Capítulo 1 Naomi #3
El calor del restaurante se vuelve demasiado evidente bajo mi abrigo.
Alistair no añade nada que lo vuelva menos personal y se limita a observarme mientras la frase permanece entre los dos durante un rato más de lo profesionalmente aconsejable.
Yo podría obligarlo a explicarse. Es lo que hago cuando alguien deja una afirmación incompleta delante de mí, pero decido no hacerlo.
No es confianza lo que acaba de ofrecerme. La confianza requiere una clase de fe que ninguno de los dos parece dispuesto a practicar todavía. Es respeto, algo más incómodo y bastante más difícil de rechazar.
Alistair se aparta unos centímetros de la barra. No invade mi espacio ni bloquea el camino hacia la salida.
—Podemos empezar mañana a las siete. En Hudson Capital —me dice mirándome a los ojos.
—Todavía no he aceptado —le recuerdo.
—Lo sé.
Se ajusta el puño de la camisa, aunque no necesita hacerlo. Es el único movimiento innecesario que le he visto realizar en toda la noche.
No insiste ni menciona a Rebecca ni repite las ventajas profesionales del encargo. Tampoco transforma la oportunidad en una deuda que deba agradecerle.
—Las condiciones permanecerán sobre la mesa hasta que decida.
Se queda callado después de decirlo, porque espera que sea yo quien cierre el acuerdo.
Pero aceptar significa entrar de nuevo en el mundo profesional de mi padre y arriesgarme a que alguien reduzca cada una de mis conclusiones a mi apellido.
Rechazarlo por esa misma razón permitiría que el apellido siguiera escogiendo las historias que puedo contar.
Daniel, mi padre, habría tenido una opinión, siempre la tenía.
Durante años he tomado demasiadas decisiones para seguirlo o para llevarle la contraria. Esta no necesita pertenecerle de ninguna de las dos formas.
Saco el móvil del bolso. Alistair baja la vista hacia la pantalla, pero enseguida la desvía hacia las botellas alineadas detrás de la barra. No intenta leer lo que escribo.
Yo:
Acepto el encargo.
Hudson Capital ha accedido a las condiciones.
Mañana te enviaré el acuerdo para que lo revise el departamento legal.
La respuesta de Rebecca aparece antes de que pueda guardar el teléfono.
Rebeca:
Sabía que no esperarías hasta mañana.
Giro el dispositivo para que Alistair no vea el mensaje. No porque contenga información confidencial, sino porque Rebecca no necesita ayuda para parecer satisfecha consigo misma.
—Ahora sí he aceptado.
Alistair inclina la cabeza y algo en sus hombros pierde una tensión que no había advertido hasta que desaparece. La mano que mantenía junto al costado se relaja. Por lo visto, no estaba tan seguro de mi respuesta como quería que creyera. Segundo dato útil de la noche.
—La primera reunión se celebrará a las siete —dice—. En Hudson Capital.
—Llegaré a las seis y cuarenta y cinco.
Consulta el reloj antes de poder impedírselo. El gesto es tan automático que miro también la esfera, aunque no alcanzo a distinguir la hora.
—Quince minutos de anticipación son innecesarios.
—Entonces puede utilizarlos para acostumbrarse a que, durante el próximo mes, no todo ocurrirá según sus planes.
Alistair baja el brazo.
—Ese parece un uso poco eficiente de quince minutos.
—Lo superará.
El camarero se aproxima con mi bufanda doblada sobre el antebrazo. Me la entrega y pregunta si deseo que me consigan un coche.
Alistair abre la boca y yo levanto un dedo sin apartar la mirada de él.
—Ni se le ocurra.
Se queda inmóvil. Su mirada desciende hasta mi mano y permanece allí el tiempo suficiente para que sea consciente de la escasa distancia que nos separa. Después vuelve a mis ojos y cierra la boca.
No debería producirme tanta satisfacción que un hombre acostumbrado a anticiparse a todo obedezca una orden mía. Sin embargo, me coloco la bufanda intentando ocultar una sonrisa.
—Buenas noches, señor Hudson.
—Mañana a las siete, señorita Rowe.
—A las seis y cuarenta y cinco.
Esta vez la comisura de su boca llega a moverse antes de que consiga detenerla.
Salgo de Lumière sin permitir que nadie me acompañe. El aire de la calle se cuela bajo el cuello del abrigo y enfría el calor que el restaurante me ha dejado en las mejillas. Al otro lado de los ventanales, Alistair continúa junto a la barra, pero ya no está mirando al grupo sino a mí.
Un taxi vacío dobla la esquina, levanto el brazo y el coche se detiene junto a la acera.
Cuando me acomodo en el asiento, saco la libreta del bolso.
Las condiciones del acuerdo siguen dobladas en su interior y el círculo que tracé alrededor de Hammond & Rowe ha atravesado el papel.
En la hoja siguiente se distingue la marca hundida del apellido.
Paso el pulgar sobre ella antes de cerrar la libreta y lanzo un suspiro.
Acabo de aceptar el trabajo más importante de mi carrera.
Durante un mes tendré acceso a los archivos de Hudson Capital, a sus empleados y a las decisiones que Alistair oculta detrás de respuestas impecables.
Sin embargo, mientras el taxi se incorpora al tráfico de Manhattan, no pienso en los documentos sino en el único instante de la noche en que Alistair Hudson ha perdido el control suficiente para escoger un verbo equivocado.