Eres mi maldita pole position (North Star 9) Epílogo I I
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Epílogo I I

Koven Alasdair

Llegamos al estadio muy pronto y Darcy nos intercepta.

Lina pone cara de pánico cuando la abraza porque está sudada, pero a su mejor amiga no tiene pinta de que le importe nada.

Se la lleva al baño para cambiarse a los “atuendos oficiales” y yo hago lo mismo porque no quiero enfurecerlas. Juntas son peligrosas.

Keira me cae muy bien, pero reconozco que la cara de mi mujer es la única que me gustaría llevar como insignia. Eso sí, cuando Lina sale del baño y me ve de esta guisa, se le iluminan los ojos de una manera que hace que todo valga la pena.

—¿Qué tal estamos? —pregunta Darcy sonriente.

Me pidió perdón por la bofetada de aquel día, pero nunca podría guardarle rencor a nadie que vele por el bienestar de la mujer a la que amo.

—Increíbles.

—Tú tampoco estás mal.

Con las mejillas rojas, Lina vocaliza un «gracias» sin sonido y yo quiero pedirle matrimonio otra vez. Me muero de ganas de demostrarle que estoy dispuesto a llegar mucho más lejos que esto por verla feliz.

Vamos a buscar nuestros asientos en las gradas y Darcy empieza a hiperventilar. Se va a buscar a Sant Delphi, y probablemente a ver si puede darle un último abrazo a Keira antes de la carrera. Mientras tanto, nosotros nos quedamos a custodiar los asientos.

En cuanto estamos solos, siento a mi prometida en mi regazo.

—Estoy muy emocionada.

—Ya lo veo.

—Es rapidísima, creo que puede llevarse el oro, aunque nunca se sabe —dice acariciándome con mimo y jugando con mis manos—. Ojalá gane. Ha entrenado muchísimo. Aunque llegar aquí ya es un gran logro, Darcy y yo se lo hemos repetido muchísimo.

Dios, ¿por qué tiene que ser tan bonita?

Una vez las cicatrices de mi antebrazo se curaron por completo, el tatuaje de Lina volvió a su sitio. Le hizo tanta ilusión que tuve que pasarme una semana convenciéndola de que no se tatuara lo mismo.

Puede hacer lo que quiera con su piel, claro está, pero no quería que sintiera que me debía algo.

Y la conozco, así era. Además me gusta que ella tenga sus propios tatuajes sin tinta.

Esas cicatrices la sanaron y le dieron otra oportunidad tras aquel terrible accidente, por eso no me canso de besárselas.

—Tengo que confesarte algo.

—De acuerdo.

—Es algo raro —desvía la mirada y hace una mueca.

—Tienes toda mi atención.

—Muy raro —insiste y le alzo la barbilla para besarla.

Reconozco que durante unos segundos se me olvida que mi intención era calmarla y que estamos en público.

—Cuéntamelo.

—Escribo a mi padre.

—¿Cómo dices?

Cierra los ojos y me enseña la pantalla de su teléfono, poniéndose cada vez más roja.

—Es una estupidez. Empecé a hacerlo hace años. Es solo que… me gusta imaginar que él puede leerlo, aunque sé que no —tartamudea un poco—. No estoy loca, te lo prometo. Sé que es una tontería.

—¿Puedo hacerlo yo también?

Se le abren mucho los ojos.

—¿Escribir a mi padre?

—Sí. ¿Puedo?

Asiente despacio. Aterrada es la única manera en la que podría describir su expresión de forma justa. Acepto su móvil cuando me lo ofrece. Deslizo el pulgar por el chat y empiezo a grabar un audio.

—Hola, señor Dimettri. Mi nombre es Koven Alasdair y llevo mucho tiempo muerto de ganas de conocerlo. Y eso no va con segundas.

—No tienes por qué hacer eso —dice mirando a su alrededor, pero no hay nadie lo bastante cerca como para que esto no sea algo nuestro.

—Pero me gustaría hacerlo. Me encantaría pensar que tu padre recibe este mensaje y que ve lo que estás consiguiendo. Me gustaría poder dejarle claro lo bien que voy a cuidar de ti y lo mucho que te quiero. —Me inclino hacia delante y le doy un beso en la frente.

Envío el audio. Podría decir mucho más, pero no quiero incomodarla. Tiene los ojos llenos de lágrimas.

—Gracias. Podríamos hacer lo mismo con los tuyos, si quisieras. Todavía tienes su número, ¿no?

El corazón me deja de latir.

Seré un idiota, pero no había pensado en esa posibilidad.

—No hace falta —digo repentinamente blando y vulnerable.

—Ya sé que no hace falta, ¿pero quieres?

Esta mujer va a dármelo todo, ¿verdad? Va a hacer realidad hasta el último de mis sueños. Alek y Darcy llegan justo entonces, pero me da tiempo a asentir y ella me mira con una promesa que sé que va a cumplir.

No creí que pudiera volver a sentir cerca a mis padres, pero con esto, es lo que ocurre.

Sant Delphi se sienta a mi lado y Lina ocupa el otro con tal de estar más cerca de Darcy, pero no me suelta la mano.

—¿Cómo estás, tío? ¿Nervioso?

—Lo va a bordar —dice blanco como el papel.

—Joder, estás muerto de miedo.

—Y una mierda. Lo va a bordar. Joder… —Se lleva la mano al pecho y en serio, estoy por sacar el móvil.

Esto es un material buenísimo para futuros chantajes. Se me escapa la risa. En serio, ¿la gente sabe que este tío es una roca impasible e inexpresiva la mayor parte del tiempo?

—Lo va a bordar, Alek. Tranquilo.

—Se ha preparado tanto —se pone serio mientras sacude la cabeza y pone esa expresión de «como alguien haga daño a mi mujer está muerto» tan típica suya.

Empiezan a presentar a las corredoras de la categoría de cien metros lisos.

—¡Ahí está! —grita Darcy agitando los pompones que Lina y ella han hecho a mano.

Ambas se ponen a saltar y gritar, y Sant Delphi se pone a aplaudir tan fuerte que estoy segurísimo de que Keira lo oye. A mí me deja sordo. Me uno al griterío porque para eso no hacen falta tímpanos.

—Qué nervios —dice Lina revolviéndose en su asiento cuando las mejores corredoras del mundo caminan para colocarse en los distintos carriles—. ¿Te gusta esto?

—Es agradable ver una competición cargada de adrenalina con el alivio que da saber que no puede morir nadie, así, para variar.

—Eso ha sido un poco turbio.

—Es que yo soy un poco turbio —la miro desafiante, pero ella se inclina para besarme la punta de la nariz.

—Te quiero, Alasdair —entrelaza nuestras manos y besa la mía antes de dirigir toda su atención a su amiga del pelo blanco.

Yo sí que te quiero, mi preciosa pole position.