Capítulo 8 9
Lina Dimettri
—Alasdair —es lo primero que murmuro en cuanto abro los ojos, bastante convencida de que es la única palabra que conozco.
La desorientación no es que sea profunda, es que está dibujada en mis huesos. Casi no sé ni cómo me llamo. Entra el sol por la ventana y esta mañana es tan buena como otra cualquiera para entrar en pánico.
Al principio creo que no está aquí, en la puñetera y desconocida habitación de hospital en la que despierto, *una vez más* pero me topo con los ojos ojos de un tío con pinta de policía. Es él quien me lo señala con la mirada desde su posición en la puerta.
En una butaca y con la cara des-tro-za-da, está Koven Alasdair. Dios mío, ¿qué le ha pasado? Alargo mi mano hacia la suya herida y casi me caigo de la cama con tal de alcanzarle.
—Alasdair —jadeo mientras abre los ojos y nunca me he alegrado más de verlos, y eso en mí es decir mucho—. ¿Qué te ha pasado? ¿Y qué hago aquí?
Se aferra a mi mano y se pone de pie, alarga la otra hacia mi mejilla, se acerca a mí y me besa con la intensidad de mil demonios enjaulados. Mi corazón tiembla al caer en el hecho de que… está aquí.
Esta vez no se ha ido.
Me aferro a él como si no tuviéramos público y mi alivio y mi preocupación crecen con cada segundo. Al separarse de mí Alasdair me mira como si se lo hubieran quitado todo y yo llegara con las manos llenas de regalos. Me asusta lo que pueda decir.
—¿Cómo te encuentras?
—Tengo la cabeza embotada y una sensación de asco similar a las náuseas, pero estoy bien —bajo el tono—. ¿Y por qué tenemos un policía en la entrada? Tuve un accidente, ¿verdad? Soy inocente.
—¿No te acuerdas?
—No, pero primero dime qué te ha pasado a ti. Estás demasiado bueno como para que se desperdicie toda esa infraestructura de dios griego que tienes —digo señalándole el rostro y aunque espero que se ría, no lo hace.
—Lo que me ha pasado a mí no tiene importancia.
—Eso lo dices porque no estás enamorada de ti. —Miro al policía—. ¿Tengo razón o no tengo razón? Es guapísimo, ¿verdad?
—Muy… sí —responde el policía tenso, y a mí tanta seriedad hace que me dé la risa.
Una bastante incontrolable.
Uy, creo que estoy bajo los efectos de algún medicamento raro.
—Lina —Alasdair llama mi atención con cautela, acunando una de mis manos con las dos suyas.
—¿Te he dado las gracias por estar aquí? —Le beso la mano y al inclinarme, mi estómago se queja.
No me digas que me han vuelto a abrir para mirar si me estaba desangrando viva. Mira que ya tengo cicatrices para aburrir, ¿eh? No quiero más.
—No, no había riesgo de hemorragias internas esta vez —responde Alasdair, porque por lo visto, he compartido mis pensamientos con toda la clase. De repente, mira al policía en la entrada—. ¿Puedes avisar a alguien y decirles que está despierta? No te alejes mucho.
—Sí, señor.
No entiendo por qué hay un policía que habla inglés en un hospital en Italia.
Estoy al tanto de que la policía investigó a Alasdair después de mi primer accidente, igual que investigó a todo el equipo. ¿Será alguno de esos?
—Lina.
—Alasdair.
—¿Qué recuerdas?
—No mucho —admito algo avergonzada.
Me pone en situación. Me explica lo que ocurrió en el circuito y la intranquilidad empieza a crecerme en el pecho, en el corazón. Se me hace un nudo en la garganta antes de saber por qué y las lágrimas me arden en los ojos.
Recuerdo el dolor. Oh no. Lo recuerdo en un punto muy concreto. No, no, no, no.
—Me encontraba mal, me acuerdo de no enterarme bien de lo que decíais por la radio…
—Las imágenes del domingo caen sobre mí con la violencia de una cascada de gran caudal.
Vienen en flashes, confusas y desordenadas.
Me sobresalto—. Dios mío, ¿tengo un tumor cerebral o algo así? Un segundo, ¿Dubois está bien?
—Jace chocó contigo, no al revés —dice sin apreciar mi preocupación.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Sí, está bien. Y no tienes ningún tumor —vuelve a besarme—. Te drogaron.
Se hace el silencio en la sala. Uno espeso y tóxico como el petróleo.
—¿Me… qué?
—Te drogaron.
—¿A mí? ¿Cómo? No puede ser.
Endurece la mandíbula y su culpa se vuelve una tercera persona presente en la sala, dispuesta a sustituir al policía. Al preguntar quién lo hizo, me dice que aun no lo saben.
El suelo bajo mis pies empieza a temblar. El hospital entero lo hace.
—Respira, por favor —pide con dulzura, pero yo ni siquiera soy capaz de articular bien lo que pienso.
—No pueden haberme drogado. ¿Cuándo lo harían? Dios mío, ¿en el hotel? ¿Alguien entró en mi habitación mientras dormía?
—No, tuvo que ser muy poco antes de la carrera.
—¿Muy poco? —repito incrédula.
En shock.
Ahora la habitación da vueltas a trescientos kilómetros por hora porque eso quiere decir que quien me ha drogado es alguien que conozco.
ALGUIEN DEL EQUIPO.
El sentimiento de traición se mezcla con el de pérdida absoluta de control. Me siento sucia y enrabiada, violenta. Vengativa y triste. Soy un coctel peligroso porque una vez más tengo que apuntar otro trauma a la puta lista.
—No quiero que pienses en eso ahora. Céntrate en mí.
—Es una idea tentadora, pero el domingo que viene voy a tener muchos problemas para subirme al F1. Dios, ¿y si no puedo? ¿Cómo voy a poder? Me han drogado —me tiembla la voz, las manos, el cuerpo entero.
Entonces Alasdair termina de romper la burbuja de cristal en la que me encuentro.
—Podrás volver a correr de aquí a unos meses, si es lo que quieres, Lina.
—¿Meses? —repito con la lengua pastosa.
—Ahora tendrás que centrarte en tu recuperación.
Él sigue hablando de mis opciones, pero yo dejo de oírle. Como si estuviera bajo el agua, hundida y a la vez flotando, pero muy lejos. Me resulta cada vez más difícil ignorar la voz de mi subconsciente.
Hay un peso extraño bajo la sábana.
Siento como si la cama, de repente, estuviera inclinada hacia el vacío. Hacia uno que no quiero mirar. No quiero acercarme a nada que pueda tener forma de pérdida. Pero lo hago.
Aparto la sábana que me cubre las piernas y veo la férula inmovilizándome una de ellas. La luz blanca del techo baña la nueva cicatriz, la piel manchada, la cruda realidad a la que voy a tener que enfrentarme.
Me he roto la pierna.
Los planes que tenía se escapan de entre mis dedos. Veo cómo todas las carreras se esfuman, pese a mis esfuerzos por anclarlas a mí. Y con ellas, mi futuro, mis sueños.
—No —gimo como si eso pudiera cambiar algo—. ¡No!
Rompo a llorar.
Necesitaría mucho tiempo para asimilarlo, pero desde luego los dos minutos que tarda el personal médico en llegar es del todo insuficiente.