Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 1 Naomi #2
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Capítulo 1 Naomi #2

—Qué alivio. Durante un instante temí que pretendiera manipular el resultado —le respondo apoyando el antebrazo en la mesa y giro el cuerpo hacia él.

Sus dedos se detienen sobre el borde de la servilleta. Es una pausa breve, pero Alistair no parece un hombre que permita movimientos involuntarios.

—Si pretendiera manipularla, señorita Rowe, habría empezado por no ofenderla.

Alzo la mirada hacia él y veo cómo el camarero deja una cesta de pan entre nosotros. Ninguno de los dos se aparta para facilitarle el trabajo y el hombre tiene que esquivar nuestros brazos antes de retirarse.

—¿Esto era un halago?

Alistair coge su vaso de agua y da un sorbo sin dejar de observarme.

—No conviene exagerar.

La comisura de su boca se mueve cuando vuelve a depositar el vaso sobre el mantel. Su humor es tan seco que debería servirse acompañado de esa jarra de agua.

Al otro lado de la mesa, Brock ha interrumpido su conversación con Amara.

Finge estudiar la carta, aunque lleva demasiado tiempo mirando la misma página.

Elara ni siquiera se molesta en disimular.

Por mi parte, los ignoro y me inclino un poco hacia Alistair.

La distancia entre nuestras sillas se reduce lo suficiente para obligarlo a decidir si retrocede, pero no lo hace.

—¿Por qué yo?

Esta vez su mano se queda suspendida antes de alcanzar los cubiertos. La pregunta ha encontrado algo, aunque su expresión no me permite saber qué.

—¿Está interesada?

—Ha respondido a mi pregunta con otra.

—Y usted ha advertido la maniobra.

Inclino la cabeza y sostengo su mirada.

—Es lo que hago cuando alguien intenta ganar tiempo.

Alistair se recuesta apenas en la silla. No parece una retirada, sino la decisión consciente de observarme desde una posición distinta.

—Ha detectado mi estrategia en menos de treinta segundos —dice—. La elección empieza a justificarse sola.

Al otro lado de la mesa, Elara ha dejado de hablar, Brock ni siquiera finge que no escucha y Amara le empuja la carta hacia la cara.

—Pedid una habitación o un equipo de mediación —dice Dorian—. Yo apostaría a que acabáis matándoos, pero estoy dispuesto a cubrir también la posibilidad de que os acostéis.

—Estaba bebiendo —alade Elsie retirándole la copa de vino.

—Ese es el problema.

La conversación vuelve a fragmentarse entre los platos.

Alistair y yo no hablamos del acuerdo, solo nos limitamos a rodearlo.

Me pregunta qué necesitaría para aceptar, mientras que lo que quiero es que admita qué espera obtener.

Pero él intenta averiguar cuánto me interesa sin revelar por qué me ha elegido.

Bajo la mesa, su pierna queda demasiado cerca de la mía sin llegar a tocarme. Cuando se inclina para señalarme una fecha equivocada en una explicación de Devon, su voz baja queda entre nosotros y el olor a bergamota se mezcla con la madera del restaurante.

Cuando me aparto para alcanzar mi copa, él sigue el movimiento sin acercarse más, aunque ese matiz no me tranquiliza.

La cena termina sin que ninguno consiga una respuesta completa.

Mientras los demás discuten si el bebé puede esperar al postre, me acerco al bar para recoger mi abrigo.

Sin embargo, cuando apenas he metido un brazo en una manga, el camarero endereza la espalda y por el rabillo del ojo veo a Alistair.

Termino de colocarme el abrigo y busco en su expresión algún indicio de esa condición que todavía no ha mencionado. Alistair permanece frente a mí con una mano apoyada en la barra, la otra dentro del bolsillo del pantalón y no parece un hombre que acabe de renunciar a controlar nada.

—¿Eso es todo?

—¿Esperaba que discutiera alguna de sus condiciones?

—Esperaba que intentara conservar algo del control.

Alistair retira la mano de la barra para dejar espacio al camarero, que recoge dos copas vacías entre nosotros. Espera a que se aleje antes de contestar.

—Entonces corre el riesgo de sentirse decepcionada.

La calma con la que lo dice me irrita más que una negativa. Termino de abrocharme el abrigo, despacio, sin apartar la mirada de él.

—Nadie entrega tanto control sin reservarse una salida. ¿Dónde está la suya, Alistair Hudson?

El ruido del restaurante continúa a nuestro alrededor: los cubiertos, una risa de Dorian, la música demasiado baja para competir con las conversaciones. Alistair deja de prestar atención a todo y aunque su cuerpo apenas cambia de postura, noto el momento en que su interés se concentra en mí.

No busca el punto donde voy a ceder, parece interesado en comprobar si existe.

—La he elegido porque sé que no puedo comprarla, intimidarla ni convencerla para que escriba una versión cómoda de mí.

—Todos los hombres poderosos creen que no intentan comprar a la gente. Solo les facilitan mucho determinadas decisiones.

Sus dedos se cierran durante un instante alrededor del borde de la barra y luego los separa.

—Por eso necesito que sea usted. Cualquier periodista complaciente convertiría el reportaje en propaganda y lo que yo necesito es una investigación cuya independencia nadie pueda cuestionar. Ni siquiera usted.

Me recojo el cabello detrás de la oreja. El gesto me delata y bajo la mano antes de que él pueda interpretarlo.

—Eso explica por qué me ha elegido. No por qué desea que lo investiguen.

Alistair tarda en responder. Desde la mesa, Brock levanta una mano para pedir otra botella, pero él ni siquiera vuelve la cabeza.

—No —admite—. Explica por qué la quiero a usted para el reportaje.