Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 2 Alistair
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Capítulo 2 Alistair

A las seis y catorce, Hudson Capital todavía pertenece al equipo de limpieza, a tres analistas que no han dormido y a mí.

Desde las ventanas de mi despacho, las luces de Midtown se reflejan sobre el cristal mientras repaso por tercera vez el acuerdo con el periódico: primero busqué qué podía utilizarse contra la empresa; después, contra Naomi.

Esta última lectura no ha aportado ningún dato nuevo, así que decido no contabilizarla.

Antes de enviarlo al departamento legal he eliminado dos cláusulas. Una limitaba el acceso a «declaraciones previamente autorizadas por Comunicación» y la otra obligaba a identificar cualquier fuente interna. Evidentemente, ambas pretendían llamar protección a la censura.

También he trasladado dos reuniones y reducido un almuerzo para que me acompañe. Su acreditación permite acceder a cuatro plantas más que la de un visitante y a dos menos que la de un empleado. Po descontado, todo responde a una evaluación de riesgos.

Miles entra sin llamar a las seis y dieciséis. Deja una carpeta sobre mi escritorio, comprueba el acuerdo y después mira la mesa auxiliar, donde junto a mi café hay una segunda taza que el personal ha preparado por indicación suya.

—Legal asegura que una lectura era suficiente —dice, dejando dos dedos sobre la carpeta, como si quisiera recordarme que el documento ya ha pasado por manos más sensatas que las mías.

—Legal no tendrá que pasar un mes con una persona capaz de encontrar hasta la más mínima ambigüedad —respondo sin levantar la vista del acuerdo.

Miles ocupa la silla de enfrente y se abrocha la chaqueta en silencio, aunque sin dejar de mirarme.

—No hay nada personal —añado, alineando el borde de la carpeta con el de mi escritorio.

—No he preguntado —replica, mientras sus ojos vuelven a la segunda taza.

—Ha sido para ahorrar tiempo —digo, acercando mi café un centímetro.

—Por supuesto —contesta y la sequedad de su voz hace innecesaria cualquier explicación.

A las seis y veintidós, Diane Ashworth entra acompañada del asesor jurídico del consejo y de la responsable de comunicación.

La reunión estaba convocada para las seis y media, pero Diane considera la anticipación una prerrogativa de su cargo.

Se sienta en la cabecera de la mesa sin esperar una invitación y los otros dos colocan delante de sendas carpetas que no abren.

—Aún podemos sustituir esta investigación por una entrevista controlada —dice Diane, cruzando las manos sobre la mesa—. Presentamos Meridian como lo que fue: un error ajeno que Hudson Capital gestionó con la diligencia debida.

—No fue eso lo que ofrecimos al periódico —respondo, sin apartar los ojos de ella.

—El ofrecimiento puede modificarse —replica, inclinando un poco la cabeza hacia la responsable de comunicación.

La responsable de comunicación empuja hacia mí una lista de periodistas más dóciles y preguntas pactadas.

—Una entrevista diseñada por nosotros confirmaría todos los rumores que pretende desmentir —digo, devolviéndole la lista con dos dedos—. Parecer transparentes no sirve si resulta evidente que hemos elegido qué puede verse y qué no.

—Naomi Rowe tampoco es neutral —interviene el asesor jurídico, sujetando el bolígrafo entre ambas manos—. Su padre asesoró la operación original. Puede proteger a Hammond & Rowe y convertirnos en responsables de todo lo ocurrido.

—Naomi no trabaja para el bufete ni tiene participación en él —respondo, apoyando la espalda en la silla.

—Sigue siendo una Rowe —dice, como si el apellido bastara para cerrar el expediente.

—Ese argumento parece preocuparos más a vosotros que a ella —replico, mirando primero al asesor y después a Diane.

Diane junta las manos sobre la mesa y oigo cómo su anillo golpea una vez la madera.

—La has estudiado demasiado para alguien que solo supone un riesgo profesional —dice, ladeando la cabeza con una curiosidad que no intenta disimular.

No miro a Miles, aunque no necesito hacerlo para saber que ha escuchado perfectamente lo que acaba de insinuar Diane.

—He evaluado a la periodista que tendrá acceso a la empresa —respondo, manteniendo las manos quietas sobre el acuerdo—.

Lleva años rechazando cualquier beneficio vinculado a su padre.

Ha investigado a anunciantes del periódico y a un consejero que cenaba cada trimestre con el propietario.

Si concluye que Hudson Capital no cometió fraude, nadie podrá atribuirlo a complacencia.

—¿Y si concluye lo contrario? —pregunta Diane, apoyando un dedo sobre su anillo.

Cierro la carpeta que siguen ofreciéndome.

—Entonces nuestro problema no será Naomi Rowe, sino aquello que hayamos hecho —digo, dejando la carpeta entre nosotros como si fuera una frontera.

El asesor jurídico deja de mover el bolígrafo y Diane me observa como si intentara decidir qué parte de mi respuesta me he reservado.

No les explico que, desde la boda, demasiadas explicaciones internas encajan porque las proporcionan quienes aprobaron Meridian. Si hay una pieza que no corresponde, prefiero que alguien incapaz de obedecer la encuentre mientras aún puedo actuar.

La puerta se abre a las seis y treinta y ocho y Miles asoma la cabeza.

—La señorita Rowe acaba de entrar en el edificio —anuncia, con una mano todavía en el pomo.

Diane mira el reloj.

—Había dicho que llegaría a las seis y cuarenta y cinco —señala, golpeando la esfera con una uña pintada de rojo con una manicura perfecta.

—Eso dijo —respondo, sin molestia aparente.

Naomi cruza los controles a las seis y cuarenta y dos.

Antes de entregar su documento de identidad ha preguntado cuánto tiempo conservaríamos la copia.

No se detiene ante el nombre de la empresa grabado en mármol simplemente se limita a observar las cámaras, los tornos y la credencial del guardia que la acompaña.

Cuando dos analistas dejan de hablar al reconocerla cuando se acerca hacia ellos, observo cómo Naomi vuelve el rostro hacia ellos.

Ya está trabajando.

—Tres minutos antes de sus quince minutos de anticipación —digo al recibirla, señalando el reloj con una mirada.

Naomi se quita los guantes dedo a dedo.

—He supuesto que necesitaría tiempo para recuperarse —responde, doblando los guantes sobre la palma de una de sus manos.

—Ha sido una consideración innecesaria —digo, extendiendo la mano hacia la acreditación.

—Entonces podrás emplearlo de forma poco eficiente —replica, guardándose los guantes en el bolso.

La comisura de su boca amenaza con moverse, aunque la mía no recibe autorización para imitarla.

En ese instante, Miles le entrega una acreditación y el acuerdo impreso. Naomi comprueba primero la fotografía, después el color de la banda lateral y por último la lista de plantas que aparece al dorso.

—Las plantas treinta y cuatro y la treinta y siete están excluidas —dice, tocando ambas líneas con la uña.

—Contienen información legalmente protegida de terceros —respondo, manteniendo la acreditación entre nosotros.

—¿Relacionada con Meridian? —pregunta, levantando la vista por primera vez.

—Parte de ella. La restricción no protege a Hudson Capital, sino a clientes que no han consentido el acceso —explico, señalando la cláusula correspondiente.

Asiente, porque prefiere no discutir una limitación legítima por el placer de discutir, algo que la vuelve más peligrosa que una persona interesada únicamente en ganar. Saca un bolígrafo del bolso, apoya el acuerdo en el mostrador de recepción y escribe en el margen.

—Podré solicitar documentos concretos de esas plantas cuando guarden relación con Meridian —dice mientras escribe—. Ustedes podrán ocultar los datos protegidos que sean irrelevantes para la investigación, pero deberán justificar cada supresión.

—Eso no estaba en el acuerdo —señalo, inclinándome hacia la anotación.

Naomi termina la frase, pone sus iniciales al lado y me ofrece el bolígrafo.

—Ahora sí —dice, sosteniéndolo entre dos dedos.

Miles tose mientras yo tomo el bolígrafo, pero no firmo todavía.

—¿Alguna modificación más que haya decidido introducir nada más llegar? —pregunto, dejando el bolígrafo suspendido sobre el papel.

—Cuatro —responde, sin pestañear.

Abre la carpeta por una página marcada con notas adhesivas y me sorprende ver que no ha venido con objeciones improvisadas, sino con una ofensiva ordenada por categorías.

—Las entrevistas a empleados se realizarán sin sus superiores presentes —dice, pasando una página—. Hudson Capital no conocerá la identidad de las fuentes internas ni solicitará datos que permitan deducirla.

—Necesitamos poder verificar cualquier acusación —respondo, apoyando el bolígrafo sobre la mesa.

—Podrán verificar los hechos. No escoger quién tiene derecho a contármelos —replica, subrayando una línea.

Subraya una línea y continúa.

—No cancelará ninguna reunión incluida en su agenda sin ofrecer un motivo verificable al periódico. Y seré yo quien decida qué acontecimientos son relevantes para el reportaje.

—Esa última condición le permitiría acompañarme incluso cuando no exista relación con Meridian —digo, señalando la frase con el índice.

—El reportaje se centra en su manera de dirigir Hudson Capital —responde, cerrando parcialmente la carpeta—. Si solo observo lo que usted considera importante, escribiré sobre su criterio de selección, no sobre su forma de trabajar.

Tres empleados salen de un ascensor y atraviesan el vestíbulo con un interés cuidadosamente disimulado. Naomi no baja la voz.

—Está convirtiendo un acuerdo de acceso en una declaración de guerra —le señalo, mirando de reojo a los empleados.

—Las guerras suelen empezar cuando un hombre poderoso llama colaboración a obedecer sus condiciones —responde, sosteniéndome la mirada.

—Y yo que pensaba que habían empezado anoche, cuando me prohibió ofrecerle un coche —digo, inclinando apenas la cabeza.

Esta vez sonríe, aunque solo durante un instante.

—Aquello fue una escaramuza —contesta, guardando el bolígrafo en la carpeta.

Firmo junto a sus iniciales, le devuelvo el bolígrafo y observo cómo la sorpresa le inmoviliza los dedos un instante.

—¿Eso es todo? —pregunta, mirando mi firma antes de aceptar el bolígrafo.