Eres única, Goa (Me llamo Goa 12) ¿Se puede saber qué llevas?
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Eres única, Goa (Me llamo Goa 12)

Eres única, Goa (Me llamo Goa 12)

Por Miriam Tirado

© inepub.com

¿Se puede saber qué llevas?

Ese lunes por la noche, las gafas redondas, grandes y azules de Goa se encontraban en algún punto de los alrededores del parque de atracciones de PortAventura, después de que hubieran salido disparadas en la primera bajada de las montañas rusas del Shambhala.

Las gafas de recambio que tenía guardadas volverían a servir después de pasarse muuucho tiempo olvidadas en un cajón.

Eran metálicas y doradas, también bastante grandes, pero no tan redondas como las azules.

Cuando Goa se las puso al llegar a casa tras pasarse todo el día en el parque de atracciones, no se podía creer su mala suerte:

— Pero ¡¡¡qué horror!!! ¡Si no parezco yo con estas gafas! —dijo gritando, asustada al verse.

—No es para tanto —había intervenido su madre—. Lo único que pasa es que hacía mucho que no te las ponías y te sientes rara.

—Pero ¡si no tienen ni la graduación correcta!

¡No veo bien! ¡Y me quedan fatal! Mañana todo el mundo se va a reír de mí OTRA VEZ …

¡Anda que no tengo al instituto distraído con todas mis movidas!

Y encima, se me resbalan y se me bajan hasta la punta de la nariz, ¡como si tuviera noventa años! —Goa no se lo podía creer.

—Anda ya, pero ¡¿qué dices?! ¡Ni se te bajan ni se van a reír de ti en el instituto!

¡Tampoco eres el centro de atención! Te estás pasando…

—Julia se ponía nerviosa cuando Goa se ponía en modo drama.

Aun así, intentó tener paciencia y le dijo—: Sí que es verdad que la graduación de estas no es la que toca.

Mañana por la tarde, como ya no tienes entreno de vóley, iremos a comprar otras.

—Pero tardarán mucho en tenerlas listas y ¡no puedo llevar estas! —Goa no se imaginaba pasar toda la semana usando las gafas doradas.

—Si quieres ver algo, te las tendrás que poner, lo siento. ¡Quien no piensa antes de subirse al Shambhala tiene que pasar por este inconveniente! —Julia no quería reprocharle lo que había ocurrido, pero se le escapó.

—Si lo dices así, ¡parece que lo haya hecho aposta, mamá! ¡¿Cuántas veces te tengo que decir que me dio mucha rabia y que lo siento mucho?! —Goa pensó que, a veces, su madre la sacaba de quicio.

—Perdona, no quería decirlo así…, solo que tienes que aceptar lo que hay y ya está. No te lo tomes tan a pecho —añadió Julia, arrepintiéndose de su comentario anterior.

—Pero, mamá, ¡estoy horrible! —insistió Goa, abatida.

—¡Tú nunca estás horrible! —le dijo Julia mientras le daba un beso en la cabeza—. Venga, buenas noches. Estoy hecha polvo… ¡Lo de los parques de atracciones me deja KO!

—Buenas noches —refunfuñó Goa, que no podía dejar de pensar en lo diferente que se veía con esas gafas que parecían del siglo pasado.

Le costó un poco dormirse… No tenía ganas de que la volvieran a mirar con ojos raros en el instituto. Ni que se rieran de ella… otra vez.

Cuando al día siguiente llegó al centro, la primera que se dio cuenta y puso el grito en el cielo fue, evidentemente, Ana:

—¡¿Se puede saber qué llevas en la cara?! ¿Qué son estas gafas? Oh, my Goa … ¡Estás rarísima!

—Gracias, querida amiga… ¡Tú siempre me dices justo lo que necesito escuchar! Modo IRONÍA ON —saltó Goa, molesta.

—Ay, perdona, es que me ha salido del alma. ¿Qué ha pasado con tus gafas de siempre?

—Salieron volando en el Shambhala —dijo Goa, bajando los hombros. Cada vez que lo recordaba, no se podía creer lo despistada que había sido.