Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 9 2
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Capítulo 9 2

Lina Dimettri

Junio, Yas Marina, Abu Dabi.

El calor sofocante de hoy no solo está en el aire: pesa sobre mis hombros y hasta sobre mis párpados.

La temperatura veraniega te envuelve como una manta húmeda de ochenta toneladas desde el segundo en que bajas del avión y se mete en tus pulmones para ponerte nerviosa.

Además, hoy hace un sol para morirse y eso consigue que el asfalto casi brille.

El aire huele a goma quemada y motores listos para el domingo de batalla.

Tan listos como yo.

Voy a disfrutar tanto de esto.

Dejo el paddock atrás y pienso en lo reconfortante que ha sido encontrarme a Ethan Vermand y oírle decir «me equivoqué contigo». ¿Podría haber algo mejor? Keira cree que no. Yo creo que Keira es una chica muy sabia.

Falta alrededor de una hora para que empiece la carrera cuando llego al box de Gear-GP y me encuentro de cara con algo terrible. Algo que va a tirar por tierra t-o-d-o-s mis intentos de no emocionarme como una panoli.

El equipo está reunido alrededor de una tarta. Una enorme con un par de muletas de azúcar a modo de corona.

—¿Y esto qué significa? —pregunto emocionada, parpadeando más de la cuenta.

—Hemos pensado que te gustaría despedirte de ellas —dice Brutus encogiéndose de hombros.

—¿Y qué mejor idea que comértelas? —pregunta JJ sirviendo la porción más minúscula en una cuchara.

Sabe que los nervios antes de la carrera y la adrenalina de la velocidad no son buena mezcla con azúcares como estos, ¿pero una cucharada? Supongo que no pasa nada.

—Estáis locos. —Abro bien la boca y paladeo la riquísima tarta de limón.

Aplauden y dicen cosas preciosas que, para nada, grabo a fuego en mi memoria.

—¿He dicho ya que estoy muy orgullosa de ti? —pregunta Kathy, la que lleva siendo mi entrenadora lo que parece una eternidad.

Me ruborizo dándole un abrazo. Kathy me ha acompañado día tras día en mi recuperación, hemos llorado juntas y hemos fantaseado con llevar a cabo un montón de estrategias increíbles en la pista.

Los dos meses de pronóstico se convirtieron en cuatro y la recuperación de mi pierna fue más agónica de lo que una hubiera esperado. Pero he llegado a tiempo. Hoy es la última carrera de la temporada, ¡y estoy lista para ella!

—No me hagas llorar todavía, por favor —le pido en el apretado abrazo.

—Haré lo que pueda.

—Gracias —le aprieto un poco más y espero que sepa a todo lo que me refiero.

Pasan diez minutos antes de que nos pillen celebrando esta mini fiesta.

—Mi jefe es un capullo —dice Loïuan cogiendo una buena porción, demostrando que no le teme a nada.

—Ya —me sumo—, algo he oído. La verdad que el mío también. Aunque tiene buen culo.

—Sí, la verdad que yo también me he fijado en eso.

—Recoged todo esto si no queréis que nos abronquen —interviene George.

—Sí, señor —tensamos la espalda y nos ponemos firmes.

—Perdona, estás hablando con la que ayer consiguió la pole position, un poquito de respeto —dice una voz profunda a mi espalda que me eriza la piel y me acelera el pulso.

—Claro, jefe. Perdona, Lina —dice George fingiendo temer por su puesto de trabajo.

—Conseguí mi maldita pole position mucho antes que ayer —digo por lo bajo mientras miro a Alasdair y tarda unos segundos en entender que de hecho, sí, he dicho eso.

Y SE RUBORIZA. Dios, este hombre me va a volver lo-ca.

Entonces hace una locura. Entrelaza nuestros dedos, tira de mí y me pone delante de los dos monoplaza del equipo de Gear-GP.

Hubo cinco escuderías que me hicieron ofertas cuando se hizo público que Lucian había intentado matarme con tal de llevar a cabo su injusta venganza contra Alasdair.

Pero las rechacé cuando Koven tomó cartas en el asunto.

Me dijo que tras una charla con los accionistas mayoritarios de Leik-GP, que no querían ver a Lucian ni en pintura, había conseguido que despojaran a Lucian de toda responsabilidad.

Compró la escudería, echó a todos los que hubieran estado al corriente de los intentos de Lucian, le cambió el nombre, pero se quedó con el equipo porque… bueno, porque son familia.

No me dejó invertir una buena pasta como accionista porque no quiere atarme a esta escudería. Está chalado si cree que voy a largarme de aquí.

—¿Nos hemos metido en problemas? —pregunta JJ entre el jaleo de la gente que poco a poco va guardando silencio.

—Sí, ¿qué hace aquí uno de la Federación? —pregunta Brutus.

—¿Hemos hecho algo ilegal? Yo soy inocente —dice Mikel causando risas.

«Estoy por sacudirle con una de mis muletas.

—Mikel, vete a casa —pido apoyándome en la pared blanca con olor a desinfectante.

—No. ¿Y si intentan matarte otra vez?

—¿Crees que esos hombres de ahí llevan uniformes porque en realidad son strippers?

—No me voy a arriesgar. Tú haz lo que tengas que hacer. —Mueve la barbilla hacia mi habitación—. Además, el pasillo de este hospital no es tuyo. Soy libre de quedarme donde quiera».

Llegué a dudar si estaba compinchado con Lucian. Pobre. No tiene culpa de ser insoportable incluso cuando intenta ayudar. No quiero asustar a nadie, pero creo que le estoy cogiendo cariño a Mikel.

En cuanto al monstruo… Lucian lleva más de dos meses en la cárcel.

«—¿Sabes? —le digo a Keira a través de una videollamada intercontinental—. Creo que las películas no hacen justicia a lo tedioso, largo y horrible que puede ser el proceso judicial.

—¿No? Pues hay varias que lo detallan como agonizante.

—Ninguna que yo haya visto.

—¿Cuál has visto?

—Ninguna.

Keira me aguanta la mirada y yo se la aguanto a ella. Rompemos a reír a la vez».

El proceso judicial fue una fuente de ansiedad descomunal.

Sobre todo porque la gente poderosa como él no suele acabar entre rejas.

Tuve muchas pesadillas, pero el público estaba de nuestra parte.

Habían visto los accidentes. Querían un culpable y ahora lo tenían.

Tiene pinta de que, al final, el dinero no puede comprarlo todo, ¿eh, Hendrix?

—¿Estás conmigo? —pregunta Alasdair trayéndome de vuelta al box y no me doy cuenta de que le tiembla un poco la mano, porque toda yo tiemblo con los nervios de la inminente carrera.

Sus ojos brillan con fiereza y me aplastan contra el suelo. Dudo si alguna vez dejará de acelerárseme tanto el corazón, pero si no lo hace, es posible que acabe sufriendo un infarto.

—Aquí estoy, sí —sonrío como una tonta.

Darcy lo llama mi sonrisa de bien-follada.

—Bien, porque quiero dejar algo claro. O anunciar, más bien.

—¿Anunciar? —repito.

—¿Algún despido? —pregunta George.

—No seas agorero —dice Loïuan.

—Es verdad, podría ser algún ascenso —dice JJ.

—O quizá podría ser algo malo —dice Mikel, causando más jaleo.

Uno que se silencia cuando Alasdair, que no aparta su mirada de la mía, se aleja un poco de mí. Lo justo para clavar una rodilla en el suelo.

Un sonido que no se parece a ninguna palabra sale estrangulado de mi garganta seca al tiempo que Loïuan se queda sin aire y un grupo de «joder» suenan en todas direcciones.

—Te he querido en secreto demasiado tiempo, Dimettri. No puedo soportarlo más.

—Dios mío.

—No sabía vivir antes de conocerte, solo sobrevivir.

Y tú viniste con tu positividad infinita, tu ambición y tu fuerza, y me jodiste todas las defensas.

Voy a perseguir tu sombra a donde sea que vayas, por muy deprisa que lo hagas —sonríe con emoción mientras me acaricia la mano—.

Voy a proteger tus sueños, a ayudarte a levantarte cuando te caigas y a cuidar de ti.

—Alasdair.

Abre una pequeña caja de terciopelo rojo y me enseña un anillo precioso. Me mira con vulnerabilidad, ilusión, y lo mío me cuesta no comérmelo a besos.

—Lina Dimettri, ¿me dejarías amarte el resto de nuestras vidas?

—Sí. Sí. Por dios, ¡¡sí!! —sollozo abalanzándome sobre él para besarle con intensidad.

Me coge y me protege de la caída con su cuerpo, me besa y me aferra a sí como si fuera todo su mundo.

—¿Vas a casarte conmigo? —pregunta solo para mí.

—Sí —vuelvo a besarle olvidando que tenemos público—. Ponme el anillo. ¡No pienso quitármelo nunca!

Me coge de la nuca y me presiona contra sí con hambre y la emoción de un millón de estrellas fugaces.

En cuanto me coloca el anillo en el dedo el resto de equipo se nos echa encima para darnos la enhorabuena.

Los abrazos y las felicitaciones vuelan en todas direcciones, pero no me alejo de Alasdair ni dos pasos.

—Os lo teníais bien calladito, ¿ehhhh?

—¡Lo sabía!

—¡Yo lo supe cuando le vi irse al hospital enfurecido!

—Pues yo no tenía ni idea.

—Porque a ti lo que no sean neumáticos, George…

Cinco minutos de cortesía después, me acerco y tiro de su mano para que se agache a mi altura y pueda oírme susurrar:

—Por favor, llévate a tu prometida a una sala vacía y fóllatela como si la odiaras.

Su risa reverbera por mi cuerpo y me besa la cara como una promesa.

Una vez más, Koven Alasdair cumple con mis altísimas expectativas.