¡No es eso!
Cuando Goa volvió a la casa de su padre, este estaba terminando de hacer una tortilla de patatas .
—Creo que esta es digna de concurso, Goa, ¡vas a flipar!
—Alberto siempre se piropeaba cuando cocinaba, como si fuera el mejor cocinero del mundo y le hubieran dado tres estrellas Michelin.
En casa siempre bromeaban sobre ello, pero ese día su hija no tenía ganas de reír.
Primero, porque había sido raro compartir tiempo con Leo pero casi sin hablarse y, segundo, porque aún estaba ofendida por el tema de Menorca.
—¿Has visto qué olorcito? Seguro que está buenísima. ¿Pones la mesa?
Goa miraba el móvil esperando tener alguna notificación.
—Oye, te estoy hablando, deja el móvil. —Alberto no soportaba hablar con ella y que lo ignorara de ese modo.
— Que síííííí… —El tono era de «pesaaaaaaadoooo».
—Oye, que acabas de llegar, ¡eh! Un poco más de amabilidad no estaría nada mal —protestó Alberto.
—Como la tuya —dijo, bajito, Goa, fingiendo que no quería que su padre la oyera, pero en realidad sí que quería.
—¿Qué dices? ¿Como la mía? ¿A qué te refieres?
Buuum… La había oído y ahora quería continuar hablando. «Pues venga, es el momento de poner las cartas sobre la mesa» , pensó Goa.
—Pues como tú, que has sido muy amable invitándome a Menorca con vosotros… —Goa lo dijo con un tono desagradable que le sirvió para canalizar parte del malestar que sentía esa noche.
—Hija, no es que no quisiera invitarte… Es que era una oferta de ahora o nunca, y tú ya tenías planes con tu madre… No lo hemos hecho a propósito para que no vinieras… Ya me dijo Carla que te habías ofendido…
«Y entonces —pensó Goa—, ¿por qué no me has dicho nada hasta que yo he sacado el tema, eh?». Pero se mordió la lengua… La excusa de su padre no le servía.
—Buena excusa. El precio. ¡Pues claro que es más barato si yo no voy! Pues mira, ya no voy a ir de vacaciones con vosotros nunca, así no te vas a gastar tanto dinero.
—¡No es eso, Goa! ¿Qué te crees, que no quiero irme de vacaciones contigo?
—¡Pues eso parece! —respondió ella, indignada.
—¡¡¡Que no es eso!!! —protestó Alberto sintiendo que su hija no lo entendía.
—No tengo hambre, cenad vosotros, yo ya cenaré más tarde.
Y se fue a su habitación.
—Goa, no te vayas… ¡Hablémoslo! Yo aún no he terminado…
A ella le daba igual. Creía que estaba en todo su derecho de no hablar más con su padre, teniendo en cuenta que aquello era de las cosas más feas que él le había hecho nunca y aún no le había pedido perdón.
Allí parecía que todo el mundo hiciera su vida como si ella no formara parte de la familia.
Pues bien, si ella no formaba parte, podía irse a su habitación, ¿no?
Si no formaba parte, no hacía falta que cenaran todos juntos, ¿no?
En el mismo momento en el que se dejó caer sobre la cama, recibió una notificación, pero no de las personas que le hubiera gustado. Era su madre.
Julia:
¿Cómo estás? ¿Cómo ha ido el día? Mañana vendrá Pablo a pasar el día conmigo y se va a quedar a cenar y a dormir, ¿vale? Te lo digo para que no te sorprenda cuando llegues y lo veas en casa :-)
Goa leyó el mensaje desde la notificación que salía en la pantalla y no entró en la aplicación de WhatsApp para responderlo.
Le daba mucha pereza y tampoco sabía qué decir.
Haría como que no lo había visto. No estaba de humor.
O sea: cuando volviera a su casa, tampoco iba a tener intimidad y tendría que ponerle buena cara a Pablo aunque no tuviera ganas.
Ya era la tercera semana seguida que tenía que verlo.
No es que le cayera mal, en absoluto, parecía un buen tío y siempre la había tratado muy bien, pero…
todo aquello la removía demasiado. En casa de su padre se sentía desplazada y ahora…
¿también se iba a sentir así donde siempre había vivido?
¿En su lugar seguro? ¿También tendría que encontrarse desplazada con su madre? «¡No es justo!» , pensó.
Encendió el ventilador que tenía en la habitación. Con la rabia que experimentaba notaba aún más calor del que ya hacía. Y se sintió sola…
Ana se había pasado la tarde haciéndose carantoñas con Laura; Leo le había hablado realmente muy poco, y Bruno y Nadia solo tenían ojos el uno para la otra (Goa se había dado cuenta con total claridad).
¿Podía ser que todo estuviera cambiando?
¿Podía ser que su querido grupo se estuviera «perdiendo»?
¿O era ella, que tenía un mal día y ya está?
Le entraron ganas de llorar. Hundió la cabeza en la almohada y gritó bien fuerte para sacar toda esa inquietud que llevaba dentro. Esperaba que no la hubiera oído nadie.