ERROR DE CÁLCULO Capítulo 12
57%

Capítulo 12

El 18 %

El teléfono de Valeria vibraba entre sus manos.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

Nicolás observó la pantalla.

Ella observó a Nicolás.

La notificación seguía allí.

"Cambio importante detectado en su compatibilidad."

Valeria tragó saliva.

—No puede ser...

Nicolás habló en voz baja.

—Ábrelo.

Ella dudó.

Sentía una mezcla de miedo y curiosidad.

Finalmente desbloqueó el teléfono.

La aplicación solicitó autenticación biométrica.

Huella digital.

Código de seguridad.

Confirmación de identidad.

Después apareció una barra de carga.

Los dos esperaban en silencio.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Hasta que el resultado apareció.

Compatibilidad actual: 18 %.

Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—Dieciocho...

Nicolás sonrió con incredulidad.

—Subió once puntos.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Eso rompe todos nuestros modelos.

—No...

Los supera.

Durante varios segundos permanecieron mirando el número.

No era un porcentaje alto.

Seguían siendo, técnicamente, incompatibles.

Pero el crecimiento era demasiado rápido.

Y eso significaba una sola cosa.

El algoritmo estaba aprendiendo algo que jamás había visto antes.

* * *

—Tenemos que guardar esto en secreto —dijo Valeria mientras apagaba la pantalla.

—Estoy de acuerdo.

—Si Emma lo descubre...

—Cambiará todo el proyecto.

Ella asintió.

No solo el proyecto.

También cambiaría la manera en que millones de personas interpretaban el experimento.

El misterio desaparecería.

Y, peor aún...

Comenzarían a sentir una presión imposible de soportar.

* * *

Al día siguiente, Valeria llegó a la oficina con ojeras.

Había dormido menos de tres horas.

Toda la noche estuvo revisando documentos antiguos.

Versiones anteriores del algoritmo.

Notas de desarrollo.

Correos internos.

Buscaba una explicación.

Pero no encontraba ninguna.

Mientras revisaba una carpeta olvidada, apareció un archivo con un nombre curioso.

"Hipótesis emocional - Borrador."

Lo abrió.

Era un documento escrito dos años atrás.

Lo habían redactado ella y Nicolás durante las primeras reuniones del proyecto.

Comenzó a leer.

"Existe la posibilidad de que la compatibilidad inicial sea solo una fotografía del presente."

"Las personas evolucionan."

"Una relación sana modifica hábitos, prioridades, miedos y expectativas."

"Por lo tanto, la compatibilidad también puede evolucionar."

Valeria permaneció inmóvil.

Habían sido ellos mismos quienes habían planteado aquella teoría.

Pero nunca llegaron a desarrollarla.

Porque pensaron que era imposible demostrarla.

Hasta ahora.

* * *

Mientras tanto, Nicolás revisaba otro problema.

No era técnico.

Era humano.

Cada vez que veía a Valeria...

Sonreía.

Y eso comenzaba a preocuparle.

Diego apareció detrás de él.

—Buenos días, Romeo.

—No empieces.

—¿Ya le dijiste?

—¿Decir qué?

—Que te gusta.

Nicolás soltó una risa nerviosa.

—Ni siquiera estoy seguro.

Diego se sentó frente a él.

—Te haré tres preguntas.

Solo responde sí o no.

—Adelante.

—¿Piensas en ella cuando llegas a casa?

Nicolás guardó silencio.

—Sí.

—¿Te importa si está triste?

—Sí.

—¿Te gustaría seguir viéndola cuando termine el experimento?

El silencio duró mucho más.

Finalmente respondió.

—Sí.

Diego sonrió.

—Felicidades.

Estás perdido.

* * *

Aquella tarde recibieron una nueva invitación.

Esta vez no era parte del experimento.

Una universidad quería que ambos dieran una conferencia sobre inteligencia artificial.

Emma aceptó encantada.

—Será excelente publicidad.

La conferencia se realizó frente a más de mil estudiantes.

Después de explicar cómo funcionaba MATCH, comenzaron las preguntas del público.

Un joven levantó la mano.

—Tengo una duda.

Valeria sonrió.

—Adelante.

—¿Puede una inteligencia artificial predecir el amor?

Ella respiró profundamente.

Aquella pregunta habría sido muy fácil de responder una semana antes.

Ahora no.

—Puede analizar patrones.

Puede calcular probabilidades.

Puede encontrar afinidades.

Hizo una pausa.

—Pero...

No puede obligar a dos personas a enamorarse.

Los estudiantes aplaudieron.

Luego otra chica levantó la mano.

—¿Y puede equivocarse?

Nicolás respondió.

—Todo modelo matemático tiene un margen de error.

La diferencia está en reconocerlo.

Los aplausos fueron aún más fuertes.

Al bajar del escenario, Valeria caminaba en silencio.

—¿Qué pasa? —preguntó Nicolás.

Ella sonrió con cierta nostalgia.

—Hace dos semanas habría respondido exactamente lo contrario.

—Lo sé.

—¿Crees que estamos cambiando?

Él la miró.

—Creo que estamos aprendiendo.

* * *

Cuando salieron de la universidad ya era de noche.

El conductor que debía recogerlos llamó.

—Señor Vega, hubo un accidente en la avenida principal.

Llegaré en aproximadamente una hora.

Nicolás colgó.

—Tenemos una hora libre.

Valeria miró alrededor.

Frente a la universidad había un pequeño parque.

Sin cámaras.

Sin periodistas.

Sin producción.

—Podemos esperar allí.

Caminaron lentamente entre los árboles.

El parque estaba casi vacío.

Solo una pareja de ancianos jugaba ajedrez.

Un niño paseaba a un perro.

Y un músico callejero tocaba un viejo saxofón.

La melodía era tranquila.

Nicolás observó a la pareja de ancianos.

—¿Los ves?

Valeria asintió.

—Sí.

—¿Cómo crees que se conocieron?

Ella sonrió.

—Probablemente no por una aplicación.

—Definitivamente no.

Los dos rieron.

Se sentaron en una banca.

El músico comenzó a interpretar una canción aún más suave.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Una niña de unos ocho años se acercó.

Llevaba una pequeña caja llena de flores.

—¿Quieren comprar una rosa?

Valeria respondió amablemente.

—Gracias, pero...

Antes de terminar la frase, Nicolás ya había sacado dinero.

Compró una rosa blanca.

La niña sonrió.

—Es para su novia.

Valeria abrió mucho los ojos.

—No...

Nosotros...

La niña ya se había marchado corriendo.

Nicolás observó la flor entre sus manos.

—Esto es un poco incómodo.

Ella soltó una risa.

—Bastante.

Él levantó la rosa.

—Bueno...

Ya la compré.

Sería una pena tirarla.

Durante unos segundos dudó.

Después se la ofreció.

—¿La quieres?

Valeria observó la flor.

Nadie le regalaba una desde hacía muchos años.

La tomó con cuidado.

—Gracias.

El gesto fue sencillo.

Sin discursos.

Sin intención romántica aparente.

Pero ambos sintieron que significaba mucho más.

* * *

A varios metros de allí, dentro de un automóvil negro estacionado discretamente, dos camarógrafos observaban la escena.

Uno de ellos bajó lentamente la cámara.

—¿No grabas?

—No.

—¿Por qué?

El hombre siguió mirando a la pareja sentada en la banca.

Valeria sostenía la rosa mientras hablaba y reía con una naturalidad que jamás había mostrado al inicio del experimento.

Nicolás la escuchaba como si no existiera nadie más.

El camarógrafo sonrió.

—Porque hay momentos que dejan de pertenecer a un programa.

—¿Y entonces?

—Entonces pertenecen únicamente a las personas que los están viviendo.

Y, sin que ninguno de los dos lo supiera, aquella rosa blanca terminaría convirtiéndose en el símbolo silencioso de una historia que ya nadie podía explicar con números.