Error definitivo (Errores en Manhattan 5) Capítulo 1 Naomi
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Error definitivo (Errores en Manhattan 5)

Error definitivo (Errores en Manhattan 5)

Por Sarah Valentine

© inepub.com

Capítulo 1 Naomi

El cursor lleva cuarenta minutos parpadeando sobre la misma mentira:

«La empresa atribuyó los despidos a una reestructuración natural del organigrama».

Borro natural. Ninguna reestructuración que termina con ciento veinte personas entregando su acreditación en recepción tiene demasiado de natural.

Después, vuelvo a los correos internos abiertos en la segunda pantalla.

En marzo hablaban de reducción de plantilla y en junio, de optimización del talento.

Suelto un resoplido, porque entre ambas expresiones hay ciento veinte nóminas menos y un director ejecutivo asegurando que la empresa «ha ganado agilidad».

Mi trabajo consiste, en buena medida, en encontrar el momento en que alguien decide qué palabra le conviene más que la verdad.

Escribo reestructuración diseñada para ocultar el alcance de los despidos y así, al menos, ya no parece redactado por el departamento de comunicación de la empresa.

Mientras acabo de teclear, el teléfono vibra junto a mi libreta.

Es el segundo mensaje hostil de la semana relacionado con el reportaje que tengo entre manos.

Contiene mi nombre y una fecha, sin un verbo.

Lo observo alzando una ceja con la convicción de que la falta de compromiso gramatical no lo vuelve menos amenazador.

Así que hago una captura y lo reenvío al responsable de seguridad del periódico con el asunto habitual: «Para revisión. Sin urgencia aparente» y archivo la respuesta automática.

El protocolo es sencillo: ellos conservan los mensajes, comprueban el origen, valoran el riesgo y me comunican si debo hacer algo más.

Hace años habría borrado el correo para demostrar que podía ocuparme sola. Ahora sé que delegar una amenaza en alguien que entiende de amenazas me deja más tiempo para hacer aquello que sí sé hacer.

—Naomi —me llama Rebecca desde la puerta de su despacho—. Cuando termines de corregirle el vocabulario a medio capitalismo, ven un momento.

—Me faltan dos sectores y una consultora.

—Pueden esperar.

Rebecca regresa a su despacho sin comprobar si la sigo. Lleva seis años dirigiéndome y ha perfeccionado el arte de formular órdenes con aspecto de invitación.

Cojo la libreta, le robo un bolígrafo a mi compañera de al lado y camino hacia la mesa de mi editora jefe.

La ventana del despacho de Rebecca ofrece una porción mal encuadrada de Manhattan y dos sillas al otro lado de su mesa, aunque solo una no está sepultada bajo informes. Así que me siento en la que está libre.

—Hudson Capital quiere colaborar en un reportaje sobre Proyecto Meridian —me cuenta girando su portátil hacia mí.

—¿Colaborar de verdad o facilitar tres fotografías del vestíbulo y una declaración sobre transparencia? —le pregunto arqueando una ceja.

—Acceso durante un mes. Reuniones, empleados y parte de la documentación interna. Sin revisión previa.

—¿Qué quieren a cambio? —le pregunto inclinando mi cuerpo hacia la pantalla con interés.

—Que la periodista seas tú.

Leo el correo dos veces. La cortesía corporativa suele esconder lo interesante entre una frase de agradecimiento y otra de disponibilidad. Sin embargo, esta solo ofrece una petición expresa: Naomi Rowe.

—¿Por qué yo? —quiero saber frunciendo el ceño.

—Esa pregunta tendrás que hacérsela a Alistair Hudson directamente.

No me siento halagada, porque mi primer pensamiento es averiguar qué pretende controlar eligiéndome él mismo. Alistair lleva ocho meses recibiendo preguntas mías sobre Meridian y respondiendo solo las que le permiten parecer transparente sin correr el riesgo de serlo.

—Podría haber buscado a alguien dispuesto a escribir la versión cómoda —dice Rebecca—. En cambio, ha pedido a la periodista que no deja de incomodarlo.

—Quizá quiera exhibirme para demostrar que no tiene nada que esconder. O ya ha calculado cómo utilizar lo que encuentre.

—Ambas opciones son posibles —asiente mi jefa con la cabeza.

El nuevo equipo nacional de investigaciones empresariales todavía tiene dos puestos sin adjudicar.

No necesito uno para conservar mi empleo.

Lo quiero porque estoy cansada de que cada reportaje importante se considere otra prueba, en lugar de la consecuencia lógica de que llevo años haciendo bien mi trabajo.

—Dame todo lo que tengas —le pido—. Aunque todavía no he aceptado, ¿eh?

Rebecca me entrega una hoja con las condiciones preliminares. Sabe que retengo mejor las contradicciones cuando puedo rodearlas con tinta.

—Todavía no —responde.

La lista es breve: un mes de acceso, posibilidad de entrevistar a empleados, asistencia a reuniones y acompañamiento en los desplazamientos profesionales de Alistair.

Hudson Capital no podrá revisar el texto antes de publicarlo.

Meridian será el punto de partida, pero el reportaje se centrará en la forma en que dirige la empresa y en las decisiones que toma cuando cree que el resultado las justifica.

Mientras subrayo decisiones Rebecca añade:

—Hammond & Rowe asesoraba la operación original. La que se cerró después de la boda de Juliette y Theo.

Detengo bolígrafo sobre el papel. Mi jefa no ha pronunciado el nombre de mi padre.

Tampoco hace falta. Daniel Rowe sigue presente en el bufete que fundó y en el apellido que aparece debajo de cada artículo que yo publico.

Llevo años construyendo una carrera al otro lado de su mundo y todavía basta una conjunción entre dos apellidos para devolverme a él.

—Lo sé.

—¿Te preocupa que cuestionen tu objetividad?

—Me preocupa que Hudson crea que puede utilizarme. —Rodeo el nombre del bufete con tanta fuerza que la punta atraviesa el papel—. Que piense que investigar una operación vinculada a mi padre me convierte en una pieza de su estrategia.

—¿Y te convertiría en una pieza de su estrategia rechazarla?

Levanto la vista como toda respuesta.

—Tienes hasta mañana por la mañana —se apresura en responderme—. Pero rechazar una historia por motivos personales puede ser tan poco objetivo como aceptarla por los mismos motivos. En los dos casos, estarías dejando que decidiera tu apellido.

Me irrita que tenga razón y que lo supiera antes de llamarme.

Salgo de su despacho sin decir nada más y regreso a mi mesa con las condiciones dobladas dentro de la libreta y ninguna respuesta que me guste.

El móvil vibra contra la madera. Hay catorce mensajes nuevos en el chat del grupo, once de ellos enviados por Dorian.

Encuesta oficial: ¿quién llegará tarde esta noche a Lumière?

Las cuatro opciones incluyen a Elara. La última permite votar «Elara, pero con una excusa excelente».

«No pienso participar en mi propio linchamiento», responde ella.

Diana me manda un mensaje privado antes de que termine de leer la discusión.

Diana:

¿Vendrás esta noche?

Contesto que sí sin consultar la agenda y aunque sé que podría contarle lo de Hudson Capital y Diana escucharía sin decidir por mí, no lo hago. Quiero ver a Alistair antes y observar qué hace cuando sabe que la decisión depende de mí.

Llevo meses asegurándome de que acepto esas cenas porque Diana insiste. Sin embargo, reconozco los silencios de Max, sé cuándo Amara está conteniendo una sonrisa y he aprendido que cualquier plan de Dorian necesita la intervención de dos adultos responsables.

Todavía me considero una invitada provisional del grupo, el problema es que nadie más parece haberse enterado.

Cuando llego a Lumière, la luz cálida se queda atrapada en la madera oscura y el jazz apenas sobrevive al ruido de nuestra mesa. El camarero me saluda por mi nombre y señala mi sitio. Otro indicio de pertenencia que prefiero no entretenerme a analizar.

Dorian sostiene a su bebé contra el hombro mientras defiende su inocencia ante un jurado que ya ha emitido veredicto.

—No hemos llegado tarde por mi culpa —anuncia—. Había una emergencia textil.

—Ha tardado veinte minutos en elegir la ropa del niño.

—El pijama gris le apagaba el tono de piel.

—Solo es un bebé —resopla ella.

—Precisamente. Aún no puede defenderse —ataja Dorian.

Elara deja de preguntarle a Devon por qué conoce la hora exacta a la que ha entrado cada uno.

—Va de azul marino.

—Gracias —dice Dorian—. Alguien aprecia mi esfuerzo.

—No era un cumplido.

Brock aprovecha la distracción para intercambiar dos tarjetas de sitio. Amara le golpea los dedos con la suya y devuelve ambas a su posición.

—¿Por qué las cambiabas? —pregunto mientras me siento.

—Estoy mejorando la distribución.

—Estás sentando a Dorian al lado de una columna —dice Diana.

—Exacto —asiente él con convicción.

Max baja la cabeza para esconder una sonrisa, pero Diana lo ve y le roza la muñeca con los dedos, un gesto sencillo que hace un año habría resultado imposible entre ellos.

Aparto la mirada antes de convertir una cena en una conclusión sobre mi propia vida.

Alistair llega cuando todavía faltan dos minutos para la hora acordada, algo que en cualquier otra persona sería puntualidad, pero que en su caso es sospechosamente parecido a llegar el último.

Se detiene en la entrada el tiempo justo para recorrer la mesa con la mirada hasta que localiza al bebé, las copas, la silla vacía y a mí.

Solo entonces avanza. El abrigo oscuro que leva no tiene una arruga y su cabello rubio ceniza conserva ese orden que parece requerir personal especializado para mantenerlo exactamente en el lugar deseado.

Brock le ha reservado la silla a mi lado.

La pausa de Alistair dura menos de un segundo, pero la veo. También ve la satisfacción de Brock, que no protesta y ocupa el sitio que otra persona ha elegido para él, lo que me hace considerar ese gesto como un primer dato útil.

—¿Suele escoger personalmente a los periodistas que lo investigan? —pregunto cuando toma la servilleta.

Alistair la despliega sobre sus piernas antes de mirarme. Sus ojos parecen más azules bajo la luz del restaurante, un detalle sin relación alguna con Meridian que me molesta registrar.

—Solo cuando la alternativa es permitir que alguien menos competente desperdicie mi tiempo.

Alistair termina de desplegar la servilleta sobre sus piernas y alisa una arruga con el pulgar. Lo hace sin mirarme y con serenidad.