ERROR DE CÁLCULO Capítulo 4
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Capítulo 4

La primera cita (o cómo arruinar una noche en menos de diez minutos)

A las nueve de la mañana del lunes siguiente, Valeria estaba sentada frente a Emma con una carpeta llena de gráficos.

—Aquí están mis objeciones —dijo dejando el documento sobre el escritorio.

Emma hojeó las primeras páginas.

—¿Treinta y ocho?

—Treinta y ocho razones por las que este experimento es una mala idea.

Emma sonrió.

—¿Las numeraste?

—Por supuesto.

—¿Con bibliografía?

—También.

Emma pasó las hojas con curiosidad.

Razón número 7: La presión mediática altera el comportamiento natural de los participantes.

Razón número 13: Las primeras impresiones suelen ser poco fiables.

Razón número 24: La muestra estadística de dos personas carece de validez científica.

Razón número 31: Nicolás Vega llega tarde constantemente.

Emma levantó la vista.

—¿Esa también cuenta como razón científica?

—Absolutamente.

En ese instante alguien abrió la puerta.

—Perdón por llegar tarde.

Emma soltó una carcajada.

Valeria simplemente cerró los ojos.

—Treinta y nueve razones.

Nicolás apareció despeinado, con el cabello todavía húmedo.

—Había tráfico.

Emma arqueó una ceja.

—Vives a ocho minutos caminando.

—Sí...

Pero estaba buscando las llaves del apartamento.

—¿Y dónde estaban?

—En el refrigerador.

Valeria giró lentamente la cabeza.

—¿Por qué estaban en el refrigerador?

—No tengo idea.

Hubo un largo silencio.

Emma ya no intentaba contener la risa.

—Definitivamente esto va a funcionar.

* * *

Sobre la mesa había dos contratos.

Esta vez eran mucho más detallados.

Nicolás comenzó a leer en voz alta.

—"Los participantes aceptan asistir a una cita diaria durante treinta días consecutivos."

Pasó la página.

—"Cada cita será documentada por un pequeño equipo audiovisual."

Otra página.

—"Los participantes no podrán abandonar una cita antes de una hora."

Otra más.

—"No podrán fingir emociones."

Valeria intervino.

—¿Cómo van a comprobar eso?

Emma respondió con total naturalidad.

—No podemos.

Pero el público sí.

Nicolás siguió leyendo.

—"En caso de faltar injustificadamente a una cita..."

Se quedó callado.

Emma sonrió.

—Léelo.

—No quiero.

—Léelo.

Suspiró.

—"...el participante deberá donar cincuenta mil dólares a una fundación elegida por la empresa."

Levantó la vista.

—Eso es chantaje.

—Es un incentivo.

—Muy caro.

Valeria apoyó el contrato sobre la mesa.

—¿Y si simplemente renunciamos?

Emma permaneció unos segundos en silencio.

Luego habló con voz tranquila.

—Los dos poseen acciones de Nexus Labs.

Ambos asintieron.

—Si el lanzamiento fracasa, perderán mucho más dinero que participando.

Era cierto.

Muchísimo más.

Nicolás dejó escapar el aire lentamente.

—No me gusta cuando tienes razón.

—Lo sé.

* * *

Treinta minutos después...

Los dos habían firmado.

Ninguno parecía feliz.

Un fotógrafo tomó una imagen.

En ella los dos sostenían el contrato mientras sonreían de forma tan forzada que parecía una fotografía policial.

Diego apareció detrás de Nicolás.

—Parecen una pareja que acaba de comprar una hipoteca.

—Cállate.

—¿Nervioso por la primera cita?

—No.

—Mentiroso.

* * *

Esa misma tarde comenzó la preparación.

Una productora de televisión fue contratada para grabar el experimento.

No habría cámaras enormes.

Solo dos camarógrafos discretos.

Micrófonos pequeños.

Y un editor encargado de publicar resúmenes diarios en las redes sociales de MATCH.

Óscar reunió al equipo.

—No buscamos un reality.

Buscamos autenticidad.

No intervengan.

No provoquen.

No hagan preguntas.

Simplemente graben.

Una asistente levantó la mano.

—¿Y si discuten?

—Grabamos.

—¿Y si se enamoran?

Toda la sala se quedó en silencio.

Óscar sonrió.

—Eso sería un problema maravilloso.

* * *

A las seis de la tarde, Valeria llegó al restaurante veinte minutos antes de la hora acordada.

Era un elegante restaurante italiano.

Las mesas estaban perfectamente alineadas.

Las velas tenían exactamente la misma altura.

La música era suave.

Perfecto.

Consultó el reloj.

18:40.

La cita era a las siete.

Sacó su computadora portátil.

Comenzó a responder algunos correos.

A las siete en punto levantó la vista.

Nada.

Siete y dos.

Nada.

Siete y cinco.

Respiró profundamente.

Siete y ocho.

Comenzó a mover una pierna.

Siete y diez.

El camarero se acercó.

—¿Desea ordenar algo mientras espera?

—No.

Gracias.

Siete y doce.

Sacó el teléfono.

Valeria: "¿Dónde estás?"

No hubo respuesta.

Siete y quince.

Su respiración empezaba a hacerse más rápida.

Siete y dieciocho.

El camarero volvió.

—¿Quiere otra botella de agua?

—Sí.

Gracias.

Siete y veinte.

Las puertas del restaurante se abrieron.

Entró Nicolás.

Llevaba una chaqueta azul marino.

Vaqueros oscuros.

Y una expresión de absoluto arrepentimiento.

Caminó directamente hacia la mesa.

—Lo siento muchísimo.

Valeria no dijo nada.

—De verdad.

Ella seguía mirándolo.

—Puedes gritarme.

Silencio.

—Créeme, lo merezco.

Valeria tomó aire.

—Llegaste veinte minutos tarde.

—Lo sé.

—¿Sabes cuánto representan veinte minutos?

—Sí.

Mil doscientos segundos.

Ella lo observó sorprendida.

—No esperaba que respondieras eso.

—Intenté impresionarte.

No funcionó, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza.

—En absoluto.

Nicolás sonrió.

—Bueno...

Era mi plan A.

* * *

El camarero apareció.

—¿Ya están listos para ordenar?

Valeria respondió enseguida.

—Sí.

Quisiera el salmón con verduras.

Gracias.

El camarero anotó.

Miró a Nicolás.

Él seguía leyendo el menú.

—¿Qué recomienda?

—Todo es excelente.

—Eso no ayuda mucho.

—La pasta es muy popular.

—Perfecto.

¿Cuál?

El camarero tardó unos segundos.

—Tenemos doce tipos.

—¿Doce?

Valeria cerró los ojos.

Ya imaginaba lo que venía.

—Entonces deme la favorita del chef.

—Excelente elección.

El camarero se fue.

Valeria cruzó los brazos.

—¿Siempre decides así?

—¿Así cómo?

—Sin pensar.

—Pensé.

Durante cuatro segundos.

Ella negó lentamente.

—Yo leí el menú en internet hace dos días.

Nicolás casi se atragantó con el agua.

—¿Qué?

—Así ahorro tiempo al ordenar.

Él comenzó a reír.

Primero despacio.

Luego cada vez más fuerte.

Varias mesas comenzaron a mirarlos.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Nada...

Solo...

Nunca había conocido a alguien que estudiara un menú como si fuera un examen final.

Ella frunció el ceño.

—La eficiencia evita errores.

—¿Y también evita sorpresas?

—Las sorpresas suelen ser errores disfrazados.

Nicolás apoyó los codos sobre la mesa.

—Qué triste forma de vivir.

Aquella frase hizo que Valeria levantara la vista.

—¿Perdón?

—Nunca pruebas nada nuevo.

Nunca improvisas.

Nunca haces algo sin planearlo.

Ella respondió inmediatamente.

—Porque así evito problemas.

—Sí...

Pero también te pierdes muchas cosas.

Durante unos segundos ninguno habló.

Era la primera conversación realmente seria entre ellos.

* * *

La comida llegó.

El camarero colocó ambos platos.

Nicolás miró la pasta.

—Se ve increíble.

Tomó un gran bocado.

Casi inmediatamente comenzó a toser.

Muchísimo.

El rostro se le puso rojo.

Los ojos empezaron a lagrimear.

Valeria se puso de pie.

—¿Qué ocurre?

Él señaló el plato.

No podía hablar.

El camarero llegó corriendo.

—¡Lo siento muchísimo!

Olvidé preguntar...

Esta pasta lleva uno de los chiles más picantes del restaurante.

Nicolás tomó tres vasos de agua seguidos.

No sirvió de nada.

El camarero regresó con leche.

Luego pan.

Después más leche.

Valeria observaba la escena completamente desconcertada.

Finalmente Nicolás pudo respirar.

—Creo...

Creo que acabo de ver a mis antepasados.

Por primera vez...

Valeria soltó una carcajada.

Fue breve.

Espontánea.

Y completamente inesperada.

Nicolás levantó la cabeza.

La miró sorprendido.

—¿Acabas de reírte?

Ella volvió a ponerse seria casi al instante.

—No.

—Sí lo hiciste.

—Fue un reflejo.

—Tienes una risa bonita.

Valeria sintió un calor extraño subirle al rostro.

No recordó la última vez que alguien le había hecho un cumplido tan natural.

Decidió cambiar de tema.

—La próxima vez deberías leer el menú.

—La próxima vez tú eliges por mí.

—Eso sería un desastre.

Él sonrió.

—Según el algoritmo...

Ya estamos especializados en desastres.

Y sin darse cuenta, ninguno de los dos notó que los camarógrafos habían capturado el primer momento genuino de complicidad entre la pareja más incompatible del mundo.