Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 7 4
77%

Capítulo 7 4

Lina Dimettri

Estoy días sin pisar Leik-GP tras enterarme de que el coche no estará listo para la carrera del domingo. Mis amigas se encargan de recordarme que podré correr la siguiente, pero aun así estoy muy triste.

El lunes Lucian viene a verme para comprobar que estoy bien. Le aseguro que sí, que estoy entrenando y preparándome para la carrera del domingo que viene en Alemania. Es mentira. En cuanto se va vuelvo a meterme en la cama.

Me ha dicho que está investigando quién está detrás de todo y aunque me da la sensación que no es preocupación lo que lo mueve, sino rabia porque alguien haya conseguido darle un golpe bajo a Leik-GP, a mí me vale.

Rezo porque encuentren al o los culpables antes del viernes o coger el coche se me hará muy cuesta arriba.

Tal vez si tuviera un trabajo normal, uno al que tuviera que ir cada día, esto sería más fácil. Me obligaría a quitarme el pijama, por lo menos.

—No quiero defraudarte, papá. Quiero merecerme tu cariño, al menos.

Él también se fue. Y mamá. Es posible que haya personas más predispuestas a ser abandonadas que otras. Debería estar agradecida de tener a Keira y a Darcy mientras estén a mi lado.

Es probable que tampoco dure mucho.

Se me llenan los ojos de lágrimas y me las limpio. Ya parece un gesto automático. De repente tengo una idea. Así que le escribo.

Alasdair

Lina

Tengo miedo.

Dices que vas a seguir siendo mi coach así que imaginaba que te gustaría saberlo.

Tengo miedo de correr el domingo.

Y cuanto más me paso sin conducir, más insegura me siento.

Necesito que me ayudes.

No contesta, pero veinte minutos después aparece en la puerta de mi apartamento. Lo primero que hace es tirar de mí y sacarme de casa.

—¿Eres consciente de que estoy en pijama?

No responde. Me lleva hasta su coche y abre la puerta del conductor.

—¿Qué le ha pasado? —pregunto señalando los arañazos y la abolladura que tiene en el lateral.

Una de las ventanas no tiene cristal.

—Sube —pide en tono seco, sin mirarme.

¿En serio? ¿En pijama? Será cretino el tío. Menos mal que es solo rojo y no uno de esos con humillantes corazones.

Lo hago y en un abrir y cerrar de ojos ya está en el asiento del copiloto, poniéndose el cinturón.

—¿Has tenido un accidente?

—Me abrieron el coche para robarme. No es nada. Arranca.

Lo hago, pero no puedo evitar pensar que los arañazos del coche no parecen en absoluto hechos por una persona, más bien por haber chocado contra algo.

—¿A dónde vamos?

—A que recuerdes quién eres y devolverte la fe en tus reflejos. No eres la primera en tener miedo tras un accidente y voy a ayudarte a solucionarlo.

Sus palabras son amables, su tono no.

El silencio del coche es tan denso que casi parece que sea un ente que va con nosotros en el coche respirándome en la nuca. El corazón me late rápido y mal, y me arrepiento de no haberme vestido en condiciones. O dado una ducha, por lo menos.

Como ya sabemos todos, odio conducir por ciudad, pero es un constante de pruebas y obstáculos que me mantiene en alerta.

—Ve más deprisa.

—¿No aprecias tu vida?

—Que aceleres.

Dios, qué borde es.

Entonces recuerdo lo que se hizo en el antebrazo y lo que hizo con mi corazón y me doy cuenta de que hay cosas peores. Acelero. Es enfermizo que me guste complacerle incluso ahora.

—¿Qué hace el diferencial en salida de curva?

—Estas no son las preguntas que sueles hacerme —admito ganándome otra mirada hostil—. Gestiona el reparto de par entre ruedas traseras para evitar pérdida de tracción.

—¿Qué circuito castiga más los neumáticos?

—Barcelona, históricamente. Y Silverstone.

Me doy cuenta de lo que hace con la sexta pregunta. Alasdair me obliga a reconocer todo lo que hace que el coche funcione, todo lo que me mantiene a salvo. Además de recordarme lo que sé y el control que tengo.

Cuarenta minutos después ya no me tiemblan las manos, no tengo sudores y me reconozco en voz baja que no voy a dejar que el miedo me controle.

—¿Contra qué dos pilotos te habría gustado correr?

Desvío la vista hacia él. Esta no parece una pregunta típica de nuestro trivial de sabiondos. Parece una personal.

—Max Verstappen y Fernando Alonso. —Sonrío—. Hubiera sido una barbaridad.

Paro a un lado de la carretera y él me pregunta por qué. Me dice que si quiero que me lleve a Leik-GP a probar el coche de Mikel más me vale arrancar.

No me puedo creer que esto vaya a pasarme ahora, aquí, delante de él.

Qué humillante, dios.

—¿Lina? —él ya no puede sentir preocupación por mí, así que lo que debo oír es lástima—. Mierda. ¿Es la cadera?

—Sal del coche, por favor.

—No voy a salir del coche.

—No me toques —pido cuando lo hace—, no quiero tu ayuda.

—Lina.

—Quiero que salgas del coche, Alasdair.

Que no lo haga me duele más que lo que me está haciendo mi propio cuerpo. El dolor se extiende en todas direcciones y yo maldigo, con ganas de llorar, acurrucarme en una esquina y no volver a ver la luz del sol.

Mierda, mierda, mierda.

Mi espalda se retuerce mientras recibo un latigazo tras otro y me empapo en sudor frío. Se me llenan los ojos de lágrimas y me muerdo la lengua con fuerza para sentir algo de control en el dolor que me atormenta.

—Respira, Lina. No durará mucho.

Dios es tan patético, tan humillante. El hombre que ya no me quiere, el que ha preferido masacrarse el brazo antes de seguir llevándome en su piel, me inclina el asiento porque sabe que tumbada estoy mejor.

Entonces me doy cuenta de que, con un poco de esfuerzo sí podría odiarle. Y quizá así esto sería más fácil. Al fin y al cabo él me ha dado algo que yo nunca he tenido, para luego arrebatármelo en mi peor momento.

—Sal del coche, Koven. O te juro que lo haré yo.

No debo imponer una mierda, porque no lo hace. Busco la maneta de la puerta y la empujo, pero él alarga el brazo por encima de mi cuerpo y cierra la puerta. Quiero estrangularlo. La impotencia me ahoga. Odio que mi cuerpo sienta alivio por tenerlo tan cerca cuando lo único que quiero es apartarlo.

—¿Te crees que puedes cerrarme la puerta y pretender que siga siendo vulnerable contigo? Tú te has alejado y me has… me has obligado a respetarlo. Bien, ¡pues ahora respeta tú esto, capullo!

—No.

Será cabrón.

El siguiente estruendo de dolor sacude mi cuerpo como si se estuviera vengando por algo. Recibo un castigo tras otro y hago lo único que puedo hacer.

Aceptarlo.