Capítulo 8 4
Koven Alasdair
Se detiene nada más entrar al box, en cuanto me ve.
Se le caen unos cuantos mechones de su moño despeinado lleno de ondulaciones y aunque tiene cara de haber descansado bien por primera vez en muchos días, también se la ve nerviosa.
Tensa. Desvía la mirada y va directa a Lucian como si supiera que en ese caso no voy a interceptarla, que está a salvo de mí.
Error. Le corto el paso.
—¿Puedes actuar con normalidad? —pregunto en tono bajo, solo para ella.
Tenemos suerte de que en el box haya mucho jaleo.
—Estoy siendo de lo más normal.
—No, me estás evitando y todo el mundo se va a dar cuenta.
Vuelve a salir del box afuera y la sigo. A ella y a su olor dulce e hipnótico que me pone enfermo. Mira a su alrededor para comprobar que no hay nadie cerca y cuando estoy frente a ella, susurra:
—Me dices que me quieres. No, me dices algo mucho más romántico y doloroso que eso, y… Y luego no te presentas a nuestro entrenamiento. Te saltas nuestra tradición antes de la carrera y… Es evidente que no quieres estar conmigo, así que no, yo tampoco puedo actuar con normalidad.
No he ido al entrenamiento porque sabía cómo iba a acabar. Se me da mal tenerla delante cuando estamos rodeados de gente. ¿Pero a solas? No tengo autocontrol. Mi cuerpo va por libre. Cada segundo que pasa que no la beso me muero un poco más.
Dios, nunca debí decírselo.
Debí mantener la puta boca cerrada.
Y sobre todo, no debí follármela contra la puta pared.
—¿En qué piensas, Alasdair?
—No quieres saber lo que pienso.
—¿Me oíste cuando dije que yo también te quiero?
—Joder, Lina. —Sí la oí, y no necesito que me lo recuerde.
Sobre todo, no cuando tengo sus preciosos e imposibles ojos turquesa tan cerca. No, cuando aún siento su precioso coño palpitando contra mi polla a punto de correrse.
—¿Me oíste? Porque puedo repetirlo.
—No lo hagas.
—De acuerdo, no lo haré —me coge el antebrazo donde antes estaba el tatuaje en su honor—. Ojalá estuviera todavía aquí.
Lo cierto es que tuve un pequeño accidente de coche. No me lo hice yo. Pero si el accidente no es prueba suficiente de que, si ella ocupa toda mi cabeza no sirvo para nada, no sé lo que lo será.
¿De verdad quiere estar impresa en mi piel cuando todo mi cuerpo, mi mente y mi puta alma ya le pertenece? Es evidente que su ambición no tiene límites.
—Lina, nada ha cambiado. Necesito estar lejos de ti para poder serte útil.
Me suelta el antebrazo despacio. Tiene los ojos llenos de lágrimas, pero sus labios sonríen.
—Siempre me ha encantado pilotar, Alasdair. Más que nada en el mundo. Pero tú me has hecho más feliz incluso que eso y no estoy dispuesta a renunciar a ti. —Traga saliva con dificultad—. Buscaré la manera de que esto funcione. Sé que la hay y voy a encontrarla.
—Sales a pista dentro de nada. En lo único que quiero que pienses es en eso.
—Nunca va a ser lo único en lo que piense —promete y luego se marcha.