Eres única, Goa (Me llamo Goa 12) El funeral
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El funeral

Klaus había ido a un par de funerales en su vida, pero siempre de personas a las que apenas conocía.

Esta vez era distinto, porque el acto que se celebraba el martes al mediodía era para alguien a quien él conocía muy bien: su abuelo, alguien a quien quería con toda su alma.

En el tanatorio, sentado en un banco, veía a la gente entrar y saludar a su padre, a su tío y a su abuela, y él solo pensaba en una cosa: «No quiero echarme a llorar cuando empiece la ceremonia» .

Tenía miedo de romperse y emitir sollozos y ruiditos y hacer que todos se fijaran en él.

Pensaba eso porque, por dentro, tenía muchas ganas de llorar.

Se notaba un nudo en la garganta y no hacía más que mirar al suelo, porque, si veía a su abuela hecha un mar de lágrimas, sentía que entonces él se le sumaría y no podría parar de llorar nunca más.

Marcus estaba sentado a su lado y, aunque también estaba muy triste, se aburría:

—Ya lo verás —dijo Klaus sin más. No tenía ganas de hablar con su hermano en ese momento.

—Pero explícamelo. Yo no he ido nunca a un funeral. —Marcus quería que su hermano le hiciera caso. Él también estaba intranquilo y lo necesitaba atento y disponible.

—No lo sé, pues va a hablar alguien, van a leer algo, sonarán canciones y luego nos iremos a casa.

—¿Y ya está? —preguntó Marcus, quien se lo imaginaba mucho más pesado y complicado.

—Supongo… —dijo Klaus, que, la verdad, tampoco sabía muy bien lo que iba a ocurrir.

Zu, que estaba cerca de ellos y se había dado cuenta de que la necesidad de preguntar de Marcus chocaba con la de Klaus de no hablar con nadie, se sentó al lado de su hijo menor y le explicó cómo se iba a desarrollar el funeral.

Marcus era de aquellos niños que, para sentirse seguros , necesitan saber todo lo que va a pasar para podérselo imaginar y hacerse a la idea. Eso lo calmaba.

El tiempo les pasó relativamente rápido, porque al cabo de poco los avisaron de que ya podían entrar en la sala donde se iba a celebrar la ceremonia.

Dietrich llevaba a su madre del brazo y caminaba al lado de su hermano mayor, Franz, quien ya mostraba un frondoso pelo gris tirando a blanco e iba vestido de riguroso negro.

Klaus, Marcus y Zu los siguieron y se sentaron a su lado.

Klaus solo pensaba: «No llores, no llores» …

, pero fue oír las primeras notas de la canción «Halle lujah», de Leonard Cohen —que a su abuelo le encantaba—, y pareció que ese nudo en la garganta decía basta y necesitaba deshacerse.

Klaus se echó a llorar y, al verle, Marcus lo imitó.

Zu les dio una mano a cada uno y no pudo evitar llorar también, no solo por la muerte de su exsuegro, a quien había apreciado muchísimo, sino también por ver a sus hijos tan tristes.

Qué duro que era, para una madre, verlos sufrir de ese modo.

A más de 1.500 kilómetros de allí, Goa miró el reloj porque la clase se le estaba haciendo eterna y pensó que en ese mismo instante, en otro país muy lejos de donde ella estaba, se estaba celebrando el funeral del abuelo de su amigo Klaus.

Cerró los ojos y le mandó fuerzas y energía.

Quizá ese gesto no servía para nada, pero a ella le gustaba pensar que, de algún modo inexplicable, a Klaus le llegaría la fuerza que ella le estaba transmitiendo y lo ayudaría a pasar ese momento un poco mejor.

Qué extraño era que en un mismo instante pudieran estar viviendo cosas tan distintas la una del otro, pensó Goa. Cuando abrió los ojos, el profe de Mates le acababa de dejar encima de la mesa el último examen que había hecho con el resultado en un círculo en la parte superior derecha de la hoja:

5,9

¡¿CÓMO?! Pero ¡si le había ido muy bien!

¿Cómo podía ser esa nota? ¡Ella estaba convencida de que sacaría, como mínimo, un siete y medio!

Se lo empezó a mirar y vio el error: ¡¿se había equivocado leyendo el enunciado de un problema?

! ¡¡¡Qué rabia!!! Giró la cabeza y vio que Ana estaba muy contenta:

—¡Mira, Goa! ¡¡¡Un ocho con siete!!! ¡Lo he petado! ¡No me lo esperaba!

—Qué bien —dijo Goa, con muy poco entusiasmo—. A mí me ha ido de pena: un cinco con nueve. Menuda mierda… Solo soy capaz de sacar cincos y, en el mejor de los casos, algún seis y medio.

No es que Goa fuese una alumna que siempre sacara muy buenas notas, pero ese tercer trimestre, por lo que parecía, estaba bajando su rendimiento.

—Piensa que, entre el intercambio y todo lo que has vivido con el vídeo y eso, no has podido estudiar muy concentrada… Quizá haya influido. —Ana la intentaba animar—. Y podría haber sido peor. ¡Podrías haber suspendido!

—Sí, claro, siempre podría haber sido peor —res pondió Goa, deseando que Ana no añadiera nada más, porque con cada cosa que decía, aunque fuera con buena intención, la hacía sentir aún peor.

Miró a otro lado y vio que Leo y Bruno reían contentos: seguro que también les había ido bien y habían sacado mejor nota que ella .