Eres única, Goa (Me llamo Goa 12) Señor perfecto
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Señor perfecto

En casa de la madre de Goa se estaba viviendo, tal como ella se había imaginado, un domingo de lo más romántico .

Esa mañana, Pablo había ido a comprar cruasanes y había preparado el mejor desayuno que Julia recordaba en mucho tiempo.

Huevos revueltos, rebanadas de pan tostado con tomate, aguacate y aceite de oliva virgen extra y sal, un surtido de sandía y melón cortados y un bol lleno de cerezas maduras.

Para beber, agua fresca y un café solo acabado de moler.

Julia, al ver ese desayuno tan bien dispuesto encima de la mesa, exclamó:

—Mira, de esta frase, la única palabra que has dicho que no me gusta es «señor». ¡Yo NO soy un señor! Soy un tío joven, todavía.

—Uy… Es que yo ya me considero una señora, perdona que te lo diga… Y superfeliz de serlo… Y como buena señora que soy, quiero un señor que esté a la altura… Y con este desayuno… lo estás. Pero si prefieres ser un tío joven, perfecto, también me parece bien.

—En ese caso, «señor» está OK para mí. —Pablo se le acercó riendo y se dieron un beso.

Julia aún no se podía creer que hubiera tenido tanta suerte de encontrarlo.

Alucinaba que fuera tan emocionalmente responsable, sensible y atento…

El resto de la mañana se lo pasaron en un mercado de antigüedades —Pablo era aficionado a ellos— y habían terminado haciendo el aperitivo y almorzando en una terraza de una zona de la ciudad que a Julia le encantaba, porque era tranquila y le recordaba aún a un «pueblito».

Por la tarde, mucho antes de lo que se esperaban, oyeron que llegaba Goa. Julia salió de la habitación, donde acababan de echarse una siesta, y la fue a saludar.

—Hola, no te esperaba tan temprano.

—Ya… —respondió solo su hija.

—¿Todo bien? —Julia detectó enseguida que Goa no estaba nada bien.

—Sí.

—No me mientas. ¿Qué ha ocurrido?

— Naaadaaa —mintió Goa, que no tenía ganas de hablar.

—Está Pablo.

—Ya lo sé.

—¿Quieres que hagamos algo ya que has llegado pronto?

—No. No quiero hacer nada.

Julia no soportaba cuando su hija era tan seca.

—Goa, ¿qué ha ocurrido?

—Ay, mamá, déjame. No quiero hablar. Me he ido de casa de papá porque quería estar tranquila y ya está. —Goa no quería darle más explicaciones.

—Oye, no me hables mal. Yo solo me intereso por ti, ¿me oyes? —le dijo Julia.

—Pues no hace falta. —Goa seguía con un tono seco.

—¡Eres mi hija! ¡Pues claro que hace falta!

— ¡No! Dejadme en paz. TODO EL MUNDO. ¡No quiero que me digáis nada! ¡Estoy harta de todos! —Ahora sí que Goa levantó más el tono de voz y Julia se quedó con cara de «Pero ¿qué le pasa?». Le supo mal que Pablo tuviera que oír esa escena, porque seguro que lo había oído todo.

Goa cerró la puerta de su habitación de un golpe y se sintió aún peor de lo que ya se sentía al llegar a su casa. Acababa de hablarle mal a su madre y Julia no tenía culpa de nada. Ella lo sabía, pero no lo había podido evitar. Sentía que no podía más.

Julia regresó a su habitación hecha un basilisco:

— ¿Tú lo has oído? ¿Has oído cómo me ha habla do? ¿A ti te parece normal? —dijo ella, indignada.

—A ver…, no me gusta, pero me parece que sí, que es normal… Claudia también hace estas cosas… ¡y aún peores! —Pablo intentó calmarla y hacerle ver que lo de Goa no era tan raro.

—¡Pues no se puede normalizar! ¡Es superdesagradable y yo solo la quería ayudar! —Julia no se calmaba.

—Ya…, pero quizá le ha pasado algo —dijo Pablo, comprensivo.

—Pues que me lo cuente.

—No es tan fácil, Julia —continuó Pablo, empatizando con Goa.

—Es que no lo soporto. No soporto cuando intento ayudarla y no se deja…

Y sé que le pasan cosas. Seguro que le pasan.

Lo del vídeo, que su padre ha tenido un hijo, que yo ahora te tengo a ti…

Es que por narices se tiene que sentir muy removida, motivos tiene de sobra…

Pero no me lo cuenta, no expresa nada… —Julia se sentía impotente.

—Quizá a ti no, pero eso no quiere decir que no lo cuente o que no lo exprese. De hecho, con su malestar lo acaba de expresar . —A él le costaba menos empatizar con la hija de su pareja que con la suya propia.

—Pablo…, ves como eres perfecto… ¡Entiendes incluso la mala leche de mi hija cuando yo no soy capaz ni de empatizar con ella!

—Porque es más fácil entender a los hijos de los demás que a los propios… Tú también entenderías mejor a Claudia de lo que yo la entiendo. Estoy seguro.

—En eso seguramente también tengas razón. ¡¿Lo ves?! Argh… ¿Cómo lo haces para ser tan perfecto?

—SEÑOR perfecto.

Los dos se echaron a reír y se abrazaron en la cama.

Desde su cuarto, Goa oyó cómo reían y pensó que no había ninguna casa en la que, ahora mismo, se pudiera sentir bien y tranquila .