Eres única, Goa (Me llamo Goa 12) ¡Tía, qué fuerte!
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¡Tía, qué fuerte!

A la hora del recreo, en un instituto y en una ciudad diferentes, Claudia ponía al día a su mejor amiga, Nora:

—Ayer todo el día juntas con la que me llamó « fucking demonio». ¡¿Te lo puedes creer?!

—Pero lo más fuerte es que nos subimos en el Shambhala y ¡en la primera bajada le salieron volando, literal, las gafas!

—¿En serio? —A Nora le encantaba el salseo.

—Te lo juro. O sea, espectacular . Yo no me lo podía creer cuando la oí gritar «¡Mierdaaaaaa!» . Ja, ja, ja… Y luego la pobre se quedó hecha polvo… Y su madre le pegó una bronca que tela… ¡La tuve que defender yo y todo! —dijo Claudia, como si fuera lo más normal del mundo.

—¡¿Cómo que la defendiste?! Pero ¡¿a esta niña no la odiábamos?! —Nora se mostraba a favor de su amiga y se aliaba con ella aunque no supiera quién era Goa ni la hubiera visto nunca.

—¡¿Qué querías que hiciera?! Me dio pena… —admitió Claudia.

—¡A ver si aún acabaréis siendo amigas! —Nora sintió una punzada de celos.

—¡Anda ya! Amigas, ni de coña…, pero tendré que convivir con ella… Y yo qué sé… La vi taaan agobiada con el tema de las gafas que me salió la empatía que llevo dentro —comentó Claudia, queriendo ponerle un toque de humor.

—¿Y ahora qué? La tendrás que ver cada dos findes, como yo a los hijos del novio de mi madre, ¡no vaya a ser que hagamos algo sin ellos! —protestó Nora, que estaba harta de no tener tiempo en exclusiva con su madre.

—¡Espero que no! Pero en verano seguro que nos vamos algunos días de vacaciones y no tengo muchas ganas —confesó Claudia, bajando los hombros.

—Uf… Bueno, da igual, hablemos de cosas más interesantes: ¿Jon te ha mandado algún mensaje?

—No…, y yo no le pienso ir detrás. —Hacía semanas que Claudia se fijaba en Jon, un alumno de cuarto (un curso más que ella), quien le parecía guapísimo y hacía unos días le había mandado una solicitud para seguirla por Instagram.

Claudia se había ilusionado un montón al verlo porque había pensado que él le iba a escribir y podrían empezar a hablar (al menos, virtualmente), pero no había pasado nada. Ella había aceptado su solicitud, pero él no le había mandado ningún mensaje privado. Nada. Y eso la tenía mosqueada.

—Ayer le dio «me gusta» a una historia que colgué de PortAventura.

—Ah, sí, ya la vi, ¡estabas guapísima! —le dijo Nora, quien siempre la veía espectacular en las fotos—. ¿Y te dio «me gusta»? Uyyyyyy…, ¡aquí hay tema!

—Tardé la vida porque ningún selfi me parecía lo bastante bueno, pero al final colgué ese y él le dio «me gusta», pero nada más…

Yo también lo he empezado a seguir, pero paso de decirle nada.

¡Qué corte! —Claudia había sido sincera: se moría de vergüenza de dar los primeros pasos porque le daba mucho miedo hacer el ridículo.

— ¡Tía, qué fuerte! Pero ¡ háblale tú! —Nora disfrutaba de lo lindo con ese segundo salseo que le estaba contando Claudia. Ella era más decidida que su amiga y no tenía tanta vergüenza ni tanto miedo del «qué dirán».

—¡Paso! Si él no empieza, yo no pienso mover ni un dedo. Imagínate que le digo algo y él pasa de mí. Me MUERO. Ni de coña. —Claudia había tenido un disgusto sentimental a los trece años y lo había pasado tan mal que ahora iba con pies de plomo.

—Ay, Claudia, ¡quien no arriesga, no gana! ¡Lo dice siempre mi abuela y tiene razón!

Las dos se echaron a reír. A Claudia, Nora le gustaba porque siempre tenía respuestas que la sorprendían y la hacían reír y, tres años atrás, en un momento en el que no conocía a nadie en el nuevo instituto, Nora la había acogido y la había hecho sentir entendida y acompañada.

Después de aquello, las dos valoraban mucho su vínculo y tenían la sensación de que iban a ser amigas toda la vida , aunque a veces también se disgustaran y estuvieran unas horas —que no días— de morros.