Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 7 8
81%

Capítulo 7 8

Lina Dimettri

Sábado de clasificación. Italia, Monza.

El templo de la velocidad. El circuito más rápido del calendario. El lugar perfecto para una carrera intensa y con velocidades absurdas. El mejor sitio para volver, si me preguntan a mí.

El olor a goma quemada me sacude el pecho. El viento silba, pero hace muy buen día, el cielo está despejado y listo preparado hoy.

A diferencia de mí.

Falta una hora y media para que salga a competir y estoy escondiéndome como una niña pequeña.

Necesitaba algo de silencio así que he buscado una sala de pesas tranquila.

Le he escrito algunos mensajes a mi padre y luego me he dedicado a estirar durante diez, tal vez quince minutos, antes de que alguien me encuentre.

Y por «alguien», me refiero a la principal persona de la que me escondía.

Alasdair vuelve a quedarse a mitad de una palabra cuando me ve. Bueno, a mí no, a mis cicatrices. Esto es algo que lleva pasando desde que rompimos. Así que aquí estoy, en el suelo, inclinada sobre una de mis piernas y arrepintiéndome de haberme quedado solo con el top.

Antes del accidente, me sentía hermosa cuando me miraba, orgullosa de mis marcas, incluso. Ahora me siento horrible. Fea. Un monstruo. Lo odio, así que me pongo en pie y busco mi chaqueta.

—¿Qué haces aquí?

—¿A ti qué te parece que hago? —respondo arisca.

Incapaz de controlar la rabia que me da sentirme tan insuficiente, cojo la chaqueta y me la pongo, abrochándomela hasta arriba.

—¿Y ahora? —me observa apoyado contra la única puerta de salida.

—Taparlas. Es evidente que te dan asco.

Me sostiene la mirada una puta eternidad y el cuerpo me tiembla.

—Eres muy amable.

Que no lo niegue hace que el alma se me caiga hasta los pies. Resoplo e intento no darle importancia a lo que me hace, pero una vez más no lo consigo. Es cruel. Y no entiendo por qué. No nos separa una gran distancia y es culpa mía, porque mis ganas de salir de aquí no me han hecho previsora.

Despacio, sin pedirme permiso, sus manos me tocan. Sin apartar los ojos de los míos, me desabrocha la chaqueta. Y yo le dejo, petrificada e inmóvil. Ardiendo. Dispuesta a quedarme ahí para que coja lo que quiera de mí. Deseosa de que haga lo que en el fondo deseo tantísimo.

La cremallera llega hasta abajo y la chaqueta se abre, pero su mirada ya no es como antes, ya no se vuelve dulce al recorrer la piel expuesta de mi abdomen. Es severa, fría e intimidante, al contrario que la mía.

—¿Qué estás…?

—Nada. No estoy haciendo nada, Lina. —responde en un gruñido, erizándome todo el vello del cuerpo.

La petición subliminal de que le dé un segundo está ahí pero no entiendo por qué. Alasdair me mira, respira el mismo aire que yo y lo electrifica.

Luego cierra los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza mientras me bordea y me da la espalda.

Me tiemblan las piernas. Ni siquiera estoy segura de si me imagino el «vete» ronco que oigo antes de lanzarme hacia la puerta y marcharme.

Quizá solo esté en mi cabeza, pero lo cierto es que no importa mucho.

No dejo de poner distancia.

En cuanto puedo cierro una puerta a mi espalda y exhalo todo el aire contenido, pidiéndole a mi pulso que se calme de una vez.

Unos minutos después busco un lugar en el que tranquilizarme y ponerme el mono. Consigo lo segundo a la perfección. Me encuentro a Lucian de camino al box y casi se me sale el corazón por la boca.

—Qué susto.

—Perdona, no era mi intención. ¿Cómo está esa cabeza tuya? ¿Te va a dejar tranquila?

No es la primera vez que me pregunta y tampoco es la primera que siento incomodidad entre nosotros.

No es de extrañar, desde que descubrió mi mentira sobre los episodios que mi cadera me regala a diario, la cosa ha estado tensa.

Y creo que sabe que, después de prohibirme ir a Alemania, imprimí una foto con su cara y le clavé un montón de chinchetas.

—Estoy bien —le aseguro dándole un par de datos innecesarios sobre lo bien que he dormido, *mentira*, y sobre las ganas que tengo de competir.

—Me alegra oírlo.

—¿Y tú? Sé que hace años de tu lesión, pero imagino que…

—Bien —su gesto se tensa dejando claro que no le gusta hablar de eso.

—Suerte la tuya.

—Sí, bueno… Toma, te he traído esto. —Me ofrece una bebida isotónica y mis músculos casi se ponen a dar saltos.

—Gracias, estoy sedienta y… —Doy un bote cuando Loïuan grita de dolor.

Alzo la vista y veo sangre. Corro hasta él y lo ayudo a levantarse.

—Hijo, ten cuidado —dice George, el padre de todo el equipo de mecánicos.

—Un poco tarde para eso —dice otro de sus compañeros.

Siempre hay un puñado de herramientas por en medio y siempre hay alguien que no ves o alguien que no te ve.

—Seré idiota —gruñe Loïuan para sí poniéndose en pie.

—Ehhh, tranquilo —digo con voz dulce.

—Desde que vuelvo a estar soltero no doy pie con bola —se reprende.

—Anda, ven aquí —tiro de él y me lo llevo a una salita donde sé que hay un botiquín.

Básicamente porque yo no voy a ninguna parte sin uno.

—¿A ver? —le examino la mano—. Uhhhh, vaya herida. Va a haber que amputar.

—Muy graciosa.

—¿Te ha pasado algo, corazón?

—No quiero llenarte la cabeza de ruido antes de tu carrera.

—Me vendría bien una distracción. En serio —digo cogiendo el desinfectante y las tiritas.

—Allën me ha dejado.

Mira, esa canción me suena. Loïuan gruñe como si se maldijera a sí mismo.

—Soy patético, no puedo parar de pensar en él. Por eso estoy tan torpe, joder. Sé que si me llamara pidiéndome volver correría hasta sus pies sin dudarlo. Le quiero —exhala—, y no sé cómo voy a dejar de hacerlo. ¿Estás… llorando?

—Perdona, sabía que estabais muy enamorados —sorbo y sigo a lo mío.

—Yo sí lo estaba. Él no tanto.

—¿Qué ha pasado? Si puede saberse.

—Me ha puesto los cuernos —suelta y ahogo un grito—. Bueno, técnicamente hacía dos horas que había cortado por teléfono conmigo, pero el sentimiento de traición está ahí.

—Ya, entiendo a qué te refieres. Pero mírale el lado positivo, tienes mucha suerte de que no trabajáis juntos y de que puedes rehacer tu vida con algún chico italiano o de cualquier país al que todavía no hayamos ido.

Todavía queda mucha temporada por delante.

Además, eres un bombón. ¿Has visto la serie Heated Rivalry? Porque te pareces a Hollander.

—Estoy bastante seguro de que solo lo dices porque tengo los ojos rasgados.

—Y porque estás buenísimo. El quid de la cuestión es que si Allën no quiere estar contigo, eso quiere decir que, de lo que sea que están echas las almas, la tuya y la suya no son idénticas.

—Eso es de la película de Cumbres Borrascosas, lo dice Margot Robbie. ¿Has leído alguno de los libros en los que se han basad…?

—Sí, ¿y tú has entendido lo que quería decir?

—Sí. ¿Puedo preguntar qué piensas de esas adaptaciones?

—¿De verdad quieres abrir ese melón?

Loïuan se carcajea. No se da cuenta, pero me ayuda un montón cuando más lo necesito.