Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 4 Alistair
17%

Capítulo 4 Alistair

El sofá sigue vacío a las cuatro y siete de la tarde.

Naomi está en Chelsea, entrevistando a un antiguo empleado de Meridian que no quiere acercarse a Hudson Capital.

Su ausencia me permite terminar dos llamadas sin que nadie anote mis silencios y entrar en mi despacho sin encontrar su abrigo ocupando mi sofá.

Esto debería parecerme lo ideal. Sin embargo, ya he mirado hacia allí cuatro veces.

Naomi no ha dejado ningún vaso de café encima de mi mesa, ninguna libreta ni el cargador conectado al enchufe.

El despacho ha recuperado el orden del lunes, pero ahora parece menos cómodo que entonces.

Abro el chat del grupo y veo que Juliette ha recordado la hora de la cena. Dorian ha prometido llevar una tarta y Elsie ha aclarado que eso significa que la comprará de camino. Naomi no ha contestado.

—¿Contando asistentes? —pregunta Miles que ha llegado hasta mi lado sin darme cuenta.

Bloqueo el teléfono.

—Es razonable saber cuántas personas acudirán.

—La cena es en casa de Juliette y Theo. Usted no es el anfitrión y nadie le ha pedido que organice a los invitados.

Miles me deja una carpeta sobre la mesa.

—Me dijo que Devon confirmó ayer, que Brock ha enviado seis mensajes y que Elsie llevaría al bebé. Pero ninguno de esos mensajes le ha interesado hasta que alguien ha preguntado si Naomi Rowe había contestado.

—Necesito anticipar posibles conversaciones sobre el reportaje —trato de justificarme.

—Claro.

Mira el sofá vacío.

—¿También necesita anticipar dónde dejará el abrigo?

No le respondo, aunque sé que mi silencio para Miles será una victoria y sale antes de que pueda corregirlo.

Retraso mi hora de salida once minutos. Así llegaré después del inicio de la cena y evitaré ser el primero.

Cuando entro en el apartamento de Juliette y Theo, la cena ha empezado hace seis minutos y Naomi no está allí.

Juliette ha desplazado los muebles del salón para acomodar una mesa demasiado larga.

Max abre una botella de vino en la cocina, Brock discute con Devon sobre si una silla soportará el peso de Dorian y Elsie intenta colocarle un babero al bebé mientras Dorian dice una tontería que no llego a escuchar sobre el estampado de la ropa del crío.

Me siento en un extremo desde el que puedo ver la entrada sin girar la cabeza.

Durante los siguientes veinte minutos, el ascensor se detiene dos veces en la planta, pero ninguna se dirige al piso de Juliette y Theo.

Cuando por fin suena el timbre, Naomi entra después de que Juliette le abra la puerta y lo hace con una botella de vino y el cabello suelto.

Lleva vaqueros oscuros, botas y un jersey verde bastante menos conveniente para mi concentración que su ropa profesional.

La versión que trabaja en mi despacho utiliza cada prenda como una frontera.

Esta, en cambio, ha dejado parte de las defensas en casa.

La observo durante dos segundos, pero al tercero, ella me descubre.

—Has venido —digo cuando nuestras miradas se encuentran.

—Tu capacidad deductiva mejora fuera del horario laboral, ¿eh?

Dorian le va a coger la botella, pero Juliette se la quita a Naomi antes de que pueda alcanzarla.

—La última vez que te dejamos abrir una encontramos el corcho en la lámpara —le recuerda.

—Eso demuestra la potencia de mi técnica —replica Dorian guiñándole un ojo.

—Demuestra que no volverás a tocar un sacacorchos en mi casa —le responde Juliette.

Naomi deja el abrigo, saluda al grupo y se instala junto a Diana en el sofá. Dorian arrastra una silla desde la mesa auxiliar y la coloca a mi lado.

—Investigación práctica —explica—. La proximidad mejora la calidad de los datos.

—¿Desde cuándo sabes algo sobre calidad? —pregunta Elsie.

—Desde que empecé a producir herederos.

El bebé protesta desde sus brazos con un ruido que parece una objeción y Naomi mira la silla, después a mí y finalmente a Dorian.

—Si el experimento fracasa, lo incluiré en las conclusiones.

Se sienta a mi lado y durante la primera media hora la observo comportarse como no lo hace en Hudson Capital.

Se ríe con Elara. Cuando Elsie necesita servir un plato, Naomi le pregunta si quiere que coja al bebé y espera la respuesta antes de extender las manos.

Después, lo sostiene sin llamar la atención, aunque el niño le agarra el pelo.

También habla con Max sobre Daniel Rowe, aunque no escucho toda la conversación, pero sí el momento en que Max recuerda que Daniel corregía con tinta verde, porque consideraba el rojo demasiado dramático.

—Mi padre podía destruir un escrito con cualquier color —responde Naomi—. El verde solo le permitía fingir que estaba ayudando.

Lo dice sin la rigidez que apareció en su gesto cuando le pregunté por qué abandonó el bufete. Con Max comparte un recuerdo, en cambio conmigo protege una herida. Aunque sé que no tengo derecho a exigir otra cosa.

Después discute con Devon sobre los objetos abandonados tras la boda. Él cita la cláusula de custodia del contrato; Naomi señala que solo se refiere a bienes entregados voluntariamente y consigue que solicite el documento.

Brock aprovecha la distracción.

—¿Qué has descubierto sobre Alistair?

—Que sabe permanecer sentado durante una conversación que no controla.

—Eso ya lo sabíamos —le responde Brock entre risas.

—Entonces mi investigación acaba de ahorrarle una filtración.

Brock tarda demasiado en decidir si lo ha insultado. Amara le da una palmadita en la mano y Naomi oculta una sonrisa en su copa.

Sin duda, Naomi ya forma parte del grupo. Conoce el ritmo de sus discusiones y acepta al bebé sin convertirlo en una prueba de afecto.

Dorian espera hasta que han servido el segundo plato para iniciar el interrogatorio.

—Naomi lleva una semana siguiendo a Alistair —dice, aunque solo han pasado cuatro días—. Exijo resultados preliminares.

—Ha descubierto que ordena los bolígrafos por color —aventura Elara.

—Por grosor —corrige Naomi—. El color es secundario.

—Una clasificación por grosor evita confundir las puntas —explico cuando todos me miran.

—Yo creo que duerme con traje —dice Brock.

—Naomi no revelará información profesional —interviene Amara—. Podríais sobornarla con doble ración de postre y seguiría sin hacerlo.

—Podríamos terminar la conversación ahora —propone Devon.

Nadie le presta atención.

Elsie me observa mientras mece al bebé contra su pecho.

—Solo quiero saber una cosa. ¿Ha sonreído alguna vez delante de ti?

—Una vez —responde Naomi.

—Falso —digo.

—Se te movió la boca —me recuerda Naomi.

—Eso no es una sonrisa.

—Había cierta intención —insiste.

—Estás interpretando los hechos para favorecer tu teoría.

—¿Ahora entiendes por qué necesito un mes? —pregunta Naomi mirando a Elsie.

Las risas recorren la mesa.

—Entonces, ¿cuál es el diagnóstico? —insiste Dorian.

Naomi deja la copa junto a su plato.

—Es menos previsible de lo que esperaba y mucho más irritante.

—Y tú eres tan problemática como había calculado —le contesto.

—«Problemática» es una palabra generosa para decir que te obligo a responder preguntas.

—No he dicho que fueras generosa sino precisa.

—Si él no aprecia su talento, yo podría ofrecerte condiciones mejores —le dice Dorian inclinándose hacia Naomi con una sonrisa exagerada.

Naomi apoya la barbilla sobre una mano.

—¿Acceso sin restricciones?

—A todos mis secretos.

—No serán muchos —interrumpo—. Ha venido acompañado de su pareja y de un hijo.

El silencio dura el tiempo exacto que necesita toda la mesa para mirarme, justo después, Elsie alza su copa hacia mí.

—Gracias. Llevo meses intentando que recuerde ambas cosas.

—Los recuerdo —protesta Dorian—. Solo colaboraba con el periodismo independiente.

Naomi gira la cabeza hacia mí y la diversión le ilumina los ojos.

—¿Le preocupa la competencia, señor Hudson?

—Para que existiera competencia tendría que considerar válida la oferta.

—No la has hecho.

—Porque no necesito mejorar las condiciones.

—Ha sonado a que los dos olvidáis que estamos cenando —interviene Devon.

—Yo no he olvidado nada —asegura Dorian—. De hecho, estoy disfrutando muchísimo.

Naomi bebe sin apartar la mirada de mí. Ha detectado mi intervención y ha decidido utilizarla, aunque eso no me molesta.

Después de cenar, Juliette desaparece por el pasillo y regresa con una caja de cartón. Una esquina está ablandada por la humedad y sobre la tapa alguien ha escrito «BODA» con rotulador negro.

—El trastero —anuncia al dejarla sobre la mesa baja—. Llevo desde que volvimos de viaje de novios evitando abrirlo.

Theo se sienta en el brazo del sofá y le roza la espalda con una mano.

—No tenías que hacerlo hoy.

—Sí. Cada vez que veía esta caja recordaba que quería una boda perfecta y provoqué una cadena de desastres.

—Técnicamente, nosotros sí nos casamos con la persona correcta —señala Theo.

Las protestas llegan desde varios puntos del salón.

—El listón estaba bajo —dice Max.

—Algunos ni siquiera recordamos todas nuestras decisiones —añade Elara.

—Yo las recuerdo —afirma Devon.

—Ese es tu castigo —le responde ella.

Juliette abre la caja, donde el personal del hotel y la organizadora guardaron juntos lo que apareció después de la fiesta. Hay tarjetas tachadas, un pendiente que Elara reconoce como suyo y fotografías que nadie recuerda haber tomado.

Dorian encuentra una imagen en la que baila abrazado a un centro de mesa.

—Siempre he sabido elegir pareja.

—Tu pareja era un jarrón —dice Elsie.

—Pero él no discutía.

Una corbata provoca tres negativas hasta que Amara descubre unas iniciales bordadas. Brock deja de negar que sea suya y asegura no recordar cómo acabó en la caja. También aparecen recibos, sobres del hotel y hojas con membretes de empresas.

Naomi toma una de ellas y la examina. Después me mira.

—La carpeta que llevabas aquella noche —dice en voz baja—. ¿Podría haber salido de una caja como esta o pertenecía a la documentación empresarial de Theo?

La conversación a nuestro alrededor continúa, pero algo en mí se queda inmóvil.

—Estamos en una cena entre amigos.

—Y te he hecho la pregunta a ti, no al resto.

—Estás utilizando lo que Juliette ha sacado para continuar la investigación.

Naomi deja el documento en la caja con cuidado.

—No he interrogado a Juliette ni he fingido que la pregunta era personal. He visto documentación empresarial mezclada con objetos de la boda y se lo he preguntado a la persona que llevaba la carpeta.

—Podrías haber esperado hasta el lunes.

—Y tú podrías responder ahora.

No alzamos el tono de voz, pero Diana ha dejado de hablar al otro lado del salón. Naomi se da cuenta y mira a Juliette, que sostiene otra fotografía mientras Theo intenta arrancarle una sonrisa.

—De acuerdo —dice—. No era el momento.

No es una disculpa completa. Tampoco la merezco.

—Y yo no debería haber interpretado la pregunta como una amenaza.

La concesión no resuelve nada. Yo sigo sin contestar y ella sigue teniendo derecho a preguntar.

El equilibrio resulta tan incómodo que Naomi recoge su bolso antes de que Juliette sirva el postre.

—Mañana tengo que trabajar —anuncia.

Nadie le recuerda que es sábado, porque en este grupo, abandonar una cena antes del postre constituye una emergencia reconocible.

Espero cincuenta segundos después de que se cierre la puerta. Max me mira desde la cocina; Diana mira hacia el pasillo y Dorian consulta su reloj.

—El ascensor tarda treinta y ocho segundos si no se detiene —informa.

—Nadie te ha preguntado —dice Elsie.

Salgo del piso sin dar ninguna explicación y encuentro a Naomi frente al portal, abrochándose mal el abrigo mientras busca un taxi. El frío ha despejado la acera.

—No pretendía convertir la cena en una entrevista —dice antes de que pueda hablar—. Pero tú tampoco puedes tratar cada pregunta inesperada como un ataque.

—No debías plantearla delante de ellos.

—No lo he hecho. Bajé la voz y te la hice a ti.

—La información procedía de tus amigos.

—De una caja. No utilizaré a nadie de ese apartamento como fuente sin decírselo antes. Además, fuiste tú quien me invitó sabiendo que te investigaba.

—No, fue Juliette quién nos invitó.

—Y tú pasaste toda la tarde comprobando si asistiría.

La precisión me obliga a guardar silencio.

—No era el momento adecuado —admite ella—. Pero eso no convierte la pregunta en una traición.

—No he dicho que lo fuera.

—No necesitabas decirlo.

Estamos demasiado cerca para que parezca una discusión profesional.

Justo en ese momento, veo que una pelusa se ha quedado adherida al hombro de su abrigo.

Levanto la mano por reflejo y detengo los dedos antes de tocar la lana.

Naomi baja la mirada hacia mi mano, pero no retrocede.

Entre mis dedos y su hombro apenas queda un centímetro.

Durante unos segundos no retiro la pelusa ni bajo la mano.

Cuando vuelvo a mirarla, sus ojos están fijos en mi boca.

De repente noto cómo, a pesar de que el mundo que nos rodea continúa a nuestro alrededor, los sonidos parecen muy lejanos.

Naomi se humedece el labio inferior y mi atención sigue ese movimiento.

Me inclino un poco hacia ella y no se aparta.

—Esto tampoco parece una pregunta profesional —murmura.

—No lo es.

La respuesta nos deja sin la protección del desacuerdo. Mi mano desciende desde su hombro sin llegar a tocarla.

Un taxi reduce la velocidad al acercarse a la acera. Naomi vuelve la cabeza y el momento se rompe antes de que ninguno decida qué hacer con él.

—Déjame que te lleve a casa —digo de repente.

—No.

—Es tarde.

—Sé dónde vivo.

—No he dicho lo contrario.

—No todo lo que hace por mí es una decisión que pueda tomar usted.

Su frase me devuelve de repente la bandeja del almuerzo, el sándwich elegido sin preguntarle y la expresión con la que intentó comprender por qué le traía una comida que no había pedido.

Esta vez no insisto. Naomi me observa durante un instante, como si hubiera esperado otra batalla y justo después levanta el brazo para detener el taxi.

El teléfono vibra en mi bolsillo antes de que el coche llegue hasta nosotros y veo que es Miles. Me aparto un paso y contesto.

—Un medio financiero ha recibido una filtración sobre Meridian —dice sin saludar—. Afirman que Hudson Capital contrató a Naomi para fabricar una investigación favorable.

Miro hacia ella. El taxi se detiene y Naomi abre la puerta trasera, ajena todavía a que alguien ha convertido los hechos básicos del acuerdo en una acusación contra su integridad.

—¿Qué información tienen?

—Que usted la escogió personalmente, porque es hija de Daniel Rowe y que el artículo pretende absolver a Hudson Capital y a Hammond & Rowe. Lo van a publicar esta noche.

Naomi entra en el taxi y nuestras miradas se encuentran a través de la ventanilla antes de que el coche se incorpore al tráfico.

Podría llamar al medio, ordenar una respuesta o exigir que el equipo jurídico actuara antes de que ella conociera la filtración.

Sería rápido, pero también confirmaría la idea de que controlo el reportaje y a la periodista que lo escribe.

Chasqueo la lengua, porque por primera vez desde que empezó el acuerdo, no puedo protegerla sin demostrar precisamente aquello de lo que la acusan.