Capítulo 9 3
Koven Alasdair
Le separo más las piernas, le clavo las yemas de los dedos en la carne del culo mientras mi polla se abre paso a través de la calidez de su coño prieto, húmedo y perfecto. Se le ponen los ojos en blanco y a duras penas contiene los gritos.
—¿En serio vas a follarme otra vez?
—Dos es un buen número —respondo contra su boca—, ¿pero y tres?
Lamo el sudor de su garganta y succiono más de la cuenta. Ya no sé cuántas veces la he embestido contra la pared. Dios, me he jurado mil veces que empezaría a llevarla hasta una cama, como la gente decente, pero nunca tenemos tiempo de encontrar una.
—Me vas a matar —jadea, pero en vez de apartarse se empuja más contra mí.
Necesitada. Desquiciada. Como si el problema fuera que no le doy suficiente.
Me tomo mi trabajo muy en serio. Innovo con los dedos, la lengua y la polla hasta que se retuerce contra mí mientras me la como y la embisto.
Su sexo palpita sin control y yo podría correrme tan rápido y tan fuerte que no entiendo cómo me aguanto.
El orgasmo la atraviesa y la quema como un relámpago.
Compartimos un beso profundo, sucio y con más lengua que otra cosa y estoy al borde del abismo. Pero me aguanto.
—¿Te estás riendo? —jadea mordiéndome la oreja, pero se le quitan las ganas cuando tiro de ella, la tumbo sobre una mesa y le doy lo que necesita pensando que esto se parece bastante a una cama.
Le acaricio el clítoris para ver como se sacude. Miro mi polla perderse entre sus pliegues y juro que algo se desconecta en mi cabeza. Muevo los dedos con rapidez haciendo que la sala se inunde de sonidos obscenos.
Nunca la he tenido tan dura. Nunca he estado tan enamorado.
Acelero las caricias de mis dedos y ralentizo las embestidas al tiempo que las hago más profundas.
Empieza a correrse otra vez y quiero que le dure hasta perder el puto conocimiento. Quiero que se olvide de que alguna vez le ha dolido algo y que lo único que recuerde sea este orgasmo.
Entro un poco más en ella y veo las estrellas. Supongo que ahora no es un buen momento para admitir que no la he follado ni una vez como si la odiara, que siempre lo he hecho como si fuera el amor de mi vida, porque es lo que es.
—Hostia puta, Dimettri.
—¡Alasdair!
Quiero arrodillarme ante ella y darle placer desde todos los ángulos. Quiero usar su cuerpo para el mal. Quiero que se case conmigo.
—Alasdair.
Después del «sí, quiero», oír mi nombre arrancado de sus labios en pleno orgasmo es lo que más me gusta del puto mundo.
Tiro de su mano y se incorpora todavía latiendo sin control, gime contra mi boca mientras nos enredamos el uno en el otro.
Me corro como si fuera la primera vez. Me arde el cuerpo mientras intento acabar con el último milímetro de espacio.
El placer me muerde la espina dorsal y me derramo en el preservativo sin control.
Ha sido idea mía, no quería dejarla hecha un desastre a veinte minutos de la carrera, pero dios, cuánto me gusta dejarla hecha un desastre. Al acabar me deshago del preservativo y vuelvo hasta ella recogiendo su ropa del suelo.
—¿Me estás poniendo morros después de lo que acabo de hacerte?
—No te has corrido dentro.
Gruño sintiendo cómo mi polla resucita.
—Quiero a mi hombre.
La atraigo de la cintura hasta el borde de la mesa y la beso con desesperación. Solo hablo cuando nos vemos obligados a parar para respirar.
—Ya me tienes.
—Oh, no hablaba de ti, sino del monoplaza. Somos íntimos.
La pellizco y le hago cosquillas hasta que se le quitan las ganas de portarse mal y decir barbaridades. La ayudo a vestirse y le arreglo el pelo. Le beso por todas partes. Le están saliendo pecas de tanto sol, pero el intenso turquesa de su iris no cambia pase lo que pase.
Qué preciosidad.
—Deja de decir cosas tan bonitas con los ojos o voy a renunciar a la carrera por quedarme un poquito más aquí contigo.
—Mentirosa.
—Pero pensaré mucho en ti mientras corra.
Le muerdo el labio, la saco de allí y la llevo con los demás.
—¿Alasdair? —me llama JJ antes de que me vaya del box.
—¿Sí?
—Algunos echamos de menos tenerte por aquí. Es decir… somos conscientes de la gran labor que estás haciendo, pero… eso. —Carraspea.
—¿Vas a echarte a llorar?
—No.
—Genial —le doy dos golpes en el hombro y me largo de allí conteniendo la sonrisa como puedo.
Ya no formo parte del box, como antes.
Lo cierto es que llevo meses trabajando para la Federación Internacional. Cuando Lina me dejó claro que no podía volver a alejarme y, la verdad, mi corazón evidenció que no podíamos vivir sin ella, supe que esta era mi única salida.
Mientras la pierna de Lina se curaba yo hice todo lo que estaba en mi mano para llegar hasta aquí. La verdad es que mi reputación ayudó y ahora…
Soy comisario de la Federación Internacional.
Desde aquí estudiamos infracciones, tiempos, banderas, investigamos accidentes y aplicamos sanciones. Desde aquí tengo poder y control. Ahora ya no pertenezco al pit wall, más bien soy parte del reglamento.
Voy a ser capaz de detectar irregularidades antes de que pasen. Evitar la corrupción y los sobornos que llevaron a Lucian a casi salirse con la suya.
Desde aquí voy a poder cuidarte mejor, Dimettri.
—Hola, Alasdair.
—Koven.
—¿No ibas a no sé dónde?
—Ya he vuelto —me limito a no dar muchas explicaciones a mis compañeros.
Somos unos cuantos, pero el ambiente no es en absoluto como el box que he dejado atrás. Lo cierto es que creo que aquí encajo mejor, aunque eso me aleje de mi familia.
Ocupo mi asiento y me pongo los auriculares abriendo el canal interno de la Federación.
A veces, en mis momentos débiles, escucho las radios del equipo, pero intento no hacerlo. Soy mejor desde la distancia y mi mujer se merece lo mejor.