Capítulo 8
Cuando el algoritmo empezó a mentir
La lluvia de aquella noche se convirtió en el video más visto desde que comenzó el experimento.
No hubo besos.
No hubo abrazos.
Ni siquiera se tomaron de la mano.
Y, sin embargo, millones de personas aseguraban haber visto algo mucho más importante.
Una conexión.
Las redes sociales estaban completamente divididas.
#TeamAlgoritmo
"Todo es la presión del experimento."
"Cuando termine, no volverán a hablarse."
"La química no paga las diferencias."
Y del otro lado...
#TeamErrorDeCálculo
"Se están enamorando."
"Solo ellos todavía no lo saben."
"El algoritmo jamás calculó cómo se miran."
Emma observaba las estadísticas desde la sala de monitoreo.
Los números eran extraordinarios.
Pero había uno que la preocupaba.
El porcentaje de personas que creían que la pareja terminaría junta había pasado del 18 % al 67 % en apenas tres días.
Eso no era lo que habían prometido.
* * *
Al día siguiente, Valeria llegó a la oficina con una idea fija en la cabeza.
Debía demostrar que todo aquello era una ilusión.
Lo ocurrido bajo la lluvia había sido un momento aislado.
Nada más.
Entró directamente al laboratorio donde se encontraba el servidor principal de MATCH.
Pasó su tarjeta.
La puerta se abrió.
Las enormes máquinas emitían un zumbido constante.
Miles de luces verdes parpadeaban.
Se sentó frente al servidor.
Abrió el algoritmo.
Volvió a ejecutar la prueba.
Valeria Torres
Nicolás Vega
Procesando...
Tres millones doscientas mil variables.
Compatibilidad...
1 %.
Frunció el ceño.
Ejecutó nuevamente la simulación.
El mismo resultado.
Otra vez.
Y otra.
Siempre igual.
—¿Qué estoy pasando por alto?
Abrió los registros internos.
Revisó cada módulo.
Los modelos predictivos.
Las redes neuronales.
Los filtros emocionales.
Todo funcionaba perfectamente.
Sin embargo...
Había algo extraño.
El algoritmo seguía clasificándolos como incompatibles.
Pero algunos parámetros secundarios estaban cambiando.
Volvió a leerlos.
Nivel de confianza mutua: aumentando.
Frecuencia de sonrisas compartidas: aumentando.
Tiempo promedio de contacto visual: aumentando.
Nivel de comodidad física: aumentando.
Valeria abrió mucho los ojos.
Eso no debía ocurrir.
Porque esos indicadores normalmente modificaban el porcentaje final.
Pero aquí no.
El uno por ciento permanecía inmóvil.
Como si alguien hubiera bloqueado el resultado.
* * *
Al mismo tiempo...
Nicolás trabajaba en otro piso.
Diego apareció con dos cafés.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Te gusta?
Nicolás casi dejó caer la taza.
—¿Quién?
—No te hagas el tonto.
Valeria.
Él negó inmediatamente.
—No.
—Muy rápido.
—Porque es verdad.
Diego se sentó frente a él.
—Entonces explícame algo.
Sacó el teléfono.
Puso pausa en un video.
Era una captura del momento bajo la lluvia.
—¿Por qué la miras así?
Nicolás observó la imagen.
No supo responder.
—Es...
No sé.
—Exacto.
No sabes.
Diego sonrió.
—Y eso solo pasa cuando empiezas a sentir algo.
* * *
A mediodía, Emma convocó una reunión urgente.
Cuando Valeria y Nicolás entraron, encontraron también a Óscar y al equipo de desarrollo.
Sobre la pantalla aparecía un mensaje.
ANOMALÍA DETECTADA.
Valeria levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Óscar señaló el monitor.
—Recibimos cientos de miles de nuevos usuarios de prueba.
Hasta ahí todo bien.
Cambió la diapositiva.
—Pero hay un comportamiento extraño.
Aparecieron varias gráficas.
—Desde que comenzó su experimento, muchas personas están repitiendo el test varias veces.
—Eso es normal —dijo Nicolás.
—No exactamente.
Otra gráfica apareció.
—Cuando alguien obtiene un resultado bajo...
Lo ignora.
Hace el test otra vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta conseguir el porcentaje que desea.
Valeria permaneció pensativa.
Emma intervino.
—La gente ya no quiere saber la verdad.
Quiere que el algoritmo confirme lo que ya siente.
El silencio llenó la sala.
Aquella frase quedó flotando en el aire.
* * *
Después de la reunión, Valeria alcanzó a Nicolás en el pasillo.
—¿Tienes un momento?
—Claro.
Entraron a una pequeña sala de reuniones.
Ella abrió su computadora.
—Quiero mostrarte algo.
Le enseñó los registros del sistema.
Nicolás comenzó a leer.
Cinco minutos después dejó de sonreír.
—Eso es raro.
—Muy raro.
—Los indicadores emocionales están cambiando.
—Sí.
—Pero el porcentaje permanece congelado.
Ella asintió.
—Nunca había visto algo así.
Él comenzó a escribir código.
Revisó el motor de inteligencia artificial.
Después el sistema de aprendizaje.
Finalmente abrió el núcleo del algoritmo.
Pasaron casi cuarenta minutos.
Los dos permanecían completamente concentrados.
Hasta que Nicolás dejó de escribir.
—Encontré algo.
Valeria se acercó inmediatamente.
En una parte del código aparecía una función creada casi dos años atrás.
Los dos comenzaron a leerla.
Después se miraron.
—No puede ser.
Aquella función establecía que el porcentaje de compatibilidad solo podía actualizarse después de recopilar cierta cantidad de experiencias reales entre dos personas.
Antes de eso...
El resultado permanecía bloqueado.
—Lo escribimos nosotros.
—Sí.
—¿Cómo pudimos olvidarlo?
Nicolás soltó una pequeña risa.
—Porque nunca pensamos que alguien usaría el algoritmo consigo mismo.
Valeria permaneció inmóvil.
Eso significaba que...
El uno por ciento todavía no era definitivo.
El sistema seguía aprendiendo.
* * *
—Entonces...
¿Podría cambiar? —preguntó ella.
Nicolás asintió lentamente.
—Sí.
—¿Mucho?
—No lo sé.
Nunca hicimos una prueba así.
Valeria sintió una mezcla de alivio y nerviosismo.
—¿Se lo contamos a Emma?
Él pensó unos segundos.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque si cambia demasiado...
Toda la campaña publicitaria se viene abajo.
Ella sabía que tenía razón.
Decidieron guardar el secreto.
Al menos por unos días.
* * *
Aquella tarde tuvieron otra cita.
Muy sencilla.
Solo caminaron por un mercado de productores locales.
Sin embargo, algo era diferente.
Los dos eran conscientes de que el algoritmo seguía observándolos.
Aprendiendo.
Cada conversación.
Cada sonrisa.
Cada silencio.
Cada gesto.
Valeria comenzó a sentirse observada por su propia creación.
Mientras recorrían los puestos de frutas, Nicolás tomó una fresa.
—Prueba.
Ella negó.
—No.
—¿Por qué?
—No está lavada.
Él la dejó otra vez sobre la mesa.
—Olvido que eres científica.
Ella sonrió.
Compró un paquete de fresas.
Diez minutos después, sentados en un banco del parque, sacó una pequeña botella de agua de su bolso.
Lavó cuidadosamente cada una.
Luego le entregó una.
—Ahora sí.
Nicolás soltó una carcajada.
—Eres imposible.
—Y tú demasiado paciente.
Él la miró sorprendido.
Era la primera vez que ella le hacía un cumplido, aunque estuviera disfrazado.
* * *
Cuando terminó la cita, Nicolás regresó a casa.
Antes incluso de quitarse la chaqueta, abrió su portátil.
Ingresó al servidor privado.
Solo quería comprobar una cosa.
Ejecutó nuevamente el algoritmo.
Esperó.
La barra de progreso avanzó lentamente.
Resultado...
Ya no aparecía el uno por ciento.
Nicolás parpadeó.
Volvió a ejecutar la prueba.
El mismo resultado.
No era un error.
En silencio, observó la pantalla.
El número había cambiado.
3 %.
Solo dos puntos más.
Pero era suficiente para demostrar que el algoritmo estaba aprendiendo.
Y que, por primera vez desde que comenzó el experimento, el futuro ya no estaba escrito.
Nicolás apoyó la espalda en la silla.
Sonrió.
No por el tres por ciento.
Sino porque comprendió algo mucho más importante.
El algoritmo acababa de admitir que podía equivocarse... o, al menos, que las personas podían cambiar cuando se daban la oportunidad de conocerse.