Estoy fatal
En la mesa de la óptica había más de veinte gafas expuestas para que ella se las fuera probando. Escoger una montura era lo más complicado del mundo, sobre todo cuando no estás de humor y no te sientes cómoda con ninguna.
— Estas te quedan muy bien —dijo la chica de la óptica intentando animar a aquella adolescente que parecía no verse bien con ninguna montura.
—Sí, este color rojizo te favorece —añadió Julia, creyéndolo de verdad.
—Porque, si las tenías desde hacía tres años, quizá ya han pasado un poco de moda —dijo la dependienta, pero fue un comentario que ofendió a Goa. Les tenía cariño a esas gafas redondas y azules que habían volado por los aires.
—Pues a mí me gustaban mucho —respondió Goa, taxativa. Qué rabia le había dado que dijera que sus queridas gafas estaban «pasadas de moda».
—Goa, te has probado más de treinta. Empieza por descartarlas y quedémonos, por lo menos, con cinco. —La impaciencia de Julia empezaba a hacer acto de presencia.
Su hija se puso a hacer dos filas: las que «toleraba» y las que le parecían absolutamente horripilantes y no se pensaba volver a probar. Una vez que se quedó con cinco monturas, hizo una videollamada con Ana:
— Necesito tu consejo —le pidió, decidida.
Ana, al ver «GOA» en la pantalla de su móvil, se puso muy contenta: quizá sí que su amiga solo había tenido una mala mañana…
—Venga, enséñame qué tienes ahí.
Goa, sin decir nada, empezó a probarse las gafas. Con las primeras tres, Ana hizo esfuerzos para que no se le escapara la risa, pero, con las otras dos, dijo:
—Estas son «superchic» y te quedan muy bien. Sí que estás muy distinta, pero a mí me gustan, son megamodernas…, como las que llevan los famosos.
—¡Yo no quiero ir como los famosos! —exclamó Goa, que quería seguir siendo «ella» y ya está .
De repente, la dependienta dijo:
—Espera, que ayer nos llegaron unas que aún no hemos expuesto; las tengo en una caja y tal vez se parecen más a lo que estabas acostumbrada. Son bastante redondas y grandes… No de color azul, pero quizá te cuadran más que estas…
Goa tuvo un poco de esperanza…
—Tía, de hecho, estarás bien con cualquiera que te compres. Todas son chulas y simplemente tendrás que acostumbrarte —le dijo Ana, despreocupada.
— ¡Es lo que le digo yo! Pero ¡no me hace ni caso! —Julia aprovechó para meterse, algo que Goa no soportaba. ¿Por qué, delante de sus amigos, su madre siempre tenía que soltar que ella no le hacía «caso» en nada? ¿Era necesario?
Cuando la dependienta volvió, fue como si Goa viera el cielo abierto y le cambió la cara. Unas de las que llevaba en la mano eran muuuyyy parecidas a las que ya tenía, pero de un color muy oscuro, casi negro. Las agarró y se las puso enseguida:
—Estas son como las que tenías, pero más como de intelectual… Como son más oscuras, pareces más…, en plan…, no sé, más culta, más lista, ¿sabes?
—¡Pues he sacado un cinco con nueve en Mates! —respondió ella para que no hubiera ningún tipo de duda de que, de intelectual, no tenía nada.
—Ay, Goa, no empecemos. ¿Te gustan? —le preguntó Ana.
—Sí… Por lo menos parezco YO y no una tía que no conozco de nada.
—¡Qué exagerada! —sentenció su madre, que no entendía por qué, en cuestiones estéticas, le costaban tanto los cambios.
Tras conversar un buen rato más y darle muchas vueltas, Goa se quedó con las que le recordaban a las que había perdido el día anterior.
Iban a tardar aún diez días en tenerlas con los cristales nuevos, y todo subiría a 258 euros, que Julia se resignó a pagar.
Justo después, mandó un mensaje a Alberto que decía:
Julia:
¡Casi 300 euros, la bromita de las gafas!