Paso
Ese domingo, Goa durmió hasta tarde. La noche anterior, había cenado cuando su padre y Carla ya casi estaban en la cama y, por tanto, habían coincidido muy poco, lo justo para intercambiar alguna palabra y un «buenas noches».
Alberto había decidido que a veces había que dejar tranquila a Goa y que ya reflexionaría y entendería que lo que habían hecho con el viaje a Menorca era lo más normal del mundo.
Ella, en cambio, continuaba pensando que no tenían perdón.
Por eso había preferido verlos y hablarles lo mínimo posible.
Cuando por la mañana su padre entró en su cuarto para invitarla a hacer algo todos juntos, ella respondió:
—¿Todavía estás enfadada? —le preguntó él.
—Me acabo de despertar y estoy cansada, no quiero hablar.
—Pues ven con nosotros, podemos hacer lo que quieras: ir a tomar un aperitivo… —ella aún no había ni desayunado—, ir a comer por ahí o hacer alguna excursión y nos llevamos bocadillos…
—Papá, que yo paso.
—Ay, Goa, y luego te quejas.
Entonces sí que le entró una rabia que por poco no la hizo saltar y gritarle. «Pues claro que me quejo —pensó—, ¡porque no vais a Menorca conmigo y me invitas a comer un bocadillo en una caminata!». Su padre cerró la puerta y al cabo de poco más de diez minutos, oyó que decía:
—¿Quién es el niño más guapo del mundo? ¿Quién tiene ganas de salir un poquito? ¿Vienes con papá?
Martín respondió:
—¡Papá, papá!
—¿Quién te quiere a ti, eh? ¡Síííííí! ¡Papá te quiere infinito!
Goa se tapó la cabeza con la almohada. Quería parar de oír a su padre soltar tonterías con esa cantinela boba con la que le hablaba siempre a Martín. ¿Por qué la gente hablaba a los bebés como si fueran tontos?
Poco a poco, Goa se fue dando cuenta de que dentro sentía algo muy desagradable que no supo si eran celos de su hermano o envidia porque él tuviera toda la atención de su padre… O que Martín tuviera a su padre y a su madre con él, conviviendo, queriéndose, y ella, en cambio, no.
Fuera lo que fuese que notaba, la hacía estar muy mal.
Porque justo después de oír eso, también experimentaba otra cosa: una enorme culpabilidad que casi no la dejaba respirar.
Debía de ser muy mala persona si tenía celos de su hermano, que era tan pequeño, tan bebé y tan mono y a quien, a la vez, quería con locura.
Debía de ser una persona horrible si sentía celos porque él tuviera cosas «buenas».
Pensaba todo esto y le volvían las ganas de llorar, como la noche anterior… Estuvo tentada de vestirse e irse corriendo a casa de su madre para huir de ese escenario de «familia feliz» que en aquel momento la irritaba tanto y del cual parecía que ella no formara parte.
Pero entonces se acordó de que en casa de Julia estaba Pablo, y que ambos debían de estar viviendo un nuevo domingo romántico, de dos, disfrutando de una comida buenísima, luego echándose una siesta juntos y quizá algún plan más.
Goa pasaba muchísimo de volver a su casa para encontrarse con esa estampa . Antes, prefería quedarse sola en casa de su padre con ese malestar horrible que la hizo llorar desconsoladamente durante quince minutos después de que se fueran su padre, Martín y Carla.