Epílogo I
Lina Dimettri
Estoy empapada en sudor, retorciéndome como una lagartija y lo único que sale de mi boca son jadeos. Me aferro a las paredes del coche como si eso pudiera anclarme a algo, devolverme el control.
—Alasdair.
—Lo estás haciendo muy bien, cariño —su tono evidencia que está conteniendo un grito.
Incluso así, con la mandíbula tensa, está guapísimo. Alguien debería estudiarle porque el grado de buenorrismo que ha alcanzado es demencial, colosal, extraordinario…
Me muerdo el labio para no chillar.
—No he hecho una mala temporada, ¿verdad?
—¿En serio estás pensando en eso ahora?
—El único momento en el que mi mente deja de pensar en la F1 es cuando estás dentro de mí.
Y ahora no tengo esa suerte.
Me retuerzo en el asiento trasero del taxi, sobreviviendo al episodio como puedo.
La cadera me había dejado tranquila estos últimos tres días.
Ferrinol estaba eufórica. Íbamos a batir récord de días sin una crisis, pero no.
Ohhhhh, no. La cerda de mi cadera estaba lista para joderme cuando menos me lo esperara.
Lo cierto es que la cosa mejoró mucho cuando, por culpa de mi pierna rota, empecé a medicarme como mi doctora quería. Ferrinol pudo estudiarme a gusto y mejoré, pero aun así, la relación con mi cuerpo sigue siendo una balanza inestable.
—Dime algo bonito que me distraiga —suplico intentando no llorar.
Me siento tan culpable por cargarle con esta mierda. Alasdair le ha pagado cinco mil dólares al taxista para que nos dejara a solas y estoy segura de que cree que estamos montándonoslo. Soy una novia un poco cara.
—¿Algo bonito? Ganaste a Mikel en Abu Dabi.
—Eso estaba claro —sonrío paladeando esa realidad porque, aunque ahora nos llevemos bien, sigue siendo un cabroncete odiable—. Más.
—Estoy muy orgulloso de ti —me acuna como puede, lidiando con el poco espacio que tenemos.
Siempre espero que se le acaben las cosas que consiguen que un puñado de mariposas revoloteen en mi estómago y mi pecho, pero no. De repente una verdad superficial y quizá absurda me baña y me provoca ganas de llorar.
—Mierda, voy a llegar feísima.
—Imposible.
—Hoy es el gran día de Keira, quería estar guapa.
—Keira va a estar mucho más sudada que tú al terminar sus cien metros lisos.
Los Juegos Olímpicos para los que lleva dos años preparándose han llegado.
Hoy es el gran día. Darcy y yo hemos hecho camisetas con su cara.
Sant Delphi ha estirajado la suya y ahora la cara de Keira está un poco distorsionada.
Estamos seguras de que le va a encantar el gesto cuando nos vea a los cuatro en las gradas.
—Respira.
—Ay dios, ¿me he olvidado la cámara?
—Lo tenemos todo, cariño, tú céntrate en ti un momento.
Es tan dulce.
El dolor amaina poco a poco y Alasdair sigue acunándome como si no fuera una bola de fuego, sudorosa y llorica, que apenas sabe respirar.
Me mira como si hubiera ganado todas las carreras, como si hubiera curado el cáncer.
Sigo sin entenderlo. Rezo por casarme con él antes de que descubra que no soy tan alucinante.
—Tienes una sonrisa digna de quedarse con mis bragas 24/7, pero ahora mismo se me antoja un pelín sádica.
—Han sido cuatro minutos menos que las últimas veces.
—¿De verdad? —me incorporo y miro su reloj.
Él siempre lleva cuenta de todo. Se me llenan los ojos de lágrimas otra vez al ver que dice la verdad.
—El nuevo medicamento está dando muy buenos resultados.
—Ferrinol va a flipar en la siguiente visita.
Me lanzo a sus brazos y le beso imaginándome que algún día no me pasa, que él es el único que me hace sudar así.
Aunque si soy sincera, una parte de mí cree que esta es la forma cruel que tiene la vida de demostrarme que no estoy soñando. Que todo esto está pasando de verdad.