Eres única, Goa (Me llamo Goa 12) El ramo de flores
94%

El ramo de flores

Cuando Goa salió de casa, se encontró a Ana con un gran ramo de flores en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Y esto? —preguntó Goa, que siguió con ironía diciendo—: ¿Es para mí? ¡¡¡Ay, querida, no tendrías que haberlo hecho!!! ¡Ja, ja, ja!

—¡Qué dices! ¡No es para ti! ¡Es para Judit! No os lo comenté para que no me dijeseis que no, pero le decimos que es de parte de todos, ¿vale? —Ana tenía miedo de que sus amigos se enfadaran por su impulsividad.

—Ah, o sea que tú haces lo que quieres, pero ¡luego nos conviertes en cómplices…! —Goa fingió que se ofendía.

—Pero ¡¿te sabe mal?! Yo pensé que sería un detalle bonito…

—Ja, ja, ja… ¡No, claro que no me sabe mal!

¡Que era broma! Le va a encantar, ¡y es lo mínimo que se merece!

Pero qué vergüenza, bro, ir al insti con un ramo de flores.

Yo no lo pienso llevar, ya te aviso, que estoy intentando pasar desapercibida y que nadie sepa que existo, ¡y con este ramo de flores es imposible!

—Ya…, eso es lo único que me da palo… Y vergüenza también…, pero da igual, ¡Judit se merece que haga este esfuerzo! Aunque le voy a decir que es de parte de todos, a ver si se va a pensar que estoy enamorada de ella y ¡¡¡NOOOO!!!

—Ja, ja, ja… ¡Loca!

Durante todo el camino hasta el instituto estuvieron riendo. Se notaba que era el último día de curso y que empezaban las vacaciones. Cuando llegaron, inevitablemente todo el mundo las miraba.

— Mi intento de pasar desapercibida, otra vez fallido. ¡Es que no hay manera…!

Se les acercó Gabriela.

—¿Quién te lo ha regalado, Ana? ¡Qué afortunada!

—¡Nadie! Lo vamos a regalar nosotros… y, si queréis, de parte de toda la clase, a Judit. ¿Os parece?

—Ah, por mí sí.

Mientras Gabriela hablaba con Ana, Goa la observaba. Justo entonces se dio cuenta de que estaba estrenando las mismas sandalias que ella se había comprado hacía tres semanas y que ya se había puesto para ir al instituto varios días.

—¿Estrenas sandalias? Yo tengo las mismas.

—Ah, ¿sí? —preguntó Gabriela—. No me había fijado.

Por dentro, Goa pensó: «Mentirosa, pues claro que me las habías visto» , pero no dijo nada.

Era el último día de curso y no quería mal rollo, pero le dio mucha rabia que ni siquiera reconociera que se las había copiado.

Era tan fácil como decir: «Mira, sí, te las vi y me encantaron, son preciosas.

¿Te importa que te las haya copiado?». Porque, en ese caso, Goa estaba segura de que le daría igual.

De hecho, muchos adolescentes llevaban la misma ropa y no pasaba nada.

Pero, de verdad, ¿por qué no lo reconocía?

—Hala, ¿y este ramo? —preguntó Bruno, que acababa de encontrarlas.

—Para Judit, será de parte de todos. ¿Te parece bien? —le preguntó Ana, esperando que tampoco se enfadara.

—Ah, sí…, perfecto… ¿Cuándo hablamos de esto? No lo recuerdo…

—Nunca, Bruno, pero ya lo sabes: Ana a veces es un poco impulsiva y, como tenía miedo de que se lo quitáramos de la cabeza, ha ido a piñón fijo —le explicó Goa.

—Ah, pues fantástico. Pero ¿lo pagas tú o todos?

—Como no os pedí opinión, ya asumo que lo pago yo, no sufráis. Mi padre me dio cuarenta euros el otro día y me he gastado treinta. No pasa nada.

—Tu padre siempre te da pasta, ¿no? ¡Es la caña! —comentó Bruno, que tenía un padre a quien le costaba mucho más soltar algunos euros para su hijo.

—Se siente culpable por si la separación me traumatizó o algo de eso y siempre me hace regalos y me da pasta. No sé…, creo que para él es más fácil eso que decirme que me quiere… Pero lo acepto. Tampoco le voy a decir que no me lo dé, me entendéis, ¿no?

—Ay, gracias, Ana, ¡yo también te quiero! —le dijo Laura con ironía.

—Ja, ja, ja… Otro día te regalaré uno, pero este es para Judit. ¿Te gusta?

—¡Es chulísimo! ¡Le va a encantar!

Cuando entraron en el aula para dejar las cosas, pusieron el ramo con agua en el fregadero que tenían para lavarse las manos —esa clase, antiguamente, había sido la de arte y habían heredado el fregadero, al que le sacaban mucho partido—.

Luego salieron al patio, donde todo el mundo se estaba acomodando para la fiesta de fin de curso.

Los de tercero se habían encargado de preparar un almuerzo, y el dinero que recaudaran serviría para pagar parte del viaje de fin de curso que harían al año siguiente.

Todos los alumnos de la optativa de Concierto preparaban instrumentos y equipos de sonido para después hacer los últimos miniensayos.

El resto daba vueltas por el patio y charlaba disfrutando del último día de clases… sin clases .

Hacia las diez de la mañana, Leo se acercó a Goa con un cruasán de chocolate en la mano.

—¡Hola! ¿Qué tal? ¿Has comido algo?

—Sí, un bocadillo antes.

—¡A mí se me está fundiendo todo el chocolate con este calor!

A Goa le sorprendió que él se le hubiera acercado y que le hablara como siempre, como si no hubiera pasado nada.

— Qué guay que te hayas acercado para hablar conmigo —le confesó Goa.

—¿Por qué no me iba a acercar? —Leo disimuló, pero entendía la razón del comentario de su amiga.

—No lo sé, has estado un poco distante… Se suponía que lo habíamos hablado, pero igualmente te notaba como… lejos, ¿sabes?

—Ya…, es que me ha costado, pero creo que ya está… Quiero estar bien contigo y con todos… Si no, es un palo y también me aburro cuando me alejo de vosotros.

—Es que somos geniales todos juntos .

—La verdad es que sí. ¿Tú estás bien?

—Normal… He estado un poco chof estos días, pero tampoco sé muy bien por qué… o por todo…

—Ostras, me sabe mal, no lo sabía.

—Ya…, ¿y tú?

—Bien, todo bien.

—Por cierto, ¿te has hecho amigo de Gabriela?

—No, amigos no, pero Zoe quiere que me guste y me hizo prometerle que iba a hablar con ella, y yo a mi hermana no puedo decirle que no.

—¿En serio quiere que te guste?

A Goa le sorprendió no sentir nada desagradable. Al contrario, le hizo gracia que fuera una estrategia de la hermana de Leo.

—Sí… Zoe…, bueno, es así, qué le vamos a hacer.

—Leo…

—¿Qué? —preguntó él con chocolate fundido en las manos.

—Que gracias por venir a hablar conmigo.

—De nada. ¿Amigos?

—¡Amigos!