despacho, uno de los ascensores emite un sonido y vuelve a cerrarse sin que nadie aparezca. El edificio está tan vacío que no tengo otra conversación en la que esconderme.

—¿No te preocupa haber elegido a alguien que puede responsabilizarte? —pregunto.

Alistair mira las páginas marcadas sobre la mesa.

—Me preocupa más que alguien pueda mentir sobre mí y que ninguna persona creíble esté dispuesta a comprobarlo.

Es decir que no me escogió porque creyera que podía manejarme, sino porque sabía que no podría hacerlo.

La diferencia no elimina el riesgo del encargo ni convierte sus silencios en honestidad.

Sin embargo, modifica la pregunta que llevo haciéndome desde el lunes.

Quizá no sea qué estrategia ha diseñado para utilizarme, sino qué verdad necesita que encuentre alguien a quien no puede controlar.

—Ven —dice.

—Eso ha sonado otra vez a una orden.

—Puedes quedarte ahí y desconfiar a distancia.

Lo sigo hasta su escritorio y veo que abre una aplicación que no había visto durante la semana. Introduce dos contraseñas, utiliza una llave de seguridad y accede a un archivo restringido. En la pantalla aparece el registro de accesos del hotel la noche de la boda.

—Querías saber qué hacía en el pasillo reservado, ¿no?

Mi atención se fija en una línea marcada a las diez y cuarenta y tres. Su nombre aparece junto a una puerta de servicio situada cerca del salón privado.

—Estuviste allí.

—Sí.

—La fotografía ya lo demostraba.

—El registro demuestra que no fue una casualidad.

Desplaza el documento y compruebo que hay otro acceso realizado cuatro minutos antes con una acreditación temporal.

«Lena Cross».

—¿Quién es?

Alistair no responde de inmediato. Apoya una mano junto al teclado y mantiene la otra cerrada sobre la llave de seguridad.

—La persona que me entregó la carpeta.

—¿Qué contenía? —le pregunto con los ojos muy abiertos.

—Documentación relacionada con Meridian.

—Eso abarca desde un contrato hasta una tarjeta de visita.

—Lo sé.

—¿Trabajaba para Hudson Capital? ¿Para Theo? ¿Por qué acudió a la boda con esa documentación?

Alistair retira la llave del ordenador.

—Hoy no voy a responderte a eso.

—Entonces ¿por qué enseñarme el registro?

—Porque has dicho que continuar exige transparencia y no pretendo cerrar esta parte de la investigación.

—La transparencia no consiste en escoger tres hechos, mostrármelos y decidir que el resto puede esperar.

—Tampoco se concede acceso absoluto a alguien después de solo cinco días.

—No te estoy pidiendo acceso a ti, sino a lo ocurrido.

—En este caso son la misma cosa.

La respuesta no suena a una maniobra empresarial. Su mano continúa alrededor de la llave con tanta fuerza que los nudillos han perdido color. Lena Cross no es solo un nombre en un registro y la carpeta no constituye únicamente una prueba. Hay algo personal en la parte que sigue ocultando.

—¿Por qué no informaste a Hammond & Rowe? —pregunto.

Alistair cierra el archivo.

—Porque tomé una decisión que aún no puedo explicarte sin involucrar a otra persona.

—Una decisión que pudo afectar a todos.

—Sí.

No intenta suavizarlo. Tampoco me pide que lo comprenda.

—La confianza no funciona mediante entregas parciales —le advierto.

—No. Funciona comprobando qué hace la otra persona con cada parte antes de entregarle la siguiente.

—Eso es una auditoría.

—Es la única forma de confianza que conozco.

Nos miramos y comprendo que ya no discutimos solo como periodista y empresario. Los dos estamos decidiendo si podemos bajar la guardia sin que el otro utilice en nuestra contra lo que descubra.

No resolvemos nada. Por primera vez, tampoco siento que uno de los dos haya perdido.

Pasamos el resto de la tarde comparando el registro con la cronología de la boda. A las siete y veinte, las ventanas reflejan un despacho vacío salvo por nosotros. Mi abrigo sigue sobre el sofá y hay tres vasos de café en la mesa. Alistair no ha movido ninguno.

—La jornada de acceso terminó hace horas. Podemos continuar el lunes —le digo cerrando mi libreta.

—Podemos —asiente con la cabeza y guarda el registro en el archivo restringido y apaga la pantalla—. ¿Quieres que pida algo para cenar?

Miro el reloj, después los documentos ya cerrados.

—Acabo de decir que podemos seguir el lunes.

Alistair me observa durante unos segundos.

—No te he preguntado si quieres seguir trabajando.

La propuesta queda entre los dos sin una etiqueta útil.

No es exactamente una cita, pero ya no puede disfrazarse de reunión.

Si acepto, no podré justificar que me quedo por una pregunta pendiente: acaba de confirmar que continúa ocultándome información y cualquier relación personal complicará un reportaje que ya está bajo sospecha.

Debería recoger el abrigo, pero en lugar de eso, lo dejo donde está.

—Elijo yo la comida.

—Acepto esa condición —asiente con la cabeza.

Mientras guarda las carpetas, comprendo que es la primera vez que decido quedarme con él sin necesitar una respuesta y eso puede resultar mucho más peligroso que cualquier cosa escondida en la misteriosa carpeta que aparece en las fotos de la boda de Juliette y Theo.