Capítulo 10
El porcentaje que nadie debía conocer
El servidor principal de Nexus Labs trabajaba en silencio.
Miles de millones de operaciones matemáticas se ejecutaban cada segundo.
Los relojes inteligentes de Valeria y Nicolás acababan de enviar una nueva actualización al sistema.
Ritmo cardíaco.
Tiempo de conversación.
Distancia física.
Expresiones faciales.
Nivel de estrés.
Frecuencia de sonrisas.
Todo era analizado.
La inteligencia artificial comenzó un nuevo cálculo.
Durante casi un minuto, las luces del servidor parpadearon más rápido de lo habitual.
Entonces apareció un nuevo resultado.
Compatibilidad actual: 7 %.
No parecía un gran cambio.
Pero para el algoritmo era gigantesco.
Había aumentado más del doble en un solo día.
Y nadie lo sabía.
Todavía.
* * *
A la mañana siguiente, Valeria llegó antes que todos.
Tenía una sensación extraña desde la noche anterior.
No podía explicarla.
Solo necesitaba comprobar una cosa.
Entró al laboratorio.
Inició sesión.
Ejecutó la prueba.
Esperó.
Cuando apareció el resultado sintió que el corazón se detenía por un instante.
7 %.
Volvió a ejecutar el análisis.
El mismo número.
Una tercera vez.
Exactamente igual.
—No puede estar creciendo tan rápido...
Apoyó ambas manos sobre el escritorio.
Era imposible.
El algoritmo necesitaba semanas para modificar porcentajes.
No días.
Abrió los registros internos.
Todo estaba funcionando correctamente.
No había errores.
No había manipulaciones.
No había fallos.
Simplemente...
El sistema estaba aprendiendo más rápido de lo previsto.
* * *
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Nicolás la hizo girarse.
Él sostenía dos cafés.
Y una bolsa de papel.
—Traje desayuno.
Ella levantó una ceja.
—No suelo desayunar dos veces.
—Lo investigué.
Entonces traje fruta.
Sacó un pequeño recipiente con fresas perfectamente lavadas.
Valeria no pudo evitar sonreír.
—¿Las lavaste?
—Tres veces.
Como tú.
Ella tomó una.
—Gracias.
Comieron en silencio.
Era un silencio cómodo.
Ninguno sentía la necesidad de llenarlo con palabras.
Finalmente Nicolás habló.
—¿Subió?
Valeria levantó la vista.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque también lo vi.
Ella suspiró.
—Siete por ciento.
Él asintió lentamente.
—Siete.
Permanecieron varios segundos sin decir nada.
Hasta que Valeria formuló la pregunta que ambos evitaban.
—¿Y ahora qué hacemos?
Nicolás respondió con sinceridad.
—No tengo idea.
—Emma no puede enterarse.
—Todavía no.
—¿Y si sigue aumentando?
Él sonrió.
—Entonces tendremos un problema muy interesante.
* * *
Ese mismo día recibieron una invitación inesperada.
Una importante revista tecnológica quería entrevistarlos.
La sesión sería conjunta.
Emma aceptó inmediatamente.
—Es publicidad gratuita.
Una hora después estaban sentados frente a una periodista llamada Laura Méndez.
Era famosa por hacer preguntas incómodas.
Después de hablar sobre inteligencia artificial y desarrollo de software, sonrió.
—Ahora una pregunta personal.
Los dos se miraron.
Ya sabían lo que venía.
—¿Qué fue lo primero que pensaron cuando el algoritmo les dio un uno por ciento?
Valeria respondió primero.
—Pensé que existía un error.
Laura miró a Nicolás.
—¿Y tú?
Él sonrió.
—Pensé que iba a ser un mes muy largo.
Todos rieron.
Laura continuó.
—¿Y ahora?
Silencio.
Era una pregunta mucho más difícil.
Valeria buscó las palabras.
—Ahora...
Creo que los seres humanos somos más complejos de lo que cualquier algoritmo puede medir.
Laura tomó nota.
Después miró a Nicolás.
—¿Estás de acuerdo?
Él observó a Valeria antes de responder.
—Sí.
Porque una persona nunca es exactamente igual dos días seguidos.
Y eso también cambia cualquier cálculo.
Laura sonrió.
Aquella respuesta era mucho mejor de lo que esperaba.
* * *
La entrevista fue publicada esa misma tarde.
Los titulares aparecieron en todos los portales tecnológicos.
"Los creadores de MATCH dudan de los límites de la inteligencia artificial."
"¿Puede el amor cambiar un algoritmo?"
Las reproducciones volvieron a dispararse.
Emma estaba encantada.
No sabía que la frase era mucho más cierta de lo que imaginaba.
* * *
Esa noche la siguiente cita era diferente.
No habría competencia.
No habría juegos.
Solo una clase de cocina.
Una chef reconocida les enseñaría a preparar comida italiana.
—Bienvenidos.
Hoy aprenderán a hacer pasta artesanal.
Valeria levantó la mano.
—Nunca he cocinado.
La chef sonrió.
—Perfecto.
Aprenderás.
Nicolás tampoco era un experto.
—Mi especialidad es pedir comida por aplicación.
Todos rieron.
* * *
La masa resultó más difícil de lo esperado.
—Hay que amasarla con paciencia —explicó la chef.
Nicolás comenzó con entusiasmo.
Cinco minutos después tenía harina en el cabello.
En la barba.
En la camisa.
Incluso en un zapato.
Valeria intentó contener la risa.
No lo consiguió.
—¿Qué?
—Pareces un fantasma.
Él se miró.
—Creo que exageras.
La chef apareció detrás de él.
—No.
Tiene razón.
Todos estallaron en carcajadas.
* * *
Mientras tanto, Valeria trabajaba con una precisión casi quirúrgica.
La masa era un círculo perfecto.
La chef la observó sorprendida.
—Nunca había visto a un principiante hacer esto.
Nicolás se acercó.
—Déjame ver.
Intentó levantar la masa.
Resbaló.
Y la dejó caer directamente sobre la cabeza de Valeria.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
La harina cayó lentamente sobre su cabello.
Su rostro.
Sus hombros.
Nicolás palideció.
—Yo...
Lo siento muchísimo.
Valeria permanecía inmóvil.
Los camarógrafos no sabían si seguir grabando o salir corriendo.
Nicolás tomó una servilleta.
—De verdad fue un accidente.
Ella levantó lentamente la vista.
Lo miró fijamente.
Y, de repente...
Tomó un puñado de harina.
Se la lanzó directamente al rostro.
El golpe fue perfecto.
Ahora ambos estaban completamente blancos.
La chef comenzó a reír.
Los camarógrafos también.
Después Nicolás agarró otro puñado.
—No lo hagas...
—Demasiado tarde.
Cinco minutos después...
Toda la cocina era un campo de batalla.
Harina en el suelo.
Harina sobre las mesas.
Harina en el techo.
Y dos ingenieros que no podían dejar de reír.
La chef levantó las manos.
—¡Alto!
Los dos se quedaron quietos.
Respiraban agitados.
Todavía riéndose.
Se miraron.
Por un instante el resto del mundo desapareció.
Nicolás se acercó.
Muy despacio.
Con delicadeza retiró un poco de harina que había quedado sobre la mejilla de Valeria.
Ella no retrocedió.
Solo lo observó.
Los dos estaban tan cerca que podían escuchar la respiración del otro.
Parecía que el tiempo se había detenido.
Entonces...
—¡Perfecto!
El flash de una cámara rompió el momento.
Los dos se separaron inmediatamente.
El fotógrafo acababa de capturar una imagen espectacular.
Una fotografía que, al día siguiente, aparecería en miles de periódicos y redes sociales.
La imagen mostraba a dos personas cubiertas de harina, riéndose con una naturalidad imposible de fingir.
Pero había un detalle que solo una persona alcanzó a notar.
Emma.
Que observaba la transmisión desde su oficina.
Miró la fotografía ampliada varias veces.
Después susurró para sí misma:
—No...
Eso no es actuación.
Y por primera vez desde que comenzó el experimento, sintió miedo de que el algoritmo no fuera el único que estaba cambiando.