La rapidez del mes de junio
Esa semana pasó más rápido que las otras.
Olía a verano : entre el calor —porque el que hacía en clase era insoportable—, que estaban muy distraídos y que habían tenido que estudiar para los dos últimos exámenes, había llegado el sábado casi sin darse cuenta.
Goa estaba bastante satisfecha de cómo le habían ido las dos pruebas y esperaba sacar, como mínimo, un siete.
Pero tenía un poco de miedo, porque las últimas veces que había esperado notables solo había sacado cincos y seises.
Ese fin de semana le tocaba pasarlo en casa de su padre y estaría hasta el domingo por la tarde.
Los días anteriores habían coincidido muy poco y Goa no había querido sacar el tema de Menorca.
Simplemente, había evitado a su padre y, cuando él le había preguntado cosas, le había contestado con monosílabos.
Por la tarde había quedado para ir a tomarse una horchata con Laura, Ana, Bruno, Leo y Nadia. Al encontrarse, todos se quejaron del calor que hacía:
—Bro, la próxima vez que quedemos, vayamos a la piscina , por favor. Quedar en el centro es un suicidio —se quejó Ana.
—¿A qué piscina? —Nadia no sabía a qué se refería su amiga.
—A la municipal. Nos sacamos el carné para el verano, ¿no? ¡Como cada año! —Ana lo tenía clarísimo.
—Yo seguro que no; me voy a Marruecos después de San Juan, creo que el 25 de junio, y ¡me quedo ahí un mes! —A Nadia, cada vez que decía «un mes», se le hacía cuesta arriba.
—¡Qué guay, Marruecos! Yo fui una vez de vacaciones y me encantó —dijo Laura, agarrándole la mano a Ana.
—Sí, muy guay, pero un mes sin vosotros…
A Bruno le dio mucho palo imaginárselo. Entonces miró a Nadia y se quedó embelesado. Ella llevaba el pelo recogido hacia atrás y le quedaba precioso. La había visto mil veces con ese peinado, pero nunca le había prestado tanta atención como entonces.
Cuando llegaron a la horchatería, decidieron que se iban a sentar dentro, porque fuera, en la terraza, daba el sol y a 35 grados no se podía estar.
¡Imposible! Entraron y todos hicieron ruiditos de descanso al notar el aire acondicionado en el cuerpo.
Todo el mundo se buscó su sitio y Goa y Leo acabaron sentados el uno al lado de la otra.
— ¿Querréis que quedemos para la verbena?
Si queréis, podéis venir a casa de mi madre…
Ella, encantada. Y saldremos a tirar petardos y ponemos música o nos vamos a la plaza, que habrá baile como siempre.
—Ana ya se imaginaba esa fiesta como la mejor del año—.
Y, si queréis, os podéis quedar a dormir en casa. Sería la bomba, ¡¿no?!
—El plan mola mucho, pero yo no estoy. —Goa pensó que ya era tener mala pata que todo el mundo tuviera planes fantásticos justo cuando ella se iba.
—Ah, ¿no? ¿Adónde vais? —preguntó Bruno.
—Creo que han alquilado una casa en la playa…
— ¿Con quién vas? —Nadia quería muchos más detalles.
—Con mi madre, Zu, Marcus y Klaus —dijo Goa bajando la cabeza, sufriendo por cómo Leo se tomaría escuchar el nombre de su «rival».
—¡Qué callado te lo tenías! —saltó Nadia.
Leo no dijo nada y quiso cambiar de tema rápidamente, porque esa conversación le interesaba cero y no quería hurgar en la llaga oyendo hablar de Klaus. Si Goa lo prefería a él, vale, pero tampoco era necesario que se lo restregara por la cara.
—Yo quizá sí que me apunto, Ana. —Leo pensó que no tenía mejor plan y que con ella seguro que se iba a reír.
—¡Yo también! —dijo Bruno.
—Yo se lo preguntaré a mis padres, a ver si me dejan… No lo sé, ya sabéis que a veces me sobreprotegen un poco… —Nadia estaba harta de que no le dejaran hacer cosas que a ella le parecían absolutamente normales para la edad que tenía.
—Les dices que vas a estar en mi casa, que nos vamos a portar bien y que va a estar mi madre… ¡Qué guay! Pues quizá acabamos siendo todos menos Goa. ¡Qué rabia que te coincida…! —A Ana le hubiera gustado que estuvieran todos.