Capítulo 3 Naomi #2
—Admiro su capacidad para convertir una equivocación en una postura provisional —dice, apoyándose contra el respaldo de la silla.
—Y yo su preparación para documentar su propia virtud —replico, cerrando el portátil con suavidad.
—El informe no estaba destinado a usted —señala, recuperándolo.
—Eso mejora su valor como prueba —respondo, anotando la fecha.
Su mirada permanece en mí un momento. Sabe que es lo más cerca que voy a estar de admitir que he sido injusta. Yo también, en lugar de disculparme, anoto la fecha, el número del informe y la existencia de una posición anterior verificable.
A las tres y veintisiete estoy en la sala de reuniones comparando presupuestos cuando Miles pasa ante la puerta con un sándwich.
Miro porque lleva mostaza en el envoltorio y existe un riesgo evidente para su corbata, no porque lleve desde el desayuno sin comer.
Pasa una segunda vez tres minutos después y compruebo que la mostaza continúa bajo control.
A las tres y treinta y cinco, Alistair entra con una bandeja.
—¿Qué es eso? —pregunto, mirando la bandeja con desconfianza.
—Una solución —responde, dejándola frente a mí.
Deja un sándwich de pavo, una ensalada, una manzana y agua. La bandeja parece preparada por alguien que considera el hambre un fallo logístico.
—Yo diría más bien que parece comida —digo, señalando el sándwich.
—Efectivamente esa es la solución —responde, como si la explicación fuera evidente.
—No la he pedido —replico, sin tocar el envoltorio.
—Llevas veinte minutos siguiendo con la mirada el almuerzo de Miles cada vez que cruza la puerta —dice, sentándose frente a mí.
—Estaba evaluando las probabilidades de que acabara manchándose la corbata —respondo, cruzando los brazos.
—¿Y su conclusión? —pregunta, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Que usted utiliza a su jefe de gabinete como sistema de vigilancia alimentaria —digo, señalando la puerta con la barbilla.
Alistair aparta la silla que hay frente a mí y se sienta. No parece entender por qué sigo sin abrir el envoltorio.
—No me ha preguntado qué quería comer —digo, mirando la bandeja.
—He deducido que tenías hambre y he pedido comida —responde, con una lógica tan sencilla que casi resulta irritante.
—Observar una necesidad no te autoriza a resolverla por su cuenta —replico, levantando la vista hacia él.
—¿El hambre es ahora una cuestión de soberanía? —pregunta, ladeando la cabeza.
—Con usted, hasta un sándwich parece una adquisición hostil —respondo, empujando la bandeja unos centímetros.
Su vista baja hacia la comida, como si buscara la cláusula ofensiva entre la ensalada y la manzana.
—No comprendo por qué una acción útil puede molestarle —dice, sinceramente desconcertado.
La falta de ironía me obliga a contener una respuesta rápida. Alistair no está fingiendo inocencia; de verdad cree que obtener un resultado correcto justifica haber elegido el procedimiento.
—Porque no se trata de la comida, sino de la costumbre —explico, apoyando las manos sobre la mesa—. Observas un problema, decides cuál es la solución y actúas sin comprobar si la persona afectada quiere lo mismo.
—En este caso, la persona afectada lleva ocho horas sin comer —responde, señalándome con un gesto breve.
—Y continúa teniendo derecho a escoger —digo, sin ceder.
—Puedes escoger no comértelo —replica, recostándose en la silla.
Miro el sándwich y noto cómo mi estómago toma partido en la discusión con escasa lealtad.
—Voy a comer porque tengo hambre, no porque tu hayas ganado —digo, abriendo por fin el envoltorio.
—No sabía que hubiera una competición —responde, observándome con una sombra de diversión.
—Eso se debe a que sueles dar por hecho que ya has vencido —replico antes de dar el primer bocado.
Abro el envoltorio y como, mientras Alistair se recuesta en la silla.
Aparto los pepinillos, rechazo la ensalada después de probar el aliño y elijo la manzana en lugar de las patatas que descubro bajo una servilleta.
Él registra cada movimiento con la misma atención con la que estudia una proyección financiera.
—No memorices esto —le advierto, señalando la manzana.
—No puedo decidir qué recuerdo —responde, con la mirada fija en mis manos.
—Otra tragedia relacionada con la falta de elección —murmuro, volviendo al sándwich.
Esta vez noto cómo sonríe, aunque se apresura en disimularlo.
A las siete y doce, casi todas las oficinas están a oscuras.
Desde las ventanas, Midtown se ha convertido en una cuadrícula de luces blancas y rojas.
Yo continúo en el despacho de Alistair revisando documentación de Calder Precision, porque una de las previsiones no coincide con el informe que nos han entregado después de la reunión.
Alistair termina una llamada, deja el teléfono y se quita la chaqueta. La cuelga en el respaldo de la silla antes de aflojarse la corbata con dos dedos. El cuello de la camisa pierde su simetría perfecta. Después se remanga la camisa una vez, lo suficiente para dejar al descubierto los antebrazos.
Sé que esta no debería ser información relevante, pero, por lo visto, mi cuerpo carece del rigor profesional necesario para estar de acuerdo.
—¿Sigues aquí? —pregunta, mirando por encima del hombro.
—Tu capacidad de observación era mejor a la hora de comer —respondo, sin levantar la vista de los documentos.
—A la hora de comer estaba mirando el problema correcto —replica, acercándose a la mesa.
Se acerca a la mesa y señala una carpeta gris situada junto a mi codo.
Extiendo la mano al mismo tiempo que él y sus dedos cubren los míos sobre el cartón, aunque ninguno se aparta.
El contacto se limita al calor de su palma y la presión de dos dedos.
Aun así, el despacho parece reducirse a ese punto.
Levanto la vista y compruebo que Alistair no está mirando la documentación, sino mi boca.
Su pulgar se mueve junto a mi nudillo y aunque no llega a acariciarme; la posibilidad resulta peor.
—Tu despacho debe de medir sesenta metros cuadrados —digo, intentando mantener la ligereza—. Resulta estadísticamente improbable que necesites ocupar los mismos veinte centímetros que yo.
Alistair levanta los ojos hasta los míos, pero mantiene la mano donde está.
—Compartir espacio no me supone ninguna dificultad —responde, con voz baja.
—Las pruebas contradicen su declaración —replico, sin retirar la mano.
Se inclina un poco, pero no lo suficiente para tocarme ni para impedir que me aparte. Sí para que distinga la sombra de cansancio bajo sus ojos y el olor de su perfume después de trece horas de trabajo.
—Mantener la distancia que tu has decidido —dice en voz baja, sin apartar la mirada— es una cuestión diferente.
El desafío debería irritarme, pero, en lugar de eso, siento su frase en la piel.
—Qué sacrificio tan admirable —murmuro, intentando recuperar el control.
—Nadie ha dicho que lo esté haciendo por altruismo —responde, con una leve inclinación de cabeza.
Retiro la mano despacio. Él se queda inmóvil y permite que sea yo quien me aleje. Tomo la carpeta y la abro por una página cualquiera, aunque necesito varios segundos para recordar qué cifra estaba buscando.
Alistair regresa a su mesa, pero no se pone la chaqueta de inmediato. Yo finjo seguir leyendo. El silencio ha dejado de ser profesional, aunque todavía conserva todas sus prohibiciones.
Salimos del edificio cerca de las ocho. El aire frío de Midtown se cuela por el cuello de mi abrigo. Por el rabillo del ojo veo que un coche espera a Alistair junto a la acera, mientras yo busco con la mirada la entrada del metro.
—¿Irás mañana a la cena de Juliette y Theo? —pregunta, abriendo la puerta del coche.
—Ya he visto la invitación en el chat, pero todavía no he contestado —respondo, deteniéndome a unos pasos de él.
Juliette ha decidido vaciar el trastero donde guardaron lo recogido después de la boda. Ha reunido cajas con fotografías, documentación y objetos olvidados para devolvérselos a sus propietarios durante la cena.
—¿Mi asistencia forma parte del acuerdo profesional? —pregunto, cruzándome de brazos.
Alistair abre la puerta del coche, pero no entra.
—El acceso a Hudson Capital no se extiende a las reuniones entre amigos —responde, apoyando una mano en el marco de la puerta.
—Entonces no necesitas saber si voy a ir —digo, dando un paso atrás.
—Necesito saber si dispondré de una noche sin preguntas —replica, mirándome fijamente.
—No contestaré hasta mañana —respondo, girándome hacia la acera.
—No hace falta —dice.
Cierra la puerta sin haber entrado y espera junto al coche mientras yo retrocedo hacia la corriente de peatones. No necesita preguntarme de nuevo si asistiré. Aun así, los dos sabemos que mañana estará pendiente de la puerta hasta que yo aparezca.