Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 9 0
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Capítulo 9 0

Lina Dimettri

No sabía cuándo se iría de mi lado, pero sabía que Alasdair lo haría.

Es por la noche cuando ocurre y estoy bastante convencida de que lo hace por no ser una carga. La planta está bastante silenciosa, pero yo no. Por dentro hago ruido. Todo el ruido del mundo.

No sé bien a dónde ir. Han pasado varios días y he podido comprobar que las máquinas expendedoras no son mis mayores aliadas teniendo en cuenta que no puedo agacharme bien a recoger lo que compro. Además, tampoco tengo hambre. Siento que nunca volveré a tenerla.

Me acerco a la única persona con bata que parece haber en la planta, la que está tras el mostrador.

—¿Quién no puede dormir?

—Culpable.

—¿Estás sola? —pregunta la recepcionista con ese acento italiano en su inglés que caracteriza a todos los de por aquí.

Decido poner en practica el idioma que siempre me trajo a mi padre de vuelta. Me haces mucha falta ahora mismo, desconocido.

—¿Ves el de uniforme a un par de metros a mi espalda? Él impide que esté sola —aunque no impide que me sienta solísima.

—Sí, lo veo. Es guapo, aunque se le ve reservado.

—Sí, no habla mucho. O nada.

Le odio porque no suelta prenda de a dónde se ha ido Alasdair. Lo peor es que puedo hacerme una idea. Va a seguir preocupándose por mí hasta que no quede nada de él. Seguro que ahora se encuentra fatal.

—¿Sabes italiano, bombón?

—Un poco. ¿No sabes quién soy?

—Las del turno de noche vivimos en una realidad paralela. Nos enteramos de cosas, pero no de lo mismo que las de la mañana. ¿Quién eres? ¿Una científica buenorra? —pregunta sorbiendo de la pajita de su enorme termo que pone «fan del hockey sobre hielo».

—Nadie, no soy nadie. —Nunca me he alegrado más de que alguien no me reconozca.

Todos los que sí lo han hecho han compartido una mirada de lástima que me pone furiosa y me llena de ira.

Estoy tan insoportable que ni siquiera les he cogido el teléfono a Keira o a Darcy.

Me he limitado a enviarles un breve mensaje asegurándoles que estoy bien y a apagar el móvil.

De eso hace ya varios días. Soy una capulla.

Hago una mueca. Puede que no tenga ganas de hablar con nadie, pero todavía tengo menos ganas de estar sola con mis horribles pensamientos.

—Qué misteriosa. —Se levanta de la silla y mira mi pierna—. ¿Hay alguna razón por la que lleves una sábana envuelta sobre lo que supongo que es una férula?

No quiero verla.

Sé que es infantil, pero estoy a punto de volverme loca y lo que lo está impidiendo es esta sábana.

—Sí que la hay, sí. ¿Qué es lo mejor de ser enfermera? —pregunto apretando mis muletas, esperando que me pida que me largue y rezando porque no lo haga.

—¿Me cargaría un montón de años de trabajo feminista si dijera que los enfermeros?

Sonrío. Me recuerda a Darcy y eso me da ganas de llorar.

Estoy que no me soporto.

Días después…

Darcy

Indiana, EEUU.

Lina dice que el aire en casa huele a frío. En el cielo se ven muchas más estrellas de las que debería y yo no podría estar de peor humor. No hay ni una parte del cuerpo que no le duela, y se nota.

—Deja de moverte un segundo, bombón.

—Tengo que ir a verle, tengo…

—Centrémonos primero en bajar del taxi, Lina —pido ofreciéndole las muletas, empujando la puerta con la cadera para abrirla un poquito más.

Tiene los párpados hinchados de llorar y da mucha pena.

Alasdair no se separó de su lado, pero en las veinticuatro horas que estuvieron juntos en el hospital en Italia, no le dijo que Lucian había resultado ser el responsable de todo.

No le dijo que le habían dado una paliza como para matarlo. No le dijo que su ex-amigo fue el responsable del intento de asesinato de Lina y que la sangre de Marcus Torrent fue todo cosa suya. Alasdair no le dijo nada de todo eso porque quería que Lina lidiara primero con lo de su pierna.

Gracias a la enfermera que fue testigo de la confesión de Lucian, se ha abierto una investigación de tres pares de narices y todos a los que Hendrix tenía sobornados están cayendo como moscas.

La cosa ha llegado tan lejos que se han suspendido las carreras de los próximos dos fines de semana por todo el jaleo mediático y está por ver lo que pasa con el resto de la temporada, dado que peña de la Federación estaba en el ajo y eso al parecer, es gravísimo e inaceptable.

Personalmente quiero que todos esos cabrones acaben entre rejas, pero ya veremos.

Alasdair tuvo que ir a la policía para presentar su testimonio junto con la enfermera y el tío aún estaba sangrando que no veas.

Hay fotos suyas por todo internet con uno de los ojos tan rojos que da cosa mirarlo.

El caso se ha trasladado a Estados Unidos y ahora es el mayor escándalo ocurrido en el mundo de la Fórmula 1.

Pero a mí solo me importa mi amiga.

Alasdair

Lina

Por favor, déjame verte.

Necesito saber que estás bien.

Tu policía secreta no me ha perdido la pista hasta ahora.

¿No vas a preguntarme donde estoy?

La veo escribir todo eso en su móvil antes de coger las muletas.

—Loïuan tenía una cara de estar muerto en vida que ni te cuento —dice—. Ahora sabe que la pasta que le dio Lucian para cuidar de su madre enferma no fue más que una estrategia para despistar a Alasdair cuando empezaba a husmear donde no debía. Solo quería entretenerlo hasta la carrera de Italia y…

—No lo digas —pido lidiando con mis propias náuseas.

Creí que después de conocer a la espantosa familia de Keira mi instinto asesino acababa con ellos, pero no. Lucian Hendrix, el hombre al que abracé tres veces el día que lo conocí, ha intentado matar a mi mejor amiga. No tengo palabras para describir lo que siento.

—Vale, no lo digo —coge las muletas, sale del taxi y este se va—. Qué maldito desastre. Tengo que ir a ver a Alasdair.

—Tienes que descansar.

—Darcy, no me coge el teléfono. Sé cómo es. Debe estar… —le tiembla el labio inferior y le acuno las mejillas con cariño.

—Son las dos de la mañana, cielo —digo con dulzura.

—¿Estoy muy fea?

Dios.

—Imposible.

—Entonces…

—Entonces vámonos a mi casa. Nos levantamos temprano y vamos a verle. Necesitas comer algo y descansar.

—Lo que necesito es verle, Darcy —se le desbordan las lágrimas—. Sé que se está culpando de todo. Tú no has visto cómo se pone. —Mira la bolsa en el suelo—. Estoy un poco floja para llevar mis cosas y caminar hasta su casa. Si no quieres acompañarme, ¿puedes llevarte tu la bolsa y…?

Alzo una mano para que se calle porque estoy tan sensible que podría echarme a llorar por esa puñetera insinuación. ¿Tan sola la dejó su madre que cree que yo estaría dispuesta a pirarme y dejarla sola en una situación como esta?

—Darcy, ¿estás llorando?

—No. —Me cuelgo su mochila al hombro.

—Vale, porque yo me estoy aguantando las ganas por ti.

Me arranca una carcajada llorosa.

Keira nos llama y tras darnos una información que me pone todavía más nerviosa, viene en nuestra búsqueda. Nos la encontramos de camino a casa de Alasdair y en cuanto la tengo cerca, tiro de ella y le doy un abrazo tan fuerte que no sé cómo no la desmonto.

Sant Delphi

Entro en su casa a medianoche y doy gracias de que hace mucho tiempo me diera una llave. Ahora no lo haría. Se ve a sí mismo como un ancla y no quiere llevarse a nadie consigo al fondo del océano.

El muy gilipollas.

Lo oigo desde la puerta. La casa está a oscuras, pero he venido tantas veces que ya conozco el camino.

Conocí a Koven por tener el mismo terapeuta que yo.

La muerte de Marcus lo había dejado hecho polvo, y eso que no fue él quien le comió la oreja al chaval para que cometiera el peor error de su vida.

Fue el ex-piloto al que Marcus admiraba mucho.

Me pregunto cuánto lleva sobreviviendo, joder. Así no se puede vivir.

Lo encuentro empapado en sudor, en el suelo y en pleno ataque de pánico, intentando que no se le note. El tío lleva la culpa a un extremo demencial. No quiero que el próximo evento al que me obligue a acudir sea un funeral, pero si la cosa sigue así, lo será.

—Joder —gruño.

Le doy la bolsa de papel que he traído y le obligo a respirar dentro.

Nos quedamos ahí media hora como mínimo, hasta que su estómago se calma.

Luego lo levanto y lo obligo a caminar hasta el baño.

Si le meto la cabeza bajo el grifo es porque Beckham dice que el agua caliente puede ayudar a relajar el sistema nervioso.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta cuando me ve la cara, pero no me duele.

Las costillas rotas en cambio son una putada monumental. Sobre todo para venerar a mi mujer del modo que se merece.

—¿Te alcanzo un espejo?

—Tío —insiste.

—Estoy bien. No ha tenido nada que ver contigo. Soy un profesor muy odiado en North Star.

Se le hunde el pecho y el corazón me hace cosas raras.

—Que estoy bien, no me seas gilipollas —insisto.

Le dejé claro a la policía que Lucian Hendrix estuvo detrás de la paliza que me dieron, al tiempo que hacía malabares para que Koven no se enterara. El problema es que los moratones de mi cara son difíciles de ocultar.

Se deja caer contra la bañera y se frota los ojos, que los tiene rojos como dos tomates.

A mí me cae bien muy poca gente, pero él es como un hermano pequeño para mí, así que me jode horrores verlo así.

—¿Quién te lo hizo?

—Unos críos a los que suspendí. Ya lo hablaremos. Ahora lo importante es que no dejes que Lucian vuelva a meterte en el agujero del que has salido. Tienes una vida que merece la pena vivir, tío. No se te puede olvidar.

Se le contrae el rostro. Veo dibujado en su expresión todo lo que cree no merecerse.

—Eh.

—No se me olvida —dice, pero suena a mentira.

Le traigo algo para que se cambie de camiseta y también le doy algo para que se enjuague la boca.

—No lo vi.

—¿El qué?

—No interpreté nada de los acercamientos de Lucian a Marcus, en aquel entonces.

Pero ahora tiene mucho más sentido la decisión que lo llevó al accidente.

Era algo que Lucian habría hecho, era una estrategia ingenua y temeraria.

Lucian consiguió que se matara en Monza, donde él perdió su carrera.

El puto psicópata. —Sacude la cabeza y aprieta los dientes con fuerza—. Y Lina…

—Lina está bien.

—Se ha roto la pierna y casi la mata, «¿bien?».

Le miro las manos heridas, los nudillos abiertos.

—Respira —le digo cuando vuelve a hacer ese sonido de asfixia.

—Casi la mata. Casi…