Capítulo 3
Treinta días para demostrar un fracaso
El silencio dentro de la sala de juntas era tan espeso que podía sentirse.
Valeria estaba convencida de haber escuchado mal.
Nicolás esperaba que aquello fuera una broma.
Emma, en cambio, parecía cada vez más entusiasmada con su propia idea.
—Repito —dijo apoyando ambas manos sobre la mesa—. Van a salir juntos durante treinta días.
Nicolás fue el primero en reaccionar.
—No.
—¿No?
—No.
—¿Esa es toda tu respuesta?
—Puedo extenderla si quieres.
Emma cruzó los brazos.
—Adelante.
—No... gracias.
Uno de los directivos soltó una risa que intentó disimular inmediatamente.
Valeria tomó la palabra.
—Con todo respeto, eso no tiene ningún sentido.
Emma la observó.
—Explícate.
—Somos ingenieros, no actores.
—Precisamente por eso.
—No entiendo.
Emma caminó hasta la enorme pantalla.
En pocos segundos aparecieron varias noticias.
"¿Puede una aplicación encontrar al amor perfecto?"
"La inteligencia artificial reemplazará a Cupido."
"MATCH promete revolucionar las relaciones."
Emma señaló los titulares.
—La gente ya espera demasiado de nosotros.
Luego apareció otro gráfico.
Más de cincuenta aplicaciones de citas competían en el mercado.
Todas prometían lo mismo.
Todas usaban palabras como "compatibilidad", "afinidad", "amor verdadero".
Emma volvió a mirarlos.
—Nosotros necesitamos demostrar que somos diferentes.
Nicolás levantó una mano.
—Creo que entiendo.
—¿Sí?
—Quieres que salgamos, discutamos delante de las cámaras y luego digamos que el algoritmo tenía razón.
Emma sonrió.
—Exacto.
—Eso sigue pareciéndome una locura.
—Las mejores campañas de marketing suelen parecerlo al principio.
* * *
Media hora después entró al salón el director de mercadeo.
Se llamaba Óscar Morales.
Era un hombre de unos cincuenta años, famoso por convertir cualquier cosa en una tendencia.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Ya hice algunos cálculos.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Tan rápido?
—Mientras ustedes discutían.
Abrió la carpeta.
—Si anuncian simplemente que MATCH funciona, calculamos cinco millones de descargas durante el primer mes.
Pasó la página.
—Pero si los creadores de la aplicación intentan demostrar públicamente que el algoritmo tiene razón...
Mostró otra gráfica.
La diferencia era enorme.
—...podríamos superar los cincuenta millones.
Nicolás abrió mucho los ojos.
—¿Diez veces más?
—Las personas aman los experimentos sociales.
Aman las historias reales.
Aman ver a otros hacer el ridículo.
Valeria negó con la cabeza.
—No pienso convertir mi vida privada en un espectáculo.
Óscar sonrió.
—No será tu vida privada.
Será una campaña.
* * *
Una hora más tarde, los dos salieron del edificio completamente agotados.
Nicolás caminaba junto a Valeria hacia el estacionamiento.
Durante varios minutos ninguno dijo una palabra.
Finalmente él rompió el silencio.
—Bueno...
Ella siguió caminando.
—Supongo que esto es incómodo.
—Bastante.
—Al menos coincidimos en algo.
Ella suspiró.
—No puedo creer que quieran hacer esto.
—Yo tampoco.
Llegaron al estacionamiento.
Frente a ellos había un automóvil eléctrico blanco, impecablemente limpio.
Valeria sacó las llaves.
—Bonito coche.
—Gracias.
Él señaló el suyo.
Un viejo sedán azul lleno de polvo.
En el asiento trasero había una caja de pizza, una guitarra, una mochila abierta y lo que parecía una planta.
Valeria observó el vehículo durante varios segundos.
—¿Tú... vives ahí?
—No.
Solo paso mucho tiempo.
Ella no supo si hablaba en serio.
* * *
Aquella noche Valeria llegó a su apartamento.
Todo estaba exactamente como lo había dejado por la mañana.
Los cojines perfectamente alineados.
Los libros ordenados por tamaño y color.
La cocina impecable.
Dejó el bolso sobre la mesa.
Encendió la computadora.
Abrió MATCH.
Comenzó a revisar nuevamente el algoritmo.
Variable por variable.
Línea por línea.
No existía ningún error.
Después de tres horas de revisión, el resultado seguía siendo el mismo.
Compatibilidad con Nicolás Vega: 1 %.
Cerró los ojos.
Era imposible.
Tomó el teléfono.
—¿Sofía?
—¡Hola! ¿Cómo está la mujer que prefiere Excel antes que los hombres?
—Necesito verte.
—Eso sonó grave.
—Lo es.
—¿Murió alguien?
—No.
—¿Te despidieron?
—No.
—Entonces dime.
Valeria respiró profundamente.
—La empresa quiere obligarme a salir con un compañero de trabajo.
Hubo cinco segundos de silencio.
Después...
Sofía comenzó a reír tan fuerte que casi dejó caer el teléfono.
—¡No te creo!
—Estoy hablando en serio.
—¡Por fin!
—No tiene ninguna gracia.
—Para mí sí.
—El algoritmo dice que somos incompatibles.
—¿Y cómo es él?
—Desordenado.
Impuntual.
Habla demasiado.
Improvisa todo.
No planifica absolutamente nada.
Sofía sonrió al otro lado del teléfono.
—Suena divertido.
—Suena insoportable.
—¿Es guapo?
Valeria tardó unos segundos en responder.
—Eso no es relevante.
—O sea que sí.
—No dije eso.
—Valeria...
—¿Qué?
—Nunca analizas el aspecto físico de nadie.
Si acabas de evitar responder, significa que ya lo notaste.
Valeria permaneció callada.
Eso la molestó todavía más.
Porque Sofía tenía razón.
* * *
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...
Nicolás entró en su apartamento.
El caos reinaba.
Había ropa sobre el sofá.
Libros abiertos.
Una bicicleta en la sala.
Dos tazas de café olvidadas.
Una camiseta colgando de una lámpara.
—Necesito una asistente.
Se dejó caer sobre el sofá.
Su perro apareció corriendo.
Era un golden retriever llamado Newton.
—Hola, genio.
El perro movía la cola sin parar.
—Hoy conocimos a una mujer muy rara.
Newton ladeó la cabeza.
—Tiene un horario para cambiar de color de ropa.
El perro bostezó.
—Lo sé.
Yo tampoco lo entiendo.
Sonó el teléfono.
Era Diego.
—¿Ya sobreviviste?
—Por poco.
—¿Entonces aceptaste?
—Todavía no.
—Acepta.
—¿Por qué?
—Porque será divertido.
—Para ti.
—Además...
Diego hizo una pausa.
—La científica está muy bonita.
Nicolás rodó los ojos.
—¿Todos están obsesionados con eso?
—¿Lo está?
—...
—¡Ja!
No respondiste.
—No voy a salir con ella.
—Claro.
Y yo soy astronauta.
* * *
A la mañana siguiente, la noticia explotó.
Alguien había filtrado el resultado del algoritmo.
Antes de las ocho de la mañana, las redes sociales estaban inundadas de titulares.
"Los creadores de la app del amor son incompatibles."
"La IA rechaza a sus propios desarrolladores."
"¿Fracaso antes del lanzamiento?"
Los memes aparecieron por cientos.
En uno de ellos, un robot sostenía un cartel que decía:
"Ni yo pude hacerlos funcionar."
En otro aparecía una fotografía de Valeria perfectamente peinada junto a una imagen de Nicolás llegando despeinado a la oficina.
El texto decía:
"Orden vs. Caos."
Otro mostraba una calculadora con el mensaje:
"Error 404: Amor no encontrado."
Cuando Valeria entró al edificio, todos fingían trabajar.
Pero era evidente que la observaban.
Nicolás llegó cinco minutos después.
Un compañero lo recibió con un aplauso.
—¡Llegó el uno por ciento!
Toda la oficina estalló en carcajadas.
—Muy graciosos.
—¿Cómo está tu futura exnovia?
—Ni siquiera es mi novia.
—Todavía.
Nicolás negó con la cabeza mientras seguía caminando.
* * *
A las diez de la mañana recibieron un correo urgente.
Reunión obligatoria. Sala principal.
Cuando entraron, Emma ya los esperaba.
Había una expresión distinta en su rostro.
Seria.
Decidida.
Encendió el proyector.
Las cifras aparecieron inmediatamente.
—La filtración tuvo quince millones de visualizaciones durante la noche.
Los dos se sorprendieron.
Emma cambió de diapositiva.
—Nuestro sitio web colapsó tres veces.
Otra diapositiva.
—Ciento veinte mil personas intentaron registrarse sin que la aplicación exista todavía.
Nicolás silbó.
—Eso es una locura.
Emma asintió.
—Y ahora ya no tenemos elección.
Los miró directamente.
—Todo el mundo espera saber qué ocurrirá con ustedes dos.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Qué propones exactamente?
Emma dejó un documento sobre la mesa.
Tenía apenas una hoja.
En la parte superior podía leerse:
EXPERIMENTO MATCH
Duración: 30 días.
Objetivo: Demostrar si el algoritmo tiene razón.
Condición: Una cita diaria documentada.
Prohibido fingir sentimientos.
Prohibido abandonar el experimento antes del día treinta.
Debajo había dos espacios para firmar.
Valeria leyó el documento en silencio.
Nicolás hizo lo mismo.
Los dos levantaron la vista exactamente al mismo tiempo.
—No pienso firmar.
Dijeron la frase al unísono.
Se miraron por primera vez sin discutir.
Emma sonrió con satisfacción.
—Perfecto.
Al menos ya encontraron una segunda cosa en la que están completamente de acuerdo.
Y, aunque ninguno de los dos quería admitirlo, esa sincronía inesperada fue la primera pequeña grieta en el veredicto del algoritmo.