Capítulo 7
La noche que no estaba en el guion
A la mañana siguiente, el video de la segunda cita había explotado en internet.
La escena de la montaña rusa se convirtió en un fenómeno.
Miles de personas compartían el instante exacto en el que Valeria, la mujer que parecía incapaz de perder el control, gritaba con todas sus fuerzas y terminaba riéndose como una niña.
Pero el momento más repetido no era ese.
Era otro.
Los tres segundos en los que limpiaba con una servilleta el azúcar de la nariz de Nicolás.
El editor incluso había hecho un acercamiento.
Las redes sociales enloquecieron.
—"¡Ella lo tocó!"
—"Nadie toca a alguien así si no le importa."
—"El algoritmo ya perdió."
—"Solo van seis días y ya parecen pareja."
—"Esperen al capítulo de los celos."
Emma observaba las cifras desde su oficina.
Cinco millones de reproducciones en menos de doce horas.
Las acciones de Nexus Labs seguían subiendo.
Pero había un problema.
Uno grande.
El experimento estaba dejando de parecer un fracaso.
Y eso no era lo que habían prometido.
* * *
Esa misma mañana reunió al equipo creativo.
—Necesitamos una cita distinta.
Óscar levantó la vista.
—¿Qué propones?
—Nada elegante.
Nada romántico.
Nada que parezca preparado.
Una asistente intervino.
—¿Y una actividad donde tengan que trabajar juntos?
Emma negó con la cabeza.
—Eso podría unirlos más.
Silencio.
Entonces Diego, que había ido a dejar unos documentos, habló desde la puerta.
—¿Y si simplemente los dejamos solos?
Todos lo miraron.
—¿Cómo?
—Hasta ahora siempre han tenido un itinerario.
Una cámara.
Horarios.
Indicaciones.
¿Por qué no les damos una noche libre?
Emma frunció el ceño.
—¿Sin plan?
—Exactamente.
Que decidan ellos.
Óscar sonrió lentamente.
—Eso sí sería un experimento real.
* * *
A las cuatro de la tarde Valeria recibió un mensaje.
Emma: "Hoy no habrá itinerario."
Ella respondió inmediatamente.
¿Cómo que no habrá itinerario?
La respuesta llegó enseguida.
Improvisen.
Valeria miró la pantalla varios segundos.
Luego escribió.
Improvisar no es un plan.
La respuesta fue casi inmediata.
Precisamente.
Valeria dejó caer el teléfono sobre el escritorio.
—Esto va a salir mal.
* * *
En otro lugar de la ciudad, Nicolás recibió exactamente el mismo mensaje.
Su reacción fue completamente diferente.
—¡Sí!
Newton levantó la cabeza.
—Por fin una cita normal.
El perro movió la cola.
—Bueno...
Lo más normal posible.
* * *
A las siete de la noche ambos se encontraron frente al edificio de Nexus Labs.
No había camarógrafos alrededor.
Solo un automóvil negro estacionado a unos metros.
Dentro viajaban discretamente dos personas del equipo de grabación.
No intervendrían.
Solo observarían desde lejos.
Valeria llevaba un vestido azul marino sencillo.
Sin chaqueta.
Era la primera vez que Nicolás la veía fuera de su ropa de oficina.
Por un instante olvidó saludar.
—¿Qué?
—Nada.
Solo...
Te ves diferente.
Ella acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Gracias.
Tú también.
Nicolás llevaba una camisa blanca remangada y unos vaqueros oscuros.
Parecía mucho más elegante que de costumbre.
—Diego me obligó.
—¿A qué?
—Dijo que, si venía con una camiseta vieja, me quitaría las llaves del apartamento otra vez.
Ella soltó una pequeña risa.
—Empiezo a apreciar a tu amigo.
—No se lo digas.
Se volverá insoportable.
* * *
Permanecieron varios segundos sin saber qué hacer.
Valeria fue la primera en hablar.
—¿Cuál es el plan?
Nicolás sonrió.
—No hay.
—Eso ya lo sé.
—Entonces...
Comencemos caminando.
Ella dudó.
No estaba acostumbrada a caminar sin destino.
Pero aceptó.
—De acuerdo.
Comenzaron a recorrer las calles del centro.
Sin cámaras delante.
Sin periodistas.
Sin un horario.
Solo ellos.
Era extraño.
Y, al mismo tiempo, sorprendentemente cómodo.
* * *
Mientras caminaban pasaron frente a una pequeña librería antigua.
Nicolás se detuvo.
—¿Entramos?
—¿Te gusta leer?
—Mucho.
Ella parecía sorprendida.
—Pensé que solo jugabas videojuegos.
Él fingió indignarse.
—Eso fue ofensivo.
Entraron.
El lugar olía a papel viejo y café recién hecho.
Un anciano acomodaba libros detrás del mostrador.
—Buenas noches.
Bienvenidos.
Nicolás comenzó a recorrer los estantes.
Valeria hizo lo mismo.
Después de unos minutos ambos tomaron el mismo libro exactamente al mismo tiempo.
Sus manos se tocaron.
Los dos se quedaron inmóviles.
Era una vieja edición de "El Principito".
Nicolás sonrió.
—Tú primero.
Ella negó.
—No.
Tómalo.
—¿Segura?
—Sí.
Él abrió el libro.
En la primera página había una dedicatoria escrita a mano.
"Para quien todavía crea que las cosas más importantes no pueden medirse."
Los dos leyeron la frase al mismo tiempo.
Valeria permaneció en silencio.
Aquellas palabras le recordaban demasiado al algoritmo.
Nicolás levantó la vista.
—Bonita casualidad.
Ella asintió lentamente.
—Sí...
Muy bonita.
* * *
Continuaron caminando.
Ya había oscurecido.
Las luces de la ciudad comenzaban a reflejarse sobre el río.
Encontraron un pequeño puesto callejero que vendía chocolate caliente.
—¿Quieres uno? —preguntó Nicolás.
—No suelo beber azúcar por la noche.
—¿Nunca haces excepciones?
Ella pensó unos segundos.
Después respondió algo que la sorprendió incluso a ella.
—Supongo que hoy sí.
Él sonrió.
Pidió dos vasos.
Se sentaron en una banca frente al río.
Por primera vez desde que comenzó el experimento, el silencio no resultaba incómodo.
Simplemente observaban el agua.
* * *
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Nicolás.
—Depende.
—¿Siempre has querido controlar absolutamente todo?
Ella sostuvo el vaso entre las manos.
—No.
—¿Entonces?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—Cuando tenía dieciséis años mis padres se divorciaron.
Todo ocurrió muy rápido.
Un día éramos una familia.
Al siguiente...
Mi padre ya no estaba en casa.
Nicolás permaneció callado.
Ella continuó.
—Me di cuenta de que había demasiadas cosas que no podía controlar.
Así que empecé a controlar las que sí podía.
Mis horarios.
Mis estudios.
Mi trabajo.
Mi tiempo.
Mi vida.
Él comprendió inmediatamente.
El orden no era una obsesión.
Era un refugio.
—Lo siento.
Ella sonrió con tristeza.
—Hace muchos años.
Ya estoy bien.
—¿Seguro?
Valeria miró el río.
—No lo sé.
* * *
Pasaron unos minutos.
Ahora fue ella quien habló.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué eres incapaz de planificar algo?
Nicolás soltó una pequeña risa.
—Porque mi padre planificaba absolutamente todo.
Todo.
Vacaciones.
Comidas.
Horarios.
Hasta los domingos tenían un horario.
Ella escuchaba atentamente.
—Cuando murieron mis padres...
Comprendí que la vida puede cambiar en un segundo.
Desde entonces intento disfrutar el momento.
Porque mañana...
Tal vez no exista.
Valeria bajó la mirada.
Era curioso.
Los dos habían llegado al mismo lugar por caminos completamente opuestos.
Ella intentaba controlar el futuro.
Él había aprendido a vivir el presente.
* * *
En ese momento comenzó a llover.
Al principio fueron unas pocas gotas.
Después muchas más.
Nicolás levantó la vista.
—Corre.
—¿Por qué?
—Porque nos vamos a empapar.
Ella reaccionó tarde.
Cuando comenzaron a correr ya estaban completamente mojados.
Encontraron refugio bajo el techo de una pequeña cafetería cerrada.
Ambos respiraban agitados.
El cabello de Valeria estaba completamente desordenado.
Nicolás comenzó a reír.
Ella lo miró confundida.
—¿Qué?
—Nunca te había visto despeinada.
Ella levantó una mano para acomodarse el cabello.
Él la detuvo suavemente.
—No.
Déjalo así.
—¿Por qué?
—Porque te ves...
Buscó la palabra.
—Real.
Ella sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
Nadie la había llamado así.
Nunca.
Antes de que pudiera responder, un enorme trueno iluminó el cielo.
Instintivamente dio un pequeño paso hacia él.
Muy pequeño.
Pero suficiente para quedar casi a su lado.
Los dos se dieron cuenta al mismo tiempo.
Ninguno se movió.
Solo se miraron.
Durante unos segundos pareció que el ruido de la ciudad desaparecía.
Entonces sonó un teléfono.
Era el de Nicolás.
Los dos se separaron inmediatamente.
Él respondió.
—¿Sí?
Era Emma.
—¿Cómo va la cita?
Nicolás miró a Valeria, que observaba la lluvia con una expresión que él no lograba descifrar.
Sonrió sin darse cuenta.
—Va... mucho mejor de lo que esperaba.
Y, a varios metros de distancia, dentro del automóvil donde viajaban los camarógrafos, uno de ellos bajó lentamente la cámara.
—¿Qué pasa? —preguntó su compañero.
El hombre seguía mirando a la pareja bajo la lluvia.
—No sé cómo explicar esto...
Pero creo que acabamos de grabar el instante exacto en que dejaron de actuar como dos desconocidos.