Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 2 Alistair #2
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Capítulo 2 Alistair #2

—¿Esperaba que discutiera? —respondo, recostándome en el mostrador.

—Esperaba una resistencia mayor —dice, cerrando la carpeta con más cuidado del necesario.

—Confunde ceder con elegir las batallas que estoy dispuesto a librar —replico, ajustándome el puño de la camisa.

Naomi estudia mi firma, porque supongo que había preparado argumentos para cada negativa y acaba de quedarse sin adversario.

—Todavía no sé qué batalla has elegido —dice, levantando la vista.

—Para eso dispones de un mes —respondo, señalando la acreditación que Miles acaba de entregarle.

Miles recoge el acuerdo y al pasar ante mi despacho, Naomi ve la segunda taza de café.

—¿También forma parte del acceso superior al habitual? —pregunta, rodeando la taza con la mano.

—Forma parte de una mañana que empezó antes de que abrieran la cafetería de su periódico —respondo, sin mirar el café.

La toma al pasar sin dar las gracias y yo no señalo que ya no está a la temperatura correcta.

La reunión comienza a las siete en punto. Ferrán Textiles lleva dos trimestres por debajo de las previsiones y el consejo debe decidir si aprueba otro plan de reducción de costes. Naomi ocupa una silla al fondo con la documentación pública, una libreta y el café.

Su presencia modifica la reunión antes de que nadie ni siquiera la nombre.

El director de operaciones, que la semana anterior llamó «corrección necesaria» a setenta despidos, dedica cuatro minutos a preocuparse por las familias.

La responsable financiera reduce cada intervención a una frase y Diane conduce dos veces la conversación hacia las donaciones.

Yo, sin embargo, actúo como si Naomi no estuviera.

No le explico abreviaturas ni busco su reacción cuando alguien menciona Meridian.

Si los presentes quieren ofrecerle una representación, tendrán que hacerlo sin mi ayuda.

Ella tampoco intenta dominar la sala. Escribe, mira a quien habla y registra quién consulta a Diane antes de responder. Una vez deja de tomar notas justo cuando la responsable financiera empieza a justificar una provisión. El silencio de su bolígrafo resulta más perceptible que una interrupción.

Cuando doy por concluida la reunión, Naomi levanta un dedo.

—Una pregunta —dice, manteniendo la mano alzada hasta que todos se giran para observarla.

Todos miran hacia ella con un alivio prematuro: una sola pregunta parece una cantidad manejable.

—El informe presentado al consejo cifra el ahorro del segundo trimestre en ocho coma cuatro millones —dice, abriendo la documentación pública—. Sin embargo, el informe financiero interno reconoce seis coma nueve. ¿En qué categoría se ha incluido el millón y medio restante?

Al escuchar lo que acaba de decir, la responsable financiera busca la página, el director de operaciones deja de parecer preocupado por las familias y Diane se vuelve hacia el asesor jurídico, aunque la diferencia no requiere interpretación legal.

—Es una reclasificación contable —responde por fin la responsable financiera, pasando una página con demasiada rapidez.

—¿Cuál? —pregunta Naomi, sin apartar la mirada del documento.

No hay acusación en el tono de Naomi, aunque tampoco una salida sencilla.

La respuesta obliga a abrir el anexo y descubrir que parte del ahorro depende de contratos aplazados, no eliminados.

Así que la decisión queda suspendida hasta que se revisen las proyecciones.

Dos asesores han trabajado durante semanas con esos documentos y Naomi ha necesitado cuarenta y ocho minutos y una pregunta.

Mientras los demás abandonan la sala, ella cierra la libreta y se pone en pie sin buscar mi aprobación. Comprendo que no necesita imponerse a una reunión para cambiar su resultado. Le basta con localizar la cifra que todos han aceptado por cansancio o conveniencia.

—Buen comienzo —dice al pasar junto a mí, guardando la libreta bajo el brazo.

—Acabas de retrasar una decisión de doce millones —respondo, recogiendo los informes de la mesa.

—Entonces la pregunta ha llegado a tiempo —contesta, sin detenerse.

La entrevista comienza en mi despacho a las ocho y nueve. Naomi coloca la grabadora entre nosotros y escribe la fecha. Ha elegido la silla frente a mi mesa, no la situada a mi derecha.

—¿Por qué fundó Hudson Capital? —pregunta, encendiendo la grabadora sin apartar los ojos de mí.

—Detecté una oportunidad en participaciones estratégicas que otras firmas consideraban demasiado pequeñas —respondo, entrelazando las manos sobre la mesa—. Durante los primeros tres años obtuvimos un rendimiento superior en once puntos a la media del sector.

Naomi apoya la punta del bolígrafo en el papel, pero no escribe.

—Te he preguntado por qué la fundó, no cuánto ganó —dice, dejando el bolígrafo inmóvil.

—Los resultados explican la decisión —respondo, inclinándome un poco en el respaldo.

—Explican si acertó. Pero puede acertarse por motivos equivocados —replica sin dejar de mirarme.

Cruza una pierna sobre la otra y espera. No dice nada para facilitarme la respuesta, al contrario, se mantiene en silencio con la mirada fija en mí.

—Quería construir una empresa donde la velocidad no dependiera de convencer a veinte personas antes de tomar una decisión —digo, mirando la grabadora en lugar de mirarla a ella.

Esta vez escribe.

—¿Qué consideras un fracaso? —pregunta, sin levantar la vista de la libreta.

—Una operación que no alcanza el retorno proyectado en el plazo establecido —respondo, ajustando el gemelo de la camisa.

—Eso es una definición para accionistas. Te pregunto por la tuya —dice, deteniendo el bolígrafo sobre la página.

—Coinciden —respondo.

—Qué cómodo —murmura, apoyando el bolígrafo contra el margen de la libreta.

Su mirada se detiene en mi mano cuando me ajusto el puño de la camisa. El gemelo está en la posición correcta, pero termino el gesto.

—¿Cuál ha sido la última decisión que lamentas? —pregunta, inclinándose hacia delante.

—Lamentar una decisión por su resultado es una forma deficiente de evaluarla —respondo, dejando la mano sobre la mesa.

—No te he preguntado por tu método de evaluación —replica, ladeando la cabeza.

—Perdí diecisiete millones al retirar una inversión seis meses tarde —digo, mirando la línea de la mesa.

—Eso es dinero, pero ¿qué lamentas? —pregunta, cerrando parcialmente la libreta.

El café se ha enfriado. Aun así, bebe y devuelve la taza exactamente a la marca circular de la mesa.

—Prefiero no responder todavía —digo, colocando ambas manos a la vista.

—Entonces lo intentaré de otra forma. ¿Cuándo fue la última vez que tomaste una decisión sabiendo que iba a perjudicar a alguien? —pregunta, inclinándose hacia la grabadora.

—¿Cuándo fue la última vez que la tomaste tú? —respondo, sosteniéndole la mirada.

El bolígrafo deja de moverse.

—Yo soy la periodista —dice, apoyando la palma sobre la libreta.

—Y yo soy el hombre sobre cuyas decisiones pretendes escribir —respondo, inclinándome hacia la mesa—. Entender tus criterios me parece una condición razonable para saber qué harás con las mías.

—Mis criterios aparecerán en las pruebas que aporte —replica, retirando la mano de la libreta.

—No he preguntado por tus pruebas —digo, inclinándome un poco más hacia ella—. ¿Por qué abandonaste el bufete de tu padre?

Naomi retira la mano de la taza, alinea el bolígrafo con la libreta y levanta la vista. Cada movimiento recupera una distancia que la pregunta ha reducido.

—Mi trayectoria profesional consta en la información que recibiste antes de escogerme —responde, cerrando la libreta.

—Eso explica cuándo te marchaste, no por qué —digo, sin apartar la mirada.

—Está respondiendo a una entrevista con otra —replica, colocando el bolígrafo sobre la libreta.

—Ha detectado mi estrategia en menos de treinta segundos —respondo—. Creía que eso justificaba mi elección.

Sus ojos se estrechan. He utilizado su propia frase de la noche anterior y ninguno de los dos necesita admitir que la recuerda.

—También deberías recordar que aceptaste que yo decidiera qué era relevante —dice, apoyando ambas manos sobre la mesa.

—Para el artículo. No para esta conversación —respondo, recostándome en la silla.

Considero señalar que Daniel Rowe asesoró Meridian y que exigir respuestas mientras protege las propias constituye una contradicción, pero no lo hago.

El silencio de Naomi no es evasión profesional sino una puerta cerrada con demasiada práctica.

Daniel Rowe no constituye únicamente un conflicto de intereses; es el límite personal que no quiere que nadie atraviese.

Lo he encontrado antes de conocer la razón que lo sostiene y he golpeado con más fuerza de la necesaria.

Ella cierra la libreta y creo que la primera entrevista ha terminado.

Naomi guarda el bolígrafo, apaga la grabadora y mete una mano en el bolso. En lugar de levantarse, extrae una fotografía y la coloca sobre mi mesa acercándola hasta mí con dos dedos.

La imagen fue tomada durante la boda de Juliette y Theo.

En ella aparezco junto al pasillo reservado, de perfil, con una carpeta bajo el brazo.

El ángulo permite distinguir la esquina de la etiqueta y una hora parcial en la pantalla situada detrás de mí.

No debería existir una fotografía desde esa posición sin que yo me hubiera dado cuenta de que alguien la estaba tomando.

—Empecemos de nuevo —dice Naomi, apoyando dos dedos sobre la fotografía.

Apoya los antebrazos en la mesa. La distancia que acababa de recuperar desaparece por decisión suya.

—¿Qué hacías allí? —pregunta, inclinándose hacia la imagen.

Observo la carpeta, no porque necesite reconocerla, sino para decidir cuánto puede haber deducido de una imagen. La verdad es que había calculado que Naomi tardaría una semana en preguntar por ella, pero ha necesitado menos de una mañana.