Eres mi maldita pole position (North Star 9) Capítulo 7 3
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Capítulo 7 3

Lina Dimettri

Reconozco que el episodio que sufro en el avión de vuelta a Indiana es uno de los más tristes que he tenido.

Supongo que es lo que ocurre cuando pierdes a alguien que cuidaba de ti.

Sientes el vacío de esa persona y te aplasta contra el suelo.

Lo único bueno es que he podido medicarme porque ni de puta broma estoy para hacer mis ejercicios. Me dejan un poco atontada, eso sí.

Lo mío me cuesta que Darcy no me acompañe cuando le digo que voy a ir a Leik-GP.

—¿Puedes conducir? —pregunta Alek antes de que nos separemos.

—Ella no conduce si puede evitarlo —explican Keira y Darcy a la vez.

—No poder correr me cabrea, así que digamos que sería un peligro si estuviera contenta tras un volante corriente. —Sonrío—. Gracias por todo. A los tres.

Echo a andar a paso ligero.

Puede que me convierta en alguien horrible, pero mientras entro en Leik-GP me alegro de estar sola. Fingir ser fuerte es agotador. Me seco las lágrimas antes de cruzar el largo pasillo y dibujo una mueca agradable en mi cara, aunque no la sienta.

—Lina —George es el primero en percatarse.

Me calienta el corazón ver lo que el equipo se alegra de verme y lo preocupados que estaban. Las lágrimas que brillan en los ojos de la mayoría, el cuidado con el que me hacen un gesto de cariño… Creo que no son conscientes de que me están dando algo que yo nunca he tenido.

—¿Qué tal tu antebrazo? —pregunta JJ.

—Estará como nuevo enseguida.

Sé que él estuvo en el hospital un montón de horas. Siento que no me lo merezco.

Se hace el silencio cuando Brutus entra en el box con Mikel. El segundo parece estar esforzándose mucho en no venir a darme un abrazo, *y se lo agradezco porque podría darme un patatús*, pero el primero parece haber visto un fantasma.

—Que quede claro —digo para que todos lo oigan—. Sé cómo trabajas con tu equipo, Brutus. Os conozco bien a todos. Sé que no se os ha pasado nada. A veces las máquinas fallan y no es culpa de nadie.

Se va sin responder y dudo si la medicación me ha dejado tan atontada que no soy capaz de ver que acabo de meter la pata.

—Me alegra ver que estás bien —Mikel me pone una mano en el hombro y pasa de largo.

Todos siguen con lo que estaban haciendo antes de que yo llegara y empiezo a sentirme bastante incómoda. Rara. Miro a Loïuan y pregunto con la mirada.

—Al parecer alguien hizo algunos cambios en el coche. La Federación empezó a investigarlo en cuanto llegó el coche al parc fermé. Lo que encontraron iba en contra de las normas y si no tenemos graves problemas es porque Lucian se ha encargado de soltar una buena cantidad de pasta.

—Espera, ¿estás insinuando que…?

—Alguien intervino el coche, lo jodió y luego se largó sin decir nada.

—Nadie de Leik-GP —digo para confirmar, mientras la otra mitad de mi cerebro sigue tratando de asimilar que alguien ha intentado hacerme daño.

—No, dios. Al menos, Lucian no cree que así sea. Lo está investigando. Alguien tuvo que ver algo, debieron ser unos cuantos los implicados para llevar a cabo los cambios sin ser vistos. —Me regala una sonrisa compasiva—. Tú céntrate solo en recuperarte, ¿vale?

Me alejo de Loïuan y del box cuando oigo su voz a lo lejos. Proviene de su despacho, ese en el que hemos estado juntos tantas veces. El corazón se me acelera a medida que me acerco. Alasdair, Alasdair. Parece que cada latido grita esa palabra.

—Me da igual, te pago para que lo averigües, no para que me des largas. —Su voz suena áspera, seca y cargada de todo lo que está mal.

Empujo la puerta entornada y lo primero que veo es su espalda. Me recuerdo que estoy muy cabreada, y también se lo recuerdo a mi corazón.

—Hola.

Todo su ser se tensa como respuesta a mi voz. Tarda lo que me parece una eternidad en darse la vuelta. Cierro la puerta a mi espalda y me apoyo contra ella.

—Me alegro de verte. —Sonrío.

Tampoco responde. Al menos, no de inmediato. La máscara en su rostro me impide ver lo que siente, entender por qué ha decidido hacerme daño cuando ya estaba herida.

—Lo mismo digo.

—¿De verdad te alegras? —pregunto con un deje un poco amargo, pero no mucho—. ¿Por qué te fuiste antes de que despertara?

—No quería que te hicieras ideas equivocadas.

—¿Por qué iba a hacérmelas? —trago saliva con dificultad.

—Lina, necesito empezar a mantener las distancias entre nosotros.

La primera grieta siempre es la más dolorosa porque es la que rompe el bienestar

—Lo necesitas.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Para siempre.

Me muerdo la lengua para mantener las emociones a raya.

—¿Por qué?

—Porque quiero.

La dureza con la que me mira… no, no estoy acostumbrada. Pero no pasa nada. Me acerco a él de todas formas. Le rodeo el cuerpo con los brazos a pesar de ese «¿qué estás haciendo?» profundo y severo que sale de él.

—Te he echado mucho de menos —admito mientras él no responde al abrazo—. Quiero que pares lo que sea que estás haciéndote. Nada de esto es culpa tuya y yo no te culpo.

—Fue un error —dice apartándome de sí y durante unos segundos, yo solo me alegro de sentir su contacto.

Espero a que se refiera a irse del hospital antes de que pudiera verle, pero en el fondo sé que no. Decido no ahondar sobre a qué se refiere. Prefiero no saberlo. Inhalo su olor a cítricos agradeciendo la cercanía.

—No me has preguntado cómo estoy. ¿Has llamado a Sant Delphi para preguntárselo?

—No he tenido la oportunidad, no. Estoy trabajando. Lo mejor será que te vayas a casa a descansar —se da la vuelta y vuelve hacia su mesa—. Este domingo no puedes correr. Así que si todo va bien, la semana que viene podremos entrenar…

—Sí puedo correr este domingo. Estaré bien para entonces.

No contesta durante unos segundos. Cualquiera diría que le cabrea.

—Ve a ver a Ferrinol y si ella te da el visto bueno, por mí bien —dice mirando a la pantalla de su portátil.

Me miro el cuerpo para comprobar que no me he vuelto tan invisible como me siento. Me acerco a él y bajo la tapa de su ordenador. Un músculo palpita en su mejilla.

Sonrío, pero no hay ni una parte de mí que no duela.

—Sé lo que estás intentando hacer, pero no te creo. Tú me quieres.

—Lina, sal de mi despacho.

—No. No hasta que hablemos de verdad —intento sonar firme, pero no es como me siento.

Tarda mucho en responder. Tanto que dudo si ha llamado a los perros y una jauría furiosa va a venir a morderme los tobillos mientras él observa.

—¿De qué quieres hablar?

Intento acariciarle la cara, pero se aparta y se reclina sobre su asiento antes de que lo alcance. Deberían volver a abrirme y mirarme bien porque estoy bastante segura de que sí me estoy desangrando por dentro.

—Alasdair, para. Por favor.

—Eres tú la que está alargando esto más de lo necesario. ¿Es que no sabes aceptar un «no»? ¿Es que no tengo derecho a romper contigo si quiero?

—Claro que tienes derecho. Pero es que no te creo.

—¿Y eso a mí qué? ¿Tengo que convencerte de que ya no quiero follar contigo?

—Me tienes impresa en tu piel para llevarme siempre contigo. No. Te. Creo.

—¿Lo dices por el tatuaje? ¿Es eso lo que te está frenando? —se remanga la sudadera negra de Leik-GP y me quedo sin oxígeno—. ¿Este?

La tinta ya no se ve, ahora unas marcas rojas y brillantes de sangre cruzan la tinta destrozando la escritura. Las heridas recientes lo han estropeado. Se me encoge el estómago de dolor.

—¿Te lo…? ¿Te lo has hecho tú?

Su mirada reluce con rabia celeste demoledora.

—Que te larges.

Esta vez lo hago porque no quiero que me vea llorar y sé que no voy a poder contener las lágrimas ni un minuto más.

Darcy

El tío al que voy a cargarme como se pase de listo

Darcy

Te advertí que no podías hacerle daño.

¿Y eliges un momento como este?

Eres un cabrón.

Voy a hacer lo que esté en mi mano para que encuentre a alguien mejor que tú.

Por suerte para mí, será jodidamente fácil.

—¿Escribes a Lina? —pregunta Keira, acercándose a mí tras sus tres series de sprints.

Estamos en el parque y si los ánimos estuvieran más bajos llegarían al subsuelo.

—No, no me contesta desde que ha dicho que se iba a dormir.

—Es sábado. ¿No deberíamos estar con ella? Debe ser difícil no competir —el rostro de Keira está tan compungido que tengo un déjà vu a cuando peor lo pasó por culpa de su perversa familia, a cuando sus ojos siempre estaban tristes.

Las cosas no han salido como creíamos. Lina estaba segura de que correría mañana, pero no ha sido así. La impotencia debe de estar asfixiándola.

—Creo que la obligaríamos a hacerse la fuerte, Key. No quiero ponérselo más difícil.

—Yo tampoco. Aunque quizá una videollamada para que sepa que estamos pensando en ella la anime. ¿Probamos cuando termine el entreno?

Asiento y sonrío, aunque no tenga ganas. Me encanta ver lo rápido que le ha cogido cariño.

Ojalá Lina no nos cierre la puerta.