Capítulo 6
El museo, la montaña rusa y una apuesta inesperada
El jueves amaneció con una lluvia fina que cubría la ciudad con un cielo gris.
Valeria llevaba despierta desde las cinco y media.
Había corrido diez kilómetros, desayunado exactamente dos tostadas con aguacate, un yogur natural y café sin azúcar. Después revisó el pronóstico del tiempo, el tráfico, las exposiciones temporales del museo y el mapa del parque de diversiones.
Incluso había calculado cuánto tiempo tomaría caminar entre una atracción y otra.
A las nueve en punto imprimió el itinerario.
Cinco hojas perfectamente organizadas.
A las nueve y cinco lo guardó en una carpeta transparente.
A las nueve y diez sonó el teléfono.
Era Nicolás.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Tengo una mala noticia.
Valeria sintió un vacío en el estómago.
—¿Llegarás tarde?
—No.
—¿Entonces?
—Olvidé dónde estacioné el auto.
Ella permaneció unos segundos en silencio.
—¿Cómo se olvida alguien de dónde dejó su automóvil?
—Con mucho talento.
Valeria cerró los ojos.
—¿Hace cuánto lo estás buscando?
—Media hora.
—¿Y dónde apareció?
—Todavía no aparece.
Ella respiró profundamente.
—Nicolás...
—Es broma.
Hubo un silencio.
Después él comenzó a reír.
—¡Tenías que ver tu cara!
Valeria no respondió.
—¿Valeria?
Silencio.
—¿Te molestaste?
Silencio.
—Creo que sí se molestó...
Ella finalmente habló.
—Estoy colgando.
Y colgó.
Nicolás miró la pantalla del teléfono.
—Creo que ese chiste no salió bien.
Newton, sentado junto a la puerta, movió la cola como si estuviera de acuerdo.
* * *
A las once de la mañana ambos llegaron al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Esta vez Nicolás apareció tres minutos antes.
Valeria miró su reloj.
—Llegaste temprano.
—Aprendo rápido.
—¿Qué ocurrió?
—Diego escondió las llaves de mi apartamento.
—¿Qué?
—Dijo que solo me las devolvía si salía con una hora de anticipación.
Valeria no pudo evitar sonreír.
—Empiezo a entender por qué son amigos.
—Porque estamos igual de locos.
—Exacto.
Los camarógrafos grababan discretamente mientras los dos entraban al edificio.
El museo estaba casi vacío.
Solo algunas familias recorrían las salas.
Valeria parecía completamente feliz.
Sus ojos brillaban observando antiguos telescopios, motores y computadoras de los años ochenta.
—¿Sabías que este procesador tenía apenas un megabyte de memoria?
Nicolás respondió sin mirar la vitrina.
—Sí.
—¿Sabías que ocupaba el tamaño de un refrigerador?
—También.
—¿Sabías...?
—Valeria...
Ella lo miró.
—Yo soy programador.
Ella se quedó callada unos segundos.
—Cierto.
Él sonrió.
—Pero me gusta escucharte.
Porque cuando hablas de tecnología parece que estás contando una historia de amor.
Valeria lo observó confundida.
Nadie le había dicho algo parecido.
Jamás.
* * *
En otra sala encontraron una antigua computadora con teclado mecánico.
Había un cartel.
"Puede probar el equipo."
Nicolás se sentó inmediatamente.
—Déjame adivinar.
¿Quieres escribir código?
—Solo cinco minutos.
—Cinco minutos exactos.
—Lo prometo.
Cinco minutos después...
Seguía escribiendo.
Valeria cruzó los brazos.
—Han pasado doce.
—Solo estoy optimizando una cosa.
—¿Una computadora de hace cuarenta años?
—Tiene potencial.
Ella negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Él sonrió.
—Y tú sigues aquí.
* * *
Cuando terminaron el recorrido salieron al estacionamiento.
Ahora tocaba la segunda parte del acuerdo.
El parque de diversiones.
Valeria lo observó desde la entrada como si estuviera viendo una película de terror.
Niños corriendo.
Música fuerte.
Globos.
Palomitas de maíz.
Gente gritando en las montañas rusas.
—No puedo creer que la gente pague por esto.
Nicolás parecía un niño de diez años.
—¡Esto es maravilloso!
—Esto es caótico.
—Eso también.
Tomó dos mapas.
Le entregó uno.
Ella lo dobló inmediatamente.
—No lo necesito.
—¿Por qué?
Sacó la carpeta transparente de su bolso.
Dentro había otro plano.
Con varias líneas de colores.
Nicolás abrió mucho los ojos.
—¿Hiciste un plan del parque?
—Optimicé la ruta para reducir tiempos de espera.
Él comenzó a reír tan fuerte que una pareja volteó a mirarlos.
—¿Qué?
—Nada...
Simplemente eres fascinante.
—¿Fascinante?
—Nunca conocí a alguien que planificara hasta la diversión.
Ella guardó silencio.
Aquello sonó casi como un cumplido.
* * *
La primera atracción fue una rueda de observación.
Valeria la eligió porque era tranquila.
Subieron a una cabina.
Cuando comenzaron a elevarse, la ciudad apareció frente a ellos.
Durante unos minutos ninguno habló.
El paisaje era hermoso.
—¿Siempre has vivido aquí? —preguntó Nicolás.
—Desde los ocho años.
¿Y tú?
—Toda la vida.
Silencio otra vez.
—¿Tus padres?
La expresión de Nicolás cambió apenas un poco.
—Murieron cuando tenía veinte años.
Valeria lo miró sorprendida.
No lo sabía.
—Lo siento.
Él sonrió con serenidad.
—Hace mucho tiempo.
Aprendí a seguir adelante.
Ella bajó la mirada.
—Debió ser difícil.
—Lo fue.
Pero me quedó una regla.
—¿Cuál?
—Nunca dejar una conversación importante para mañana.
Nunca sabes si habrá otra oportunidad.
Valeria permaneció en silencio.
Aquellas palabras le llegaron más de lo que esperaba.
* * *
Al bajar de la rueda, Nicolás señaló una enorme montaña rusa.
—Ahora esa.
Valeria respondió inmediatamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quiero vivir.
—No pasa nada.
—Las probabilidades de sufrir un accidente...
—Son bajísimas.
—Exactamente.
—Entonces...
Ella lo interrumpió.
—Pero existen.
Nicolás sonrió.
—¿Confías en las matemáticas?
—Siempre.
—Perfecto.
Las matemáticas dicen que estaremos bien.
Ella frunció el ceño.
Él acababa de usar su propia lógica en su contra.
—Eso es manipulación estadística.
—Eso es convencerte.
—No funcionará.
Él señaló a una niña de unos siete años que acababa de salir riéndose de la atracción.
—Si ella pudo...
Tú también.
Valeria suspiró.
—Te odio un poquito.
—Eso es un avance.
Ayer era mucho.
* * *
Veinte minutos después estaban sentados en la primera fila.
Valeria sujetaba la barra con tanta fuerza que sus nudillos estaban completamente blancos.
Nicolás la observó.
—Respira.
—Estoy respirando.
—No.
Estás sobreviviendo.
La montaña rusa comenzó a subir lentamente.
Clac.
Clac.
Clac.
Cada sonido aumentaba la tensión.
Valeria cerró los ojos.
—No cierres los ojos.
—¿Por qué?
—Porque te perderás la mejor parte.
—Eso espero.
Llegaron a la cima.
Durante un segundo todo quedó completamente quieto.
Después...
La caída.
Valeria soltó un grito tan fuerte que incluso Nicolás comenzó a reír.
El viento despeinó su cabello.
Las curvas llegaban una tras otra.
Ella gritaba.
Él reía.
Cuando finalmente terminaron...
Valeria permaneció inmóvil.
Respirando agitadamente.
Nicolás preguntó preocupado.
—¿Estás bien?
Ella tardó unos segundos.
Luego comenzó a reír.
No una sonrisa.
No una pequeña risa.
Una carcajada auténtica.
Libre.
Contagiosa.
Los camarógrafos se miraron sorprendidos.
Era la primera vez que la veían así.
Valeria se llevó las manos al rostro.
—¡No puedo creer que hice eso!
—¿Y?
Ella respiró profundamente.
—Fue...
Hizo una pausa.
—Increíble.
Nicolás sonrió satisfecho.
—Te lo dije.
* * *
Mientras caminaban por el parque, compraron algodón de azúcar.
Valeria nunca había probado uno.
—¿En serio?
—Siempre pensé que era demasiado dulce.
Nicolás rompió un pedazo.
—Solo pruébalo.
Ella lo hizo.
El algodón se deshizo inmediatamente en su boca.
Abrió los ojos sorprendida.
—Desapareció.
—Así funciona.
—Es extraño.
—Como nosotros.
Ella lo miró.
Él tenía un poco de azúcar pegada en la nariz.
No pudo contener la risa.
—¿Qué?
—Nada.
Sacó una servilleta.
Sin pensarlo demasiado, se acercó y limpió suavemente su nariz.
Los dos quedaron inmóviles.
Durante apenas un segundo.
Demasiado cerca.
Los camarógrafos capturaron el momento.
Valeria retrocedió inmediatamente.
—Tenías azúcar.
—Gracias.
Nicolás sintió algo extraño.
No supo explicarlo.
Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, una simple caricia accidental había acelerado ligeramente los latidos de su corazón.
* * *
Esa noche, el editor del proyecto observaba todas las grabaciones.
Sonrió mientras seleccionaba las mejores escenas.
La risa en la montaña rusa.
El algodón de azúcar.
Las conversaciones sinceras.
El momento en que Valeria limpió la nariz de Nicolás.
Miró a Emma y dijo:
—Tenemos un problema.
Emma levantó la vista.
—¿Cuál?
—El público esperaba ver a dos personas incompatibles.
Hizo una pausa mientras detenía el video justo en el instante en que ambos se miraban en silencio.
—Pero creo que, sin darse cuenta, estamos empezando a grabar una historia de amor.